¿Qué he hecho yo para merecer esto, le dije al director de SoHo. Había hecho planes para pasar una larga "temporada en el Infierno" y ahora me obligaba a escribir una crónica sobre el Cielo. En mis arrebatos justicieros había pensado que los seres humanos merecíamos el "matrimonio del Cielo y el Infierno", al que aspiró William Blake, célebre poeta inglés (1757-1827).

Un poco de lo uno, una pizquita de lo otro, ni condena ni salvación eternas. Elegir entre el bien y el mal nos quitó la posibilidad de meterle dosis de mal al bien y de bien al mal, le recordé al director. La humanidad se hubiera librado de los fanáticos, los iluminados y los ángeles exterminadores. ¡El Cielo, carajo!, ordenó el director.

Tenía que irme al Cielo, ese "fin último y realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de la dicha". Gracias a palancas movidas por mi jefe, pude entrar de contrabando, burlando la vigilancia de guardianes que se habían vuelto tolerantes con visitantes y residentes. Tenían informaciones de que la institución romana encargada de dar o rechazar visados a la "gloria eterna" se desviaba del camino trazado por los Santos Apóstoles. Así que los malos ejemplos de la tierra tuvieron influencia en las estrictas condiciones de ingreso al Cielo. El cierre del limbo los había obligado a ser más tolerantes.

Ahora era posible tener visa de turista, gracias al aggiornamento de la Iglesia, que veía la posibilidad de fomentar una industria turística más próspera que la del Vaticano. Le hacían así competencia al Infierno, de donde nadie regresaba.

Después de presentar mis documentos en regla y avanzar por una etérea avenida silenciosa, me sorprendí al encontrarme de sopetón con monseñor Buitres, el apóstol del bien que había instigado desde los púlpitos de mi país a las hordas que masacraban a los liberales en los años 40 y 50. Tenía de guardaespaldas a El Cóndor León María Lozano y a un cuarentón de voz ronca que decía llamarse Castaño o Cataño, de nombre Carlos. Después de sesudas deliberaciones, decidieron darle el visado por los servicios prestados a nombre de la Iglesia. Los acompañaba, vestido de alas y flotando en una nube de encendido azul, quien parecía ser su mejor amigo en esa morada: un tal Laureado Pómez. Por lo visto, entrar al Cielo equivalía entrar a la Historia de Colombia. A la distancia, provista de látigo y misal, los observaba doña Jertha Fernández d´Ospino. "Esta es la sala VIP del Cielo", pensé. Y lo era, porque además de los cabecillas del Partido de la Iglesia, mejor dicho, del Partido Conservador, hacían tertulia con ellos santas hermanitas de la caridad que hacían las veces de mucamas y meseras, danzarinas salidas de Cascanueces, sutiles como la muselina de sus lechosas pieles intactas debajo del tutú. La frigidez asomaba en sus rostros. Habían descansado en la paz de sus virgos inviolados. Y por paradójico que pareciera, les hacía compañía un blanco de rostro redondo y calva limpia, un santo varón que nunca había matado una mosca: Gilberto o Giliberto Da Vieira, no estoy seguro, el primer comunista que se había ganado la eternidad del Cielo. "El mejor ejemplo de bondad que le sonsacamos al enemigo", dijo San Pedro. "No mataba una mosca, aunque hablaba de la combinación de todas las formas de lucha."? No había transpuesto el umbral de aquella antesala cuando vislumbré lo que parecía una sesión de Tay Chi. Hombres y mujeres vestían túnicas que cubrían enteramente sin dejar ver un trocito de sus pieles. Digo hombres y mujeres como hipótesis. Según informaciones recibidas a la entrada, el sexo había desaparecido en los aposentos de la gloria. Cercenados o delicadamente cosidos con hilos de un cáñamo que se fumaba en el Infierno, los sexos habían perdido sus antiguas funciones. Hasta la sagrada función reproductora: el Cielo se alimentaba con la superpoblación de la tierra. La música que me agrió el ánimo venía de un coro insulso de castratti. Nada de salsa, reggaetón, champeta, cumbia o mapalé, sanjuanero, currulao o joropo. Nada de rock. Nada tampoco de jopos ni de caderas obscenas. Los cuerpos habían perdido sus formas. Las mujeres del Cielo habían sobrepasado los límites permitidos de la anorexia. Me dieron folletos con mapas. El angelito que los distribuía resultó ser Marián d´Ospino Duperré. Su platinada cabellera flotaba movida por el suave viento celestial. Parecía un zorro bondadoso salvado de la selva sangrienta de las chusmas liberales condenadas al Infierno. Sentados en sendas sillas arzobispales, Ferdinando L´Hondo Huecos y Karl Holguín (o Folguín) Sardiz (pronúnciese sardí) aplaudían las gracias celestiales de Laureado, Marián, Doña Jertha y un gordito de cabeza rapada parecido a Mussolini. Yilbert Alzáte la Batta, lo presentó L´Hondo Huecos, tendiendo tieso el brazo derecho. Era el más animoso. Mezclaba códigos de Derecho Mercantil con frases de Primo de Rivera y el Generalísimo Franco, ministros privilegiados en este Cielo gracias a los buenos oficios de Escrivá de Balaguer.

