Mi hijo Daniel tenía tres meses. Nos íbamos de vacaciones al departamento más lindo de Colombia, Santander, hace 20 años, cuando no había que agradecerles a los presidentes de turno por la posibilidad de ejercer un derecho tan elemental como el de transitar por las carreteras. Daniel, chiquitico, ya dejaba ver su vocación de noctámbulo, de modo que para ayudarle a dormir le llevábamos su cunita. De paso, si él se dormía, el resto de la familia también. ¿No son las vacaciones para descansar?

Debo aclarar que soy un tipo urbano, que no tolero los pollos vivos ni crudos, y que para trabajar con las manos soy incapaz e inútil. La cunita de Daniel pesaba 62 kilos, era de madera fina y sólida y aunque se podía reducir (en un solo doblez), no cabía en la parte de atrás de la Fiat 147 amarilla modelo 83. Resolví el problema amarrándola en el techo con cabuyas que tuvieron la doble condición de rayar la camioneta y dejarme los dedos ensangrentados por las raspaduras que me produjeron los intentos de atarla. Todo funcionó: cielo azul, Serrat y Perales en la grabadora de casetes que de vez en cuando se atascaba...y la cunita ahí, firme.

Nos varamos. La camioneta se apagó después de hacer un sonido como de gárgaras. No encontré instrumentos ni herramientas, por fortuna, porque no habría sabido utilizarlos y tuve que ir en busca de un huevo para echar en el radiador, porque me acordaba que años atrás, en el colegio, Borda había asegurado que esa —o, en su defecto, una panela— era una fórmula perfecta para improvisar arreglos de radiadores con agujeros. Tiene huevo. Cuando regresé, mi esposa, Inés Elvira, y Gabriel, mi hermano, habían reiniciado el carro.

—Le faltaba agua —dijeron mientras unían las puntas de los dedos de la mano derecha.

—Me imaginé —contesté, metiendo la cabeza entre los hombros para que creyeran que me parecía obvio.

Luego vino el accidente de la cuna. Supimos que su madera era muy dura cuando se cayó en una curva del cañón del Chicamocha. Habríamos podido salir del problema pero... ¡no le pasó nada! Se repitieron los rayones de la camioneta y de mis dedos, al volver a amarrar la cabuya, y la bendita cama quedó intacta.

La neura, alborotada por la epidemia que existe en Santander de esa condición y por los nuevos rayones que produjeron los fallidos intentos de desamarrarla, me obligó a pedirle a Inés Elvira que hiciera el trabajo. Lo hizo con tal destreza que me incrementó la neura. Estábamos en el hotel Bella Isla, en San Gil, al lado del parque El Gallineral. Instalada la cuna (Inés Elvira tuvo la osadía de decirme que el trabajo lo había hecho ella y no los botones del hotel) vi un esperanzador aviso en la cartelera del lobby: 'Padres e hijos, integración feliz, tómese un aguardiente con nosotros'.

—Alcanzamos a llegar —me convenció mi hermano Gabriel—. Apenas empezaron hace media hora.

Bajamos, con los niños. No nos habíamos sentado cuando el integrador, vestido con un ridículo uniforme de safari caqui, le dijo a Gabriel que había llegado justo en el momento de la mímica. Tenía que hacer como un león. Hizo su mejor esfuerzo: puso sus manos con los dedos doblados frente a la cara y los movió amenazantes mientras intentaba unos rugidos que más parecían ronquidos. A mí me pareció que hizo el oso y no el león, y que generó risas en vez de miedo entre el auditorio, pero se ganó el derecho a aguardiente. Con envidia vi que le pasaron la botella, y con sorna observé que el oso anterior se la había dejado vacía.

La noche fue inolvidable. Fuimos a donde la tía santandereana, que nos llenó de cabrito y pepitoria hasta la enfermedad. En Santander no se desprecia la comida, no se deja nada. Al volver al hotel, pesados y enfermos, acostamos a Dany en la maldita cuna y nos fuimos a la piscina en busca de un momento de sosiego. Conectamos el walkie talkie Fisher Price para 'escuchar' sus dulces sueños y como no se oía más que un alarmante grgrgrgrgrgrg interminable, tuve que ir siete veces a cerciorarme de que el bebecito sí estaba bien dormidito. Solo se despertó cuando nos acostamos, el calor no lo dejó dormir a él, y él no nos dejó dormir a nosotros.

El regreso fue igual, pero peor. La camioneta se varó y yo, conocedor, anticipé el diagnóstico: "Recalentada". Pero no le faltaba agua, sino aceite, y el motor se fundió: volvimos en grúa. Magullados, cansados, agotados, exhaustos. Solo la maldita cuna de roble llegó sin un rasguño.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.