Virgilio se llama mi guía, un anciano de pelo blanco, flaco y bajito. Las manos le tiemblan mientras se tapa la nariz con un pañuelo de seda. Estamos recorriendo el muro de piedra que rodea aquella parte del Infierno; la cara de Virgilio, que balbucea frases en un torpe español, es incandescente. Al principio pensé que se trataba del compañero de Dante, pero él asegura que su única experiencia infernal la tuvo años atrás como presidente de cierta República Banana.

Pensé que el Infierno olía a azufre dice sin apartar el pañuelo de su nariz.

Eso fue antes de que toda la mierda de los habitantes y turistas de Ciudad Inmóvil se acumulara en la bahía.

Virgilio clava la vista en un negro de mediana edad que avanza por las solitarias calles lanzando insultos y golpes al vacío.

¿Y ese quién es?

Se supone que tú eres el guía replico burlón.

¿Guía yo? Ni se te ocurra decir eso enfrente de Carolina.

Le explico a Virgilio que aquella sombra pendenciera fue el más grande deportista que tuvo cierta República Banana, que con sus puños destrozó argentinos, gringos y japoneses haciendo delirar a las multitudes.

¿Y qué hizo de malo para terminar aquí?

Nada digo sonriendo, él está aquí como castigo de aquel idiota.

¿El de la pañoleta, me recuerda a alguien…?

Era un presentador de televisión que, nadie sabe cómo, terminó de presidente de cierta República Banana. A él le debemos algunas ampliaciones en la parte sur del Infierno, también le gustaba hacer construir puentes pero ya todos se cayeron.

¿Y cuál es el castigo?

Observa cómo lo tiene cogido el negro, será su sombra por toda la eternidad.

Un sujeto más bajo y serio que Virgilio trata de separar al negro del tipo de la pañoleta. A Virgilio le hace gracia y me pregunta por el sujeto. Le respondo que es celador de un hotel abandonado, pero antes de llegar al Infierno fue dos veces y media presidente de cierta República Banana.

¿Y por qué quiere separarlos?

Porque cree que están bailando champeta y él piensa que la champeta es un peligro para la "seguridad democrática del Infierno".

¿Y esa qué vaina es?

Cosas de celadores.

Bajamos del muro y nos adentramos por las calles de aquella ciudad fantasma; en una plaza nos detenemos a tomar aire, pero aquel hedor lo invade todo. Virgilio se apoya en el pedestal de una escultura: se trata de una voluminosa y oscura mujer.

¡Carajo! exclama exhausto. Ni el Infierno se salvó de estas vainas. ¿Y adónde habrá ido a parar el maestro?

¿Has mirado los ojos?

Virgilio limpia sus lentes y observa la cara de 'Gertrudis'.

Se mueven dice y agrega con espanto , y podría jurar que… es él.

Un automóvil oscuro, sin placas, se detiene en medio de la plaza. El chofer se baja y nos invita a subir. El auto sale de la parte amurallada y cinco minutos después estamos subiendo por un cerro, arriba hay un monasterio. El auto se detiene enfrente del monasterio. Virgilio y yo bajamos. Desde allí tenemos una visión panorámica de aquella parte del Infierno.

Yo he visto eso antes dice Virgilio con la vista fija en un antiguo fuerte militar.

Desde allí se defendió a la ciudad de los ataques piratas, pero siglos después sería destruida por la corrupción, la avaricia, el jet-set criollo y la música tropical, entonces el Diablo decidió usarla como un pequeño laboratorio del Infierno y nombró a un grupo de columnistas políticos para organizar los diferentes sectores.

¿Y qué están haciendo allí? pregunta Virgilio señalando a una hilera de obreros que parecen trabajar en la avenida que comunica el resto de Ciudad Inmóvil con la parte histórica.

Hace doscientos años empezaron a adecuar las vías para un nuevo sistema de transporte llamado Transcaribe, quienes están allí son los políticos costeños; el Diablo pactó con ellos liberarlos cuando terminaran Transcaribe, así que nunca saldrán de allí.

¿Por qué lo dices?¿Se te olvidaron tus tiempos de presidente? Son políticos costeños; parecen estar trabajando, pero en realidad siguen discutiendo cómo repartirse los contratos.

