D'Artagnan nació por culpa del fútbol y la comida. En efecto, comencé a escribir en 1968, cuando tenía 14 años y estaba en segundo de bachillerato, una columna con el seudónimo de 'Un hincha azul'. Era la primera vez que alguien se destapaba abiertamente en las páginas deportivas de El Tiempo a favor de Millonarios y en contra de Santa Fe. Y eso generó escándalos y polémicas en varios programas radiales y súbitamente me consagró como punto de confrontación con otros colegas. Concretamente con Juan Lumumba (léase Yamid Amat), quien mantenía una sección muy simpática en El Espacio, al lado de la foto de una mona generalmente semiempelota; y con quien firmaba como '039' (Daniel Samper Pizano), también santafereño de raca mandaca y que se escondía bajo dicho remoquete cuando tenía que cubrir un partido de fútbol para el periódico.

¿Por qué digo que nació D'Artagnan gracias al fútbol y a la comida? Porque de lo primero me mamé y de lo segundo me encanté, según lo comprueban ciertos retratos obesos que aparecen del suscrito. Me explico: hastiado del hecho de que cuando mi abuelo, Roberto García-Peña, invitaba todos los domingos a sus nietos a almorzar en uno de los tradicionales restaurantes de Bogotá (Tres Casitas, La Bella Suiza, Eduardo, La Reserve, Capikúa y el inmejorable comedor del Hotel Continental, entre otros) yo tenía que salir corriendo con el último escargot chorreando en la boca porque venía a recogerme, donde estuviera, una camioneta de El Tiempo antes de las tres de la tarde, cambié mi vida y entonces encontré una solución salomónica.

¡Dejar de ir al estadio! Aunque era poca, obviamente, la autoridad moral para seguir pontificando sobre una actividad de la que gradualmente comencé a distanciarme como aficionado. Y, en consecuencia, descubrí rápidamente que lo que me gustaba era escribir, más que saber de las peripecias del balompié. Y escribir sobre política, puesto que era ese ambiente político el que se ha respirado en casa como oxígeno permanente. Estudié jurisprudencia y leyes en los severos claustros del Colegio Mayor del Rosario, paternalmente obligado y contra viento y marea (lo que compensaba 'capando' clase sistemática y enriquecedoramente), no obstante que ciertas materias como derecho constitucional fueron luego claves en mi formación profesional.

Hace, pues, más de 25 años apareció la columna de D'Artagnan, atento siempre a estar en sintonía con el momento. Porque escribir sobre aquellos temas de palpitante actualidad es lo que permite diferenciarse de aquellos otros colaboradores que han sido ex candidatos, ex ministros, ex embajadores y burócratas de los más altos organismos económicos, y que sin embargo opinan lo que se les da la gana sesgadamente y sin ningún impedimento de tipo moral.

He sido, además, un columnista 'de posición'. Esta no es ninguna expresión escatológica, para que no se angustie la muy virginal María Isabel Rueda. Lo que quiero decir es que siempre he tenido posiciones definidas frente a los distintos hechos y situaciones. Y no propiamente las más taquilleras y populares. En efecto, fui turbayista cuando eso no solo era pecado sino lobo, según la multitud de lleristas que en 1978 proliferaban en Bogotá y que, paradójicamente, en términos electorales quedaron opacados por los resultados.

Cuando Alfonso López Michelsen se lanzó a la reelección en 1982 lo acompañé en su causa, mientras era lógico que por razones generacionales correspondía estar con Luis Carlos Galán. En ese entonces pensaba que, pese a la mayor edad de López, el de las ideas jóvenes era él y no Galán. Cuando por la división del liberalismo Belisario -hoy vecino y amigo, gracias a Dalita, su señora- subió a la Presidencia, hice oposición por varias causas menos la poética, ensoñadora pero que poco servía -la poesía, digo- para gobernar.

