Unas palabras sobre... la jerga paisa

Unas palabras sobre... la jerga paisa

Cuando el parlache, esa jerga de pelaos que se habla en los barrios populares de Medellín, alcanzó la cifra de los 46 sinónimos para la marihuana, de inmediato llamó la atención de los académicos.


 Ya antes, claro, aunque desde una muy diferente perspectiva epistemológica, había llamado la atención de la Policía. A la Policía, obvio, poco le importaba si lo que estaban fumando los muchachos era bareta, maracachafa, chiruza, yerba, canabis o ron de palo, porque igual se los llevaban para la finca y los dejaban un tiempo en la sombra. Y es apenas explicable semejante incapacidad de asombro sociolingüístico por parte de los agentes del orden. Ni siquiera a uno como escritor se le ocurriría pensar que un fierro en la sien sea una metonimia o que eso de mandar a alguien a chupar gladiolo pueda considerarse una metáfora.

Que es un lenguaje que expresa la violencia y la exclusión que ha padecido Medellín desde los ochentas, dicen los académicos y hasta la Policía. Que se trata de un dialecto entre pares y un lenguaje críptico de delincuentes para confundir a las autoridades. Es posible. En lo personal, creo que la génesis del parlache la debemos buscar más bien en la propensión que tienen los pelaos de hablar con sus amigos procurando que no entiendan los adultos y, más concretamente en los barrios populares de Medellín, en la necesidad que tiene tanto carepanguana de utilizar ciertos giros eufemísticos para referirse a sus asuntos, no sea se les vaya a azarar la cucha, los saque del cambuche y no les vuelva a preparar la moga.

¿Quién le dice a un tombo: parce, pilas con el visaje que estoy amurao al resoco, vale decir, achantao en una esquina de la lleca sin siquiera una pata para darse en la torre? Nadie. Eso hasta un policía lo entiende y ni se digan los académicos. Eso se le puede decir a un amigo delante de la mamá que, como no sabe de los desplazamientos léxico-semánticos en las variedades dialectales ni ha oído mencionar jamás la matriz integradora de las prácticas comunicacionales, con seguridad va a pensar que su niño anda en buenos pasos.

Cualquier polocho se pone truchas si se entera de que en una calentura del barrio algún cascón del parche de puro solliz arregló a un asao. Una mamá que escuche tales palabras, en cambio, al no captar la carga elocutiva y el contexto interaccional, podría llegar a creer que están hablando de una cena. Y ni se diga si sorprende a su hijo al teléfono diciéndole al parcero que se vean en el trocen porque hay que hacer un cruce y que lo necesita de campanero para darle lata corrida a una gorzobia que se le patrasió en un negocio de tamales; la madre sonreiría con dulzura pensando que su hijo, en lugar de seguir involucrado en asesinatos y tráfico de drogas, por fin se ajuició y está montando un restaurante.

Cosa parecida ocurre con las palabras soeces a las que son tan afectos los muchachos. Con el parlache, los pelaos de Medellín realmente les están evitando muchos dolores de cabeza a sus progenitoras, porque en vez de los hijueputazos y las vulgaridades de costumbre, términos como gonorrea, majoña, peye, chirrete, panguana, torcido, pirobo, chichipato o gorzobia (que para cualquiera de nosotros, simples mortales, serían el peor de los insultos), en los castos oídos de una mamá deben sonar hasta graciosos. Por algo el parlache ya dejó de ser patrimonio exclusivo de los barrios populares y de estar su uso restringido a los varones de la casa.

Ya el parlache se regó por todas las clases sociales y hasta las chicas descubrieron las enormes potencialidades que ofrece un lenguaje en el que pueden decirle la verdad a la mamá sin que se escandalice. ¿Que dónde anduvo? Fácil. Si la chica confiesa sencillamente que salió de piraña del pollo que le está haciendo la vuelta, y luego de chupar piña dejó que el parcerito le cascara al peluche, a ver si se ponía pálido y de lo puro grilla le regalaba unas mechas, la mami cuando mucho va a creer que estuvieron en el zoológico o en un parque de diversiones.