L´Hondo Huecos se jactaba de no haber dejado sembrada en la tierra una sola mata del mal. Gracias a su cruzada de exterminio de comunistoides, pudo recibir el título de Comendador de los Cielos. Solo tuvo un tropiezo: se le pidió paz y salvo con la Dirección de Impuestos de la Tierra y, muy listo él, pagó con acciones de Invercolsa.

Pedí ser conducido en el carro alado de Elías a la sección C, de Colombia. En la entrada se entronizaba un Sagrado Corazón de Jesús sostenido por nubes de clara de huevo batidas. Si la gloria era dulce, nunca había probado más dulzura que esas nubes azucaradas, lamidas tiernamente por angelitos que resultaron ser sobrinos y ahijados de un tal Garavito, último visitante del limbo antes de que los de Roma lo cerraran por albergar a las criaturas salvadas de la pederastia de algunos clérigos.

El encarnado corazón sangrante de la entrada contrastaba con la blancura inmaculada de la Virgen. En uno de los cubículos, Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro lamentaban la suerte de doña Sole, condenada a las llamas del Infierno. La Santa Iglesia consideró que el Cielo no estaba para amancebamientos. .

El Cielo no "era una flor silvestre", como pretendió Blake. Era una infinita mota de algodón acariciada por la brisa. Para no ser imprudente ni ser expulsado, olvidé que "el Mesías fue quien cayó y formó un Cielo con lo que había hurtado al Abismo", formulaciones que le habían valido el Infierno a W. B.

Aquí la paz era un chato y monótono asunto de obediencia, más obediencia que pureza, pensé. Hasta ahora, la placidez se confundía con el aburrimiento y la paz con la catalepsia. La devoción salva, me dijo Eurnilse López, conocida como La Pantera, quien había ganado indulgencias plenarias pagando jugosos diezmos a la Iglesia. Esto se está perrateando, dije para mis adentros. "Perrateando no; democratizando", me adivinó el pensamiento un arcángel parecido al ministro Juan Felipe Arias. "Aquí, como en el TLC, no importa la ruina del agro sino la gloria de mentir en su nombre".

El Cielo imaginado había aceptado a quienes merecían estar chamuscándose en los Infiernos, pensé. Pero estaba equivocado: los crímenes, los desafueros, las intransigencias armadas o los saqueos a los bienes terrenales del hombre, los abusos de poder, las jactancias moralistas, las morales dobles, las jaculatorias partidistas, las excomuniones, todo eso había sido perdonado por Dios o sus ministros. Eran simples flaquezas de los hombres. El Cielo no era ya el reino de la virtud sino el reino del arrepentimiento. Muchos estaban en el Cielo por profesar la fe católica. Por pecar y confesarse, por pecar y confesarse de nuevo. Eran el mejor ejemplo de una máxima: "La Fe os Salva."? Llamó mi atención el corrillo formado en un rincón del cubículo colombiano. Se discutía la conveniencia e inconveniencia de dar salvoconducto a un angelito agonizante de 1,65 m. En la foto enviada desde la tierra, llevaba gafas, el pelo pulcramente cortado y peinado, aunque ya grisáceo. Le ceñía el cuello un poncho de algodón con rayitas moradas. Era tan tierno, que hablaba en diminutivos, y tan fiero con el mal que desafiaba a quien se le atravesara en el camino como si fuera el demonio. Iba a morir sin haber vencido a sus enemigos, pero había que pagarle el esfuerzo. Monseñor Ele Brujillo se mostraba partidario de darle el visado. Traté de acercarme pero escoltas armados me cerraron el paso. "Secretos de Estado", me dijeron. "Pero si es un hombre piadoso", escuché. "Lo es también con las iglesias protestantes", protestó alguien. "Reformó la Constitución para reelegirse pero le devolvió a la Iglesia Católica el título de religión oficial de Colombia", argumentó un tercero. A lo lejos, Núñez y Caro aplaudieron. Lo dejarían pasar, pues había muerto como presidente vitalicio de la Patria.

Ángeles custodios me recordaron que mi visado de turista vencía en unas pocas horas. ¿Dónde es la rumba?, pregunté. Silencio de reproche. ¿Dónde están la música, el trago y las viejas, quise saber. Me empujaron. ¿Dónde el placer, dónde el éxtasis, dónde el deseo…? —deliraba.

Me sentí de pronto expulsado de los Cielos.

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