En un país en crisis los columnistas de diarios y revistas se han convertido en faros orientadores pero también, en ciertos casos, en objeto de odios y amores. Es el caso de D’Artagnan, cuya prosa fluida y matizada con sutiles toques de humor e ironía en más de una ocasión ha puesto al servicio de causas que otros no se hubieran atrevido a defender y además lo ha hecho de manera frentera, sin mediastintas. El responsable de estas columnas, sin embargo, no ha tenido el menor reparo de posar en calzoncillos en la terraza de su antiguo apartamento del centro o confesar públicamente que hace el amor con las medias puestas. Así es Roberto Posada García–Peña, de 47 años, gran conversador, que le dedica mucha atención a su esposa, la artista plástica Lorenza Panero Owen, y a sus cuatro hijos: Carmen, de 15 años; Roberto Francisco, de 5; Gabriel, de 3 y Felipe, de 1. Abogado de la Universidad del Rosario, es doctor en Jurisprudencia y Leyes, con especialización en Derecho Económico. Le encanta la historia contemporánea de Colombia y además de ejercer su oficio de columnista dirige las ‘Lecturas Dominicales’ del diario El Tiempo y la revista Credencial.

¿Por qué escogió el seudónimo de D’Artagnan?
No lo escogí por D’Artagnan y mucho menos por Dumas, sino porque mi abuelo tenía un perro que se llamaba así y me pareció simpático el seudónimo para esconderme de profesores y compañeros de clase en la universidad, que perfectamente hubieran podido preguntarse por qué un carajito como yo podía pontificar a diestra y siniestra... Lo que pasa es que, con el transcurso del tiempo, el seudónimo fue cotizándose y por eso resolví dejarlo indefinidamente.

¿Alguna vez se ha arrepentido de algo que ha escrito?
Sí, cada ocho días. Ciertamente uno dice muchas bobadas. Lo grave, sin embargo, es que cuando se trata de ser serio, reventándose los sesos para escribir algo agudo o ingenioso sobre el proceso de paz, me llegan dos o tres cartas vaciándome y punto. En cambio, cuando escribo bobadas, los mensajes aumentan y las felicitaciones también.

Por lo que uno oye por ahí, a las mujeres de su época les encantaba dejarse encarretar por el discurso de izquierda. ¿Cómo se las arreglaba usted para
seducirlas con las tesis de López y Turbay?
¡Por favor, Eduardo! Eso sería en los años 60, cuando el hippismo, la marihuana, Cohn–Bendit y la Revolución de Mayo del 68. A mí me tocaron los rezagos de todo aquello y no pertenezco precisamente a la generación de Enrique Santos Calderón... Por suerte no tuve que recurrir a ese socorrido discurso de izquierda para encantar a las mujeres, que ya estaban jartas de comer pizza vieja y reseca y en cambio muy ansiosas de probar unos crujientes escargots.

Pero en los 70, e incluso comienzos de los 80, lo mamerto funcionaba bastante bien. Sin hablar del auge de la trova cubana, de Silvio y Pablo que aún seduce a los adolescentes de hoy...
Eso es cierto. Al igual que Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanki, e incluso Piero con Los americanos, tan vigente ayer como hoy. Y Serrat y Moustaki... Incluso Hervé Vilar con su “ya para qué...” Lo que sí, definitivamente detesto son los Enriques Iglesias, los Alejandros Sanz y los Rickys Martin, quienes han ‘bisexualizado’ la música de forma inquietante.

Usted tiene fama de ser un gran cocinero y un gran gourmet. ¿Fue esa una táctica de seducción?
Lo de cocinero, no; y más gourmand que gourmet. La que cocina en la casa es Lorenza, mi señora. No entiendo, sin embargo, por qué se pone brava cuando, estando yo con ella, le hacen siempre la misma pregunta: “¿y tú también cocinas?”

¿Cuál es la comida que más le gusta?
Sin duda, los platos orientales y concretamente la comida china. Sus sopas picantes y la increíble variedad de sus salsas y de sus ingredientes. Lástima que nada de eso tengamos en nuestro medio, o al menos muy poco. Sin duda, estamos mejor en materia de comida japonesa —que también me fascina— que en lo que a la china se refiere.

¿Cuál es su prototipo de belleza femenina?
Mi prototipo son las vírgenes de Boticcelli y las gorditas de Rubens. Odio las mujeres flacas, sobre todo, cuando se ponen minifalda y parece que tuvieran zancos en vez de piernas.

¿Tiene alguna fantasía erótica que no haya podido hacer realidad?
Muchas. Muchísimas. Y la única que las conoce es Lorenza, con quien las comparto. Sólo le digo una cosa: de verdad el actor Tyce Bune me envidiaría, pero ya cuento con licencia conyugal para confesárselas a Tatiana de los Ríos y Paula Jaramillo...

Listo, ya le paso el dato al director de la revista para que planillen ese reportaje. ¿Qué clase de música le gusta oír?
Me seduce la música clásica, aunque no exactamente para bailar. Y, entre ésta, los barrocos y los renacentistas. Me encanta el rock clásico de los años 70 y 80 para escucharlo. Me gusta también, y mucho, la música ‘guapachosa’ si de bailar amasisadito se trata.