Ya desde el punto de vista del visitante ocasional o del transeúnte desprevenido que ve en el parlache un lenguaje oscuro, una vez en el terreno, tampoco encontrará grandes barreras semánticas. Es decir, si alguien en Medellín llega a toparse con un maloso que le diga sacando un boquifrío: "Sabés qué, pirobo hijueputa, te bajás de pinta si no querés terminar de muñeco que conmigo ya perdiste el año y necesito las lucas pa llevar de vueltón a la jeva", estoy absolutamente seguro de que no haría falta ningún diccionario o lexicón (en tal caso sería más útil un policía) para entender que lo que pretende el pícaro de marras, so pena de muerte, es aligerarle la faltriquera, porque le urge el dinero para sacar a pasear a la novia.

Glosario de términos
Achantao: amurao y sin programa.

Al resoco: rápido o intenso.

Amurao: Triste, aburrido, acongojado o recostado en un muro, desesperado porque se le acabó la droga.

Arreglar: Matar, pasar al papayo, tumbar, tirar al piso.

Asao: Engreído.

Azarar: Asustar.

Bajar de pinta: Robar, arrebatar algo.

Bareta: Marihuana, producto vegetariano también conocido como maracachafa, chiruza, cachiruza, yerba, varilla, canabis, perejil, verdura o ron de palo.

Boquifrío: Revólver, fierro, trueno.

Calentura: Situación violenta o peligrosa.

Cambuche: Cama o lugar para dormir.

Campanero: En los atracos, asesinatos y otros menesteres criminales, el encargado de avisar si viene la policía.

Carepanguana: Con cara de panguana.

Cascar: Hacer el amor o dar golpes o balazos.

Cascón: Matón.

Chichipato: Avaro.

Chirrete: Mal vestido.

Chupar gladiolo: Estar varios metros bajo tierra en un jardín cementerio.
Chupar piña: Besar.

Cruce: Un negocio, un asunto cualquiera, si bien la expresión hacer un cruce puede significar desde efectuar un robo hasta cometer un asesinato.

Cucha: Madre o, en general, mujer de edad avanzada.

Darse en la torre: Ingerir algún tipo de droga. Trabarse.

Fierro: Revólver.

Finca: Cárcel; término referido concretamente al espacio físico.

Gonorrea: Persona despreciable. Majoña.

Gorzobia: Como su nombre lo indica, persona poco confiable.

Grilla: Prostituta, fufa o fufurufa.

Hacer la vuelta: Trabajo, conquista o literalmente hacer vueltas en una notaría o en un banco.

Jeva: Mujer, novia, amante o esposa.

Lata corrida: Puñaladas.

Lleca: Calle.

Lucas: Billetes de mil pesos.

Majoña: Traidor, especie de gonorrea.

Maloso: Tipo malo.

Mechas: Ropa.

Moga: Comida.

Muñeco: Cadáver.

Negocio: Lo mismo de siempre, pero relacionado con drogas.

Pálido: Vgr. Ponerse pálido, reaccionar, ponerse pilas o truchas.

Panguana: Sujeto ordinario y de mala muerte.

Parce: Amigo, compañero.

Parche: Cualquier lugar de reunión de los muchachos.

Pata: Colilla de marihuana.

Patrasiar: Retroceder, quitarse de un negocio.

Peluche: Se refiere a los órganos sexuales femeninos externos; vulva, panocha.

Perder el año: Dar un mal paso o caer en manos de un maloso.

Peye: Persona o cosa ordinaria y de mal gusto.

Pilas: Vgr. Ponerse pilas, avivarse.

Piraña: Mujer sacadora.

Pirobo: Marica.

Pollo: Novio.

Polocho: Policía, tombo.

Solliz: Programa, actividad, traba.

Sombra: Prisión, en el sentido existencial.

Tamal: La cocaína empacada en gramos.

Tombo: Policía.

Torcido: Traidor, gorzobia.

Trocen: Centro de la ciudad.

Truchas: Vgr. Ponerse truchas, avivarse, ponerse pilas.

Visaje: Vgr. Dar visaje, mostrarse.
Vueltón: paseo.

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