He tratado de explicarlo de mil maneras. Compré papelógrafo y marcadores para ilustrar el caótico flujo de pasajeros en un rascacielos acostado. Estudié la 'teoría de las colas' y probé, de manera irrefutable, que cuanto más grande es el barco peores son las vacaciones. Le conté a mi hija que mareo viene de mar. Le dije a mi esposa que con esa platica tal vez podríamos cambiar el carro que nos acompaña hace diez años. Alquilé cuatro veces Titanic, pero ningún argumento funcionó hasta que aparecieron Laura, Alejandro y la historia de su crucero.

Nuestros buenos amigos acababan de sobrevivir a una aventura de una semana, en la que se embarcaron para desgracia suya, y ejemplo nuestro. Ellos tienen un hijo de ocho años y una hija de seis. Los niños, y la publicidad, los habían convencido de abordar un crucero infantil. Los papás se podían relajar, mientras los niños viajaban con sus personajes favoritos de Disney. Como el precio era tan alto, Alejandro hizo las cuentas y encontró la mejor fórmula: Camarote con balcón para los grandes y —por cien dólares menos— camarote sin ventana para los niños.

El zarpe fue desde Cabo Cañaveral en donde los esperaba la cola para abordar. Tres horas después, y con el entusiasmo marinero aún intacto, pudieron darles la mano al contramaestre y a Mickey Mouse que los aguardaban en el puente.

El camarote con vista resultó un poco más estrecho de lo que esperaban, pero era acogedor. En cambio, el cuarto de los niños era una cámara de mareo. Era como viajar dentro de la coctelera de un barman. Resultado: Los niños se fueron al cuarto con ventana y los papás al calabozo-licuadora.

Las siguientes sorpresas las encontraron en el comedor. Tenían que escoger la hora de las comidas entre dos turnos: Uno muy temprano y el otro tardísimo. Pero lo más grave es que ellos eran cuatro y las mesas solo eran de seis o de ocho sillas. Los puestos vacíos están prohibidos en el negocio de los cruceros. La primera cena la tuvieron que compartir con un huraño matrimonio de jubilados canadienses. Él vistiendo su esmoquin tropical y ella forrada en seda verde.

La incomodidad se habría limitado al silencio si no hubiera sido porque la salsa de tomate del plato de María, la hija de nuestros amigos, terminó en la chaqueta blanca del accidental compañero de mesa. Quince minutos de rendidas excusas y cien dólares de la lavandería a bordo no alcanzaron para restituir el daño. En compensación, Alejandro hizo una hora de cola para que los canadienses se tomaran una foto con el capitán del barco. La foto le costó otros 25 dólares.

Al día siguiente pudieron dejar a los niños en la fila para autógrafos de Blancanieves, y se fueron a la piscina del buque. No había espacio adentro, ni afuera. Setecientas cabezas tapizaban la alberca. Las sillas también estaban llenas. Los pasajeros veteranos sabían que había que madrugar para ganarse una asoleadora. Muchos habían llegado a las seis de la mañana para tomar una.

Cuando volvieron por los niños, tuvieron el susto de sus vidas. Lucho estaba aún en la cola, pero María no aparecía. Es más fácil encontrar una aguja en un pajar que una niña en un barco de 2.400 pasajeros. La amabilidad y diligencia de los tripulantes permitió que dieran con ella, después de veinte angustiosos minutos. Estaba bien, solo se había ido detrás de Campanita, pero de ahí en adelante los papás no pudieron separarse un segundo de los niños.

La paciencia de Laura se copó en el primer desembarco. Castaway Cay se llamaba la isla privada de Disney en donde el crucero atracó por primera vez. Otras tres horas para dejar el barco, seguidas de la incesante búsqueda de una silla playera vacía que solo encontraron a 25 minutos del puerto. Cuando se instalaron ya era hora de almorzar. Emprendieron el camino de vuelta al muelle y se pusieron en la cola para escoger entre perro caliente y hamburguesa. Con el penúltimo bocado llegó el momento de hacer la fila para retornar al barco.

Cinco días y seis mil dólares después, mis amigos dejaron el ensoñador crucero, pero el mareo los acompañó otras dos semanas.

Semejante relato me parecía suficiente argumento para que mi mujer y mi hija cambiaran de idea, pero no. Ahora ellas piensan que tal vez un crucero por el Pacífico pueda resultar más placentero. Por eso, inapelablemente, tendré que abordar mi propio sueño dentro de dos semanas. Lo pagaré con un tarjetazo de 36 cuotas, y cada mes podré rememorar lo que —sin duda— será una experiencia inolvidable.

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