Hoy, que el mundo globalizado ha permitido que futbolistas como David Beckham y modelos como Kate Moss aseguren sus piernas, quiero hacer una propuesta a la pujante industria aseguradora colombiana para que no quede rezagada en eso que los consultores estratégicos llaman "innovación y nuevas palancas de valor". ¡Qué forma rebuscada de referirse a las ideas nuevas! Mi propuesta consiste en que aseguren una eventual presencia mía en el bar Gótica (o club, vaya a saber uno cómo se están denominando por estos días).

Entiendo que en un primer momento la idea suena absurda: si este señor no quiere ir a este sitio, que no vaya y deje de escribir cosas rebuscadas. El problema, mi problema, es que si bien hoy, más o menos sobrio y en mis cinco sentidos tengo claro que nada tengo que hacer en ese sitio, la experiencia me enseña que en otras circunstancias hay un alto riesgo de que termine allá. Y de eso se trata el negocio de las aseguradoras: de cubrir riesgos.

Así que Fasecolda, aproveche la ganga.

Quiero comprar un seguro que me compense el arrepentimiento profundo que religiosamente me invade al día siguiente de ir a Gótica: si todo iba bien, si eran las dos de la mañana y ya no había necesidad, si mi dignidad aún estaba en pie, ¿por qué

, ¿por qué dejé que me llevaran a Gótica? Esa es mi reflexión "del día después". Es algo así como la pastilla del mismo nombre, pero al revés.

¿Por qué voy a un sitio repleto de gente que parece salida de catálogos de ropa de la que llaman "alternativa", si yo todavía uso los mismos bluyines de hace diez años y camisa con cuello? ¿Para qué finjo naturalidad paseándome de abajo a arriba y de arriba a abajo por todo el sitio, si en realidad lo que sucede es que no me ubico en ningún lugar? Yo de verdad carezco de esa capacidad de parecer absolutamente cómodo y feliz cuando en realidad debo luchar a codo limpio por no perder el derecho a mantenerme en una infeliz baldosa.

Afortunadamente yo no puedo dar fe sobre el hecho de que la asistencia a Gótica parezca una convención de miembros de la lista Clinton, porque usualmente mi capacidad de discernimiento está seriamente limitada en esos momentos. Por algo termino allá. Lo que sí debo aceptar es que en ningún sitio veo semejante desfile de lo que la novia de uno llama "la loba" y que uno en el fondo no condena y a veces envidia. Lo condena al otro día, sobrio y almorzando con lo papás, pero la noche anterior se despierta uno en lo que el profesor Camilo Zea, insigne economista, ha denominado "la propensión marginal a la loba" que tenemos todos lo hombres. Condición que, a algunos más y a otros menos, nos lleva a terminar en un sitio como Gótica. Por eso, repito, necesitamos un seguro.

Para que vean que esto no es un ataque de arrepentimiento paso a detallar la estructura del seguro. La aseguradora debería compensarle a uno varias cosas:

—Atropello a la dignidad: por someterse a una fila a las tres de la mañana (valiente sitio que tiene que esperar esta hora y el estado que implica en sus clientes para empezar la rumba) para que un señor decida "gentilmente" si uno es digno de entrar al club. La gente se ofende si una entidad financiera le pide referencias, pero le parece de lo más natural exponerse a que cualquiera defina si califica o no para entrar.

—Lucro cesante: si hubiera invertido la diferencia entre el precio del trago que me he tomado en Gótica y su precio en otro lugar, hoy estaría viajando por el mundo y no mendigando un seguro más.

—Riesgo para la salud: no sé a ustedes, pero a mí el "tan-tan-tan" de la única canción (o mezcla, la cosa es tan absurda que ya no saben qué nombre darle) que ponen toda la noche en Gótica me retumba en la cabeza por lo menos 24 horas.

Ahí va, pues, mi propuesta. Aseguradoras de Colombia: cubran mi riesgo de ir a Gótica, porque si no seguiré hundiéndome periódicamente en estos remordimientos. Si me hacen caso, en cambio, cambiaría el arrepentimiento por un consuelo, así este sea parcial: no importa, mañana cobro el seguro.

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