Apoyé a Virgilio Barco contra Álvaro Gómez con el mismo lamentable sectarismo con que Barco ejerció su gobierno contra los godos. He sido pues disciplinado militante del liberalismo, lo cual -para muchos- resulta una actitud no solo antipática sino anticuada. Por lo mismo voté por Gaviria; sobra decir que por Samper (¿alguien lo duda?); por Horacio Serpa y -pese a ser un disidente de su partido- por Álvaro Uribe en la última elección presidencial.

¿Cómo escribe D'Artagnan? Los temas surgen, invariablemente, de las tertulias y almuerzos que mantengo, aunque Lorenza, mi señora, sospecha que estos últimos son para cultivar la glotonería y no para trabajar. De intercambios y diálogos con distintos protagonistas del país aparece de pronto esa luz interna que se enciende en la mente y que, para decirlo gráficamente, es como un orgasmo. Una vez uno tiene claro el tema lo de menos es redactarlo. Y lo importante es buscar los sustentos informativos necesarios para no incurrir en inexactitudes o imprecisiones, que en mi caso, pese a todo, se han escapado en más de una ocasión.

Últimamente -de un tiempo hacia acá-, me gusta dictar más que redactar directamente porque encuentro que lo hago con más soltura y fluidez. Pero eso sí: dicto con puntos y comas, abriendo y cerrando paréntesis lo mismo que comillas y guiones, como si realmente estuviera frente al computador. Y cuando me adentro en los vericuetos de la gastronomía -no para todo el mundo bienvenidos- debo escribir necesariamente -o dictar- con hambre. Es decir, antes de un almuerzo opíparo, para que el movimiento de los jugos gástricos ayude a describir los sabores de los distintos platos tal como los siente mi dulce paladar.

Reconozco, sin embargo, que a veces me entra una especie de espasmo escatológico que a no pocos lectores fastidia, tal vez porque olvidan -o más grave: lo disimulan- que es en las mañanas, antes o después del desayuno, cuando las gentes generalmente leen el periódico en el sagrado recinto de su baño privado. A ellos, y específicamente al muy aséptico Carlos Villar Borda, les recomiendo de veras que se lean Los cuadernos de don Rigoberto, para mí el libro más fabuloso de Mario Vargas Llosa, en el cual relata con rigor metódico, uno por uno, desnudo, todos los pasos de cualquier individuo que se estime a sí mismo en el ambiente íntimo del retrete, con todas sus sonoridades y extravagancias. Juzgar todo ello como indecente o, peor todavía, ordinario o inmoral es omitir nuestra condición animal de seres humanos de la que no se salva ningún cuerpo, por glorioso que sea.

Sí, estoy lleno de defectos. Soy hipocondríaco, comelón, gordo, me rasco donde no toca, pero algunos -aunque sean más bien pocos- me consuelan con que también soy buen amigo, leal, divertido, papá comprometido y acaso infantil. Me arrepiento de muchas cosas y de nada. Y no pretendo posar de cínico cuando abordo los temas políticos en un país en que estos -los políticos- están estigmatizados. Ni de indolente cuando trato, con picante, los temas culinarios y no pocos me recriminan por hacerlo en un entorno como el nuestro, en el que tanta gente muere de hambre. Según eso, no podría existir crítica gastronómica en ningún periódico del mundo.

No desconozco cierta ingenuidad y a veces -solo a veces- caigo en la fascinante tentación de la crudeza lúdica, con eco en los morbosos y rechazo en los pacatos. Pero si fuera perfecto no sería un columnista de carne y hueso sino un extraterrestre como ET, cargado de bondades y exonerado de prejuicios, cuando no un arcángel asexuado y divino. Mi vocación es el periodismo y no la cosmografía ni la santificación. Como observan, pues, los lectores, se trata de un pequeño ego apenas comparable con el tamaño de mi estómago. Al fin y al cabo no hay que olvidar que barriga llena, corazón contento...

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