Si Lenin se hubiera ido de paseo una semana con sus amigos, habría comprendido que el comunismo estaba destinado al fracaso y este mundo se habría ahorrado la Guerra Fría, la Cortina de Hierro, el Pacto de Varsovia y más de la mitad de las películas gringas de los ochenta. Cuando me refiero a paseo de amigos, en realidad hablo del paseo de amigotes. El de mercado comunal, rapiña por las camas al momento de llegar y rotación infinita entre los asistentes del único material de lectura disponible en el lugar: una Cromos de hace ocho años con el crucigrama ya resuelto. No confundir con los paseos ya maduros, con un par de amigos casados, sus señoras, los niños y el perro. En ese caso Lenin no se hubiera desencantado del comunismo, pero se habría encarretado con el parqués, juego oficial de este tipo de paseos.

Quien se haya ido de paseo de amigotes sabe que uno llega más fundido de lo que se fue, añorando su cuarto, su cama y su comida (es decir, la propiedad privada) y aborreciendo cualquier utopía comunitaria: el baño compartido y encharcado porque los seis que se ducharon primero no se secaron bien antes de salir, la resignación de tener que usar la primera toalla que se encuentre por ahí, porque alguien cogió la que uno había dejado secando juiciosamente desde el día anterior y, sobre todo, tener que estar alerta las 24 horas del día para que el borracho del grupo no se vaya a acostar justo en la cama de uno.

Los paseos de amigotes, como las aventuras comunistas, nacen en medio de una excitación desmesurada, porque la felicidad está a la vuelta de la esquina y se inicia con un despropósito: un mercado hecho entre veinte personas. Tiene más coherencia una reforma tributaria después de pasar por el Congreso que un mercado de paseo. Los mercados de paseo se caracterizan por salsas carísimas para pastas y no se llevan pastas, pan de perro pero ausencia de salchichas y miles de paquetes de "Detodito" cuando el mundo entero sabe que de esos paquetes la gente escarba en busca exclusivamente del chicharrón. La única verdad del mercado de paseo es que siempre terminará faltando Coca-Cola. La frase oficial de un paseo es "Toca bajar al pueblo por Coca-Cola". Y por la ley de las compensaciones, siempre el ultimo día del paseo uno termina regalando cajas enteras de un cereal de salvado de trigo que nadie probó y una botella se sabajón por la cual nadie da la cara.

Las primeras 24 horas le hacen creer a uno que la mejor opción de vida que se puede tomar es irse a vivir con este grupo de gente de fino humor, trato respetuoso y formación londinense. La parada a comer en la carretera es una fiesta, nadie pone problema por nada y parece que el tiempo del paseo no alcanzará para la cantidad de actividades propuestas. Las niñas se ponen vestidos de baño recién comprados y accesorios elegantísimos (¿qué opina del concepto del pareo) y los hombres incluso cierran la puerta cuando van al baño.

Pero de este punto en adelante se inicia el declive, porque una vez instalados, mercado bajado y pantalonetas puestas, un paseo de amigotes tiende inexorablemente hacia el trago. El licor, que en un día común vuelve a ese amigo simpático en un buen hombre al que le cayeron mal un par de tragos, en un paseo lo convierten en el tipo más cansón del mundo. Porque una cosa es administrar un amigo borracho un par de horas mientras se termina la fiesta y uno lo despacha a la casa y otra es perseguirlo toda la noche para que no se devuelva manejando a Bogotá a la una de la mañana a pedirle perdón a la ex novia, mientras llora y canta "tú eres la reina…..una reina sin tesoros ni tierraaaaaaaas". Y cuando entre todos logran acostarlo, viene esa experiencia inolvidable que es compartir cuarto con un despojo ebrio que amenaza con regurgitar cada cinco minutos.

Al otro día, una vez pasada la euforia inicial, con el guayabo apenas despuntando, la realidad cae encima de uno como un yunque. El lugar donde la noche anterior el refinado grupo de amigos departió alegremente un rato, en la mañana parece arrasado por el Katrina: botellas semivacías debajo de las sillas, colillas de cigarrillo hasta en los vasos, ropa y restos de comida por todo el lugar. "No importa, esto se arregla con una ducha y después organizamos entre todos", nos decimos. No contamos, sin embargo, con que al baño le habría ido mejor si efectivamente sí lo hubiera arrasado el Katrina. El estado del baño en un paseo es el inicio de un juicio de responsabilidades que ya se quisiera la Ley de Justicia y Paz: "Por favor, el que vomitó en el baño que responda", "¿Quién fue el que tapó el baño y siguió tan campante?", "Dejemos el jabón de la ducha sin pelos. Gracias".

Si usted, estimado lector, es mayor de treinta años recordará que en este momento llegaba la prueba más difícil de los paseos: ¿quiénes van a bajar al pueblo a llamar? A los que nos quedaba una gota de responsabilidad nos apretábamos en un Renault 4, con el hígado en la mano y rogando por que el carro no se moviera tanto (así no hubiera arrancado) para iniciar la aventura de buscar el Telecom del pueblo y avisar en la casa que habíamos sobrevivido y que volveríamos a llamar en cinco días porque el Telecom quedaba muy lejos.

El guayabo, el desorden, el borracho, el calor ("¿Sí supo?...se dañó el ventilador de su cuarto") empiezan entonces a erosionar la tolerancia del grupo. Uno se da cuenta de que al tipo que le parecía graciosísimo en realidad repite el mismo cuento mil veces, que esa amiga tierna y comprensiva se ha adueñado de la comida y decide sin consultar a nadie a qué horas, dónde y qué se come y que si alguien pone una vez más alguna canción de Maná usted lo va a matar.

Si hasta acá el delicado equilibrio no había estallado, todo termina cuando el grupo de amigos se enfrenta entonces a la pregunta central de la vida: Y ahora ¿qué hacemos? Las opciones son múltiples: quedémonos o salgamos. Los del grupo que quiere salir usualmente imaginan que por las señoriales calles de Melgar se van a encontrar a Carolina Cruz lista para ser enamorada y, usualmente también, regresan en menos de hora y media después de haber repasado tres veces los sitios del lugar y de haber visto a Carolina Cruz solo en un afiche de un taller. Los que se quedan, adoptan como última solución volver a emborracharse, pero esta vez jugando cosas como "la verdad o se atreve". Esta decisión es terrible porque asegura que las parejas de novios establecidas pelean (ah, ¿y usted por qué sabe dónde queda Rocamar), los más conservadores se dan cuenta de la clase de amigos pervertidos que tienen y, los más liberales, de que el espíritu de Laureano Gómez vive en sus compañeros más próximos.

Al cuarto o quinto día de comer todas las noches sándwich de atún con Tang de naranja (la Coca-Cola se volvió a acabar, ¿quién va mañana al pueblo?) y con el cuerpo acabado por el licor y los zancudos, uno cae en la cuenta de que fue un error programar el regreso el lunes festivo a las ocho de la noche. Que va a arrancar molido la semana. Que le hace falta sueño. En fin, se da cuenta de que necesita vacaciones para recuperarse de las vacaciones con amigos. Pero sabe, íntimamente, que las próximas vacaciones serán de nuevo con sus amigos.

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