Aquellos no deben saber que están en el Infierno.

Te juro que lo saben.

¿Entonces por qué bailan y cantan? ?

Allí quedaba la verdadera Ciudad Inmóvil, en esa parte estaba un mercado público donde ni siquiera el Diablo se atrevía a entrar y de la otra parte, que empieza justo en este cerro, se extendía uno de los cordones de miseria más crueles y despiadados que haya conocido la humanidad; comparado con lo que pasaba allí la palabra apartheid sonaría dulce.

Pero, ¿y los políticos qué hacían?

Idi Amin sería un ángel al lado de algunos de los políticos que dominaron esta ciudad antes de que la tomara el Diablo. Por eso aquella gente baila y canta, porque el Infierno es como un día de fiesta para lo que tuvieron que soportar en vida.

Me deprime oírte hablar, ¿podemos volver a la ciudad vieja?

Subimos al automóvil, adentro hay dos presentadoras de televisión quejándose porque no tienen acceso a la parte del Infierno donde están los cirujanos plásticos.

Virgilio me sigue al interior de un teatro, los frescos en las paredes le sacan frases de admiración. En el centro del escenario hay una enorme olla de la que se asoma la cabeza de un hombre que lanza horrendos chillidos.

Pobre tipo, ¿qué le están haciendo?

Nada, simplemente está cantando.

¿Cantando?

Sí, fue el más famoso cantante de vallenatos.

¿Carlos Vives?

No, este al menos cantaba. Después le quedó la voz así.

En la primera fila del teatro hay dos ancianos atados a sus sillas. Virgilio los observa con curiosidad. Uno tiene gafas de lentes muy gruesos. Le cuento a Virgilio que aquel anciano trabajó unos años en la BBC de Londres y luego regresó a cierta República Banana creyéndose la quintaesencia del saber y por su soberbia el Diablo lo condenó a escuchar eternamente al cantante de la olla. Virgilio me pregunta por el otro anciano y le digo que es otro ex presidente de cierta República Banana a quien le gustaba mucho el vallenato y las reinas de belleza.

¿El que no quiso renunciar a pesar de todo?

No, ese está dentro de la olla con el cantante digo y Virgilio se tapa la boca para no reír?. A este lo llamaban 'el Pollo' y tuvo la oportunidad de convertir a cierta República Banana en un gran país, pero prefirió condenarla a un futuro infernal. Se pasó la vida criticando a otros lo que fue incapaz de hacer y por eso el Diablo le cortó la lengua y lo condenó a escuchar los comentarios de cine de su compañero de silla.

Salimos del teatro y recorremos de nuevo las calles, de una de las casas abandonadas escapan lamentos y Virgilio se asoma en la ventana. Con un gesto me pide asomarme. En la enorme sala hay unas personas apretadas en un sofá viendo la televisión.

¿Qué hacen?

Están condenadas a ver un programa de humor.

¿De humor? Pero si parecen más aburridos que ratones de ferretería.

Es que el programa se llama Sábados felices.

¿Y ellos quiénes son?

El elenco que hacía el programa.

El calor aumenta de repente y Virgilio me pide que lo lleve a un lugar donde pueda beber algo. Lo conduzco hasta un bar que está en una de las bóvedas bajo el muro y nos sentamos en la barra. El fantasma de un barman le sirve una limonada. Virgilio observa a un tipo que está en el extremo de la barra.

Ese muchacho parece acongojado me susurra al oído, ¿sabes quién es?

Observo al tipo que levanta una mano para saludarme y en voz baja le respondo a Virgilio que aquel muchacho era el director de SoHo y como al Diablo le gustaba tanto su revista lo trajo a trabajar en la edición SoHo del Infierno, pero él estaba cansado de ser director y le propuso al Diablo que lo contratara como fotógrafo.

Y claro, el Diablo no aceptó dice Virgilio sin quitar la vista del tipo.

Todo lo contrario, él Diablo aceptó su propuesta.

¿Y por qué parece abatido?

Es que en la versión SoHo del Infierno las modelos escriben las crónicas y los escritores se empelotan.

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