"¿Es usted propenso o dado a practicar el sexo en lugares como la playa?". Si incluyeran la pregunta en las encuestas que se le hacen a un mortal antes de adquirir un seguro, no se lo darían tan fácil a quienes respondieran que sí. Las actrices y divas de la farándula criolla han puesto de moda el temita. Todas dicen que es una de sus fantasías sexuales, pero debe ser precisamente porque nunca lo han llevado a cabo que siguen pensando que tan peligroso acto es fantástico. Pero de fantástico tiene muy poco.

Empecemos por la incomodidad más obvia, pero no por eso la menos grave: la arena. La arena se mete por todas partes, y cuando digo todas partes es todas partes. Si no me cree haga usted el siguiente experimento: vaya y busque un libro que haya llevado a la playa hace unos meses, cójalo del lomo y sacúdale las páginas. Estoy noventa y nueve por ciento segura de que va a caer un fino hilo de arena, casi imperceptible, sí, pero cae. Con eso le digo todo. No quisiera entrar en detalle, pero la arena, repito, se mete por todas partes. Y hacer el amor con esa desagradable intrusa en medio es como pasarse cuatro pastillas sin agua. No sé qué relación tendrá la cistitis que me aquejó después de ese polvo playero, pero creo estar segura de que algo tuvo que ver con la arena. Y si la arena no constituye un peligro contundente, continúo con mi relato para dar fe de lo nocivo que puede ser hacer el amor en la playa. Si uno logra ignorar la arena —aunque es una tarea francamente complicada—, se ve enfrentado a otros peligros. No sé si se han fijado en los huequitos que hay por ahí, de donde salen unos cangrejos furiosos y prestos a atacar a cualquiera que se les acerque un centímetro. Piense usted en lo que podría hacer la tenaza de uno de esos mal llamados cangrejos ermitaños, que viven en colonias y que parecen estar en guerra constantemente, mientras usted está haciendo el amor. Mi novio pensó que al fin había logrado hacerme sentir un orgasmo, pobrecito. Muchos dirán que los cangrejos le huyen al ser humano, pero yo no puedo decir lo mismo. Y aun cuando no fuera factible la posibilidad de un ataque por parte del crustáceo energúmeno, sigo con otros factores de riesgo.

No hay nada más rico que quedarse profundo después de un buen polvo. Vaya pues y quédese dormido en una playa después de hacer el amor. La quemadura de primer grado lo va a llevar directo a la clínica. Si hubiera índices de insolación por acto sexual en la playa, seguro alcanzarían cifras descomunales. ¿Que la fantasía de las reinitas es de noche y no de día? Perfecto. Mire a ver cuántas parejas salen con vida de una playa desierta a medianoche, donde el peligro ya no son los cangrejos ni las quemaduras, sino un par de ladrones que lo dejan a uno sin ropa bajo la luz de la luna, para deleite de todos los mosquitos hambrientos, ¡qué romántico! Ah, ¿que es una playa vigilada? No, pues, ¡qué romántico que un celador lo enfoque a uno con una de esas linternas reflector!

Se pueden franquear todos esos obstáculos. La respuesta la tiene frente a sus ojos, dirá alguien muy suspicaz: lo mejor es meterse al mar y hacerlo al ritmo de las olas. Esa práctica también está chuleada, queridos lectores, y con no pocas condiciones adversas en contra. Por un lado está el asunto de las aguamalas, esos bichos por los que generé un pánico desmedido, no tanto por ellos en sí, sino por la creencia de las mamás de que el ardor que produce su roce se quita con el orín de un ser humano. Pero en caso de que este animal infecto no se presente al jolgorio, la fiesta puede aguarse, principalmente, por otro bicho que parece no ser tan anfibio como quisiéramos las mujeres: no tiene nada de raro que el miembro viril adquiera la misma textura y consistencia de las aguamalas. Y ante eso, creo, ya ninguno me va a refutar más, ¿verdad? El sexo en la playa es un placer fallido, una aventura truncada, una vorágine incómoda.

Por eso les pido que colaboren con el sexo seguro. Pongan su granito de arena en otra parte que no sea la playa. Tengo muchas más razones para convencerlos, pero en este instante tengo unas ganas horribles de ir al baño porque llegué ayer de las Islas del Rosario.

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