Si hay algo que me aterrorice son unas vacaciones en la playa. No sé si sea una maldición o una enfermedad que padezco. Lo cierto es que no existe un lugar donde me sienta más expuesto, indefenso e inseguro que en ese lugar. Desde el momento en que hago contacto visual o corporal con la playa, la arena se me cuela por todas partes, el sol se ensaña conmigo y mi indumentaria me resulta ridícula y lastimosa. Cualquiera que haya crecido al lado del mar siente atracción por las olas, el calor lo reconforta y las miradas de quienes lo rodean lo tienen sin cuidado. A mí me sucede lo contrario. El mar me intimida y tengo siempre la impresión de estar en un lugar extraño y ajeno donde me observan con compasión y burla. En primer lugar porque tengo un color de piel que me delata. Y por tratar de pasar inadvertido, siento que soy el blanco -en sentido literal- de todas las miradas. Para un costeño, una botella de agua en la playa vale 300 pesos. A mí me cobran 6.000 barras. Los vendedores ambulantes al costeño no tratan de venderle nada. A mí me ofrecen agua de coco, coco, pelada y partida del coco, manos libres, tarjetas prepago, mango, collares, raspaos y hasta me han sugerido que me haga unas trenzas. Mientras algunos se divierten con un frisbee, juegan voleibol o fútbol, yo sudo a chorros y tengo que utilizar toda mi capacidad de concentración para dar un paso. Lo primero que hago cuando llego a la playa es embadurnarme de menjurjes, bloqueadores, protectores y toda suerte de cremas que realzan mi blancura —se supone que voy a coger color— y me convierto en una especie de espantapájaros tropical, ya que de lo contrario en la noche estaré como un langostino hervido y me será imposible dormir, rumbear, bailar o siquiera caminar. Por supuesto, después de semejante tratamiento preventivo, las manos quedan inutilizadas, y el libro que siempre llevo para refugiarme, acaba manchado de HUV 40 con parches de arena, y pasar de una página a la siguiente es imposible. Además, leer a 40 grados de temperatura y semidesnudo es una labor que exige un esfuerzo mental enorme. Al costeño nada se le mete entre los pies. Por el contrario yo, después de una corta caminada playera encuentro pedazos de conchas y restos de moluscos entre los dedos, y se me pegan unos bejucos desconocidos en los tobillos. Como si esto no fuera suficiente, a los pocos minutos de estar al lado del mar no logro encontrar posición cómoda o agradable. Siempre me han llamado la atención aquellas personas que pueden estar tres horas sentadas en "flor de loto" leyendo una novela mientras se broncean. En mi caso, no logro encontrar jamás una posición corporal ideal. He ensayado sillas portátiles, con sombrilla y sin ella, toalla, cojines, flotadores, reclinadoras, bancas, y siempre es lo mismo. A los pocos minutos estoy desesperado, se me pierde el celular entre la arena, la toalla se vuelve un estropajo y nada me calma la sed.

Otra cosa que me produce envidia es la facilidad que tienen algunos para estar en la playa como si estuvieran en su propia casa. Aparecen con su vestido de baño, unas gafas negras y listo. En mi caso, para ir a la playa tengo que trastear billetera, mocasines de cuero, camisa de manga larga, camiseta, toalla, celular, gafas de sol y gafas para leer, sombrero o cachucha, pañuelo, bermudas, vestido de baño, periódico, revista y libro. Además no necesitan ubicarse en la playa. Están en ella. Les pertenece. A mí me toca encontrar un lugar y establecer unos límites territoriales.

Pero quizás el peor momento de un día en la playa es aquel en que resuelvo meterme al mar. Lo primero es esconder la billetera. Y por lo general escojo los zapatos como el escondite ideal. ¡Qué creatividad! Sobra decir que me han robado la billetera varias veces. Una vez tomada la decisión, presionado por la temperatura, la incomodidad y un brote fugaz de autoestima, me lanzo al agua en una carrera descomunal y, por supuesto, al dar la segunda zancada me voy de jeta cuando el mar aún tiene treinta centímetros de profundidad, me raspo codos y rodillas, el vestido de baño se me escurre dejando al descubierto media nalga color helado de vainilla y me incorporo con una expresión de idiota monumental. Además, nada más deplorable que bañarse en el mar con camiseta, porque según dice la experiencia, si uno se mete al mar sin nada, se "arde" y las aguamalas gustan de los pechos lampiños. El baño de mar es un tormento. Como soy de una altura considerable, siempre estoy tocando el fondo del lecho marino, y me angustio al pensar que voy a pisar algún animalejo. Y si resuelvo dármelas de delfín, las olas me pegan unas revolcadas de tal magnitud, que la última vez que lo hice me tocó recuperar el vestido de baño cuando se me escapaba por entre los dedos de los pies, dejando expuestos algunos órganos que podrían ser confundidos por algún bicho con un refrigerio ocasional. La salida del mar es la última parte del suplicio. La camiseta forrada al cuerpo como si me la hubieran pegado con colbón, vestigios de vida marina por todas partes, arena en los oídos y cuando finalmente logro salir como si fuera un náufrago, debo emprender la carrera porque la arena está hirviendo y es necesario llegar al lugar desde donde salí en el menor tiempo posible, de lo contrario se me ampollan las plantas de los pies. Una vez en la sombra, se inicia el proceso de secado, con una toalla entrapada en arena y si decido fumar un cigarrillo para descansar y pensar en la proeza que acabo de realizar, prender el encendedor puede tomarme entre quince y veinte minutos. O se le acaba la piedra al encendedor o se me sale a mí. Definitivamente no tengo buenas relaciones ni con la playa ni con el sol. Prefiero la ciudad y la noche.

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