Usted debe ser muy rumbero…
En términos generales detesto la rumba porque no soy noctámbulo y menos ahora que estoy estrenando hijos. En cambio, me encantan aquellos almuerzos largos, con ingrediente político de por medio, no exentos de chisme sexual y que, cuando son muy buenos, terminan en fiesta. Como quien dice, otra manera de enrumbarse.

¿Salsa?, o definitivamente lo suyo es La saporrita y El cuartetazo.
San Fernando, y ojalá con Lucho Bermúdez y Matilde Díaz... ¿Será que estoy muy gagá?

No se preocupe por eso, hoy día la música de Lucho Bermúdez la catalogan con nombres muy sonoros: retro, world music, música étnica, nada de raro que también clasifique en latin jazz… Pero bueno. ¿Va a conciertos o prefiere oír música en su casa?
La jartera son las colas y de paso las multitudes. Puede sonar egoísta, pero prefiero escuchar los conciertos en la biblioteca de mi casa como cualquier Nicolás Gómez... ¡Ya quisiera ser algún día como ‘Colacho’!

¿Usted era de los que bailaban toda la noche o de los que se quedaban conversando por ahí?
Ninguna de las dos cosas. En ese entonces, era mejor ir al jardín de la casa de la fiesta de turno y fumarme un cigarrillo con un trago a escondidas de la mamá anfitriona. Creo que eso ahora también se hace, por lo que me he podido dar cuenta con ciertos comportamientos de mi hija quinceañera, que es de paso mi primogénita.

Eso significa que le tocó lidiar con esas abnegadas madres anfitrionas inventoras de ese ‘ponche’ que consistía en seis Coca–Colas tamaño familiar sin gas, con media tapita de vodka nacional que revolvían en la olla grande, la del ajiaco…
En mi caso, o casa, la cosa era peor: con ginebra Boutik, o Butick, de la Industria de Licores de Santander. Y sólo un miserable chorrito con harta Colombiana. Qué asquerosidad... Si uno tiene cirrosis es por culpa de esos cocteles y menjurjes.

Hace un momento mencionaba a su hija adolescente y a sus hijos bebés. ¿Cómo concilia horarios tan disímiles?
El tiempo no me alcanza para nada, especialmente para leer. El otro día le pregunté a mi vecino, el ex presidente Betancur, cómo hacía para que le rindiera el tiempo en esta materia, y me dijo: “Muy fácil. Me levanto a las 2:30 ó 3:00 de la madrugada, me voy para mi biblioteca y leo hasta las 5:30, cuando vuelvo a meterme en la cama y duermo una hora más”. Presidente, le dije: ¿por qué no me llama a esas horas y me hace el favor y me despierta? Y lo hizo. Lo que me sirvió para levantarme, sí, para tomarme dos sal de frutas Lúa y seguidamente volver a dormirme como un lirón...

¿Cuáles son sus gustos literarios? ¿Lee novelas o definitivamente prefiere los textos de historia y análisis político?
En este punto prefiero mil veces todo lo que me saque de la realidad. Me gustan las novelas, sobre todo, las urbanas de los escritores jóvenes colombianos, con un lenguaje fresco y nuevo, generalmente bien manejado. O las realistamente fantasiosas e ingeniosas, como las de Alfredo Iriarte. Y, al revés: me maman horriblemente los tratados y los ensayos políticos. Prefiero vivir.

Su agenda social debe ser muy apretada…
Yo diría más bien que es una agenda profesional. Aunque usted no lo crea, odio eso que llaman la ‘sociofílica’. Me gusta tener almuerzos durante la semana con interlocutores muy distintos desde el punto de vista generacional, pues es de ahí, de las conversaciones que surgen en estos encuentros, de donde casi siempre salen los temas que desarrollo luego en la columna.

Usted comenzó sus lides periodísticas defendiendo una causa de color azul. ¿Cómo se explica esa insólita aberración cromática (así le dicen los físicos a esas cosas) en un liberal de trapo rojo como usted?
Al hecho de que Santa Fe, y más exactamente los hinchas santafereños, me parecían petulantemente cachacos, como los viejos lleristas caducos de La Candelaria, mientras que la gente de Millos ha sido siempre más normalita y socialmente menos pretensiosa.

¿No se supone que ustedes los del Gimnasio Moderno son hinchas de Santa Fe?
Eso sería tan atrevido como decir que todos los del Moderno fueron samperistas, cuando de un núcleo de sus ex alumnos surgió parte de la famosa conspiración.

Su antagonista rojo en El Tiempo era ‘039’. ¿En sus columnas se echaban puyas o cada cual iba por su lado?
Sí, nos echábamos puyas con 039 (alias Daniel Samper), aunque mucho más con Juan Lumbumba, (alias Yamid Amat), que tenía su columna en El Espacio, cuando este era un periódico leíble y decente.

¿Usted sigue de cerca la campaña de su equipo? ¿Va mucho al estadio? ¿Se sabe al menos el nombre de cuatro jugadores de la actualidad?
Hace exactamente 15 años no voy al Campín, pero sí sé los nombres de más de cuatro jugadores de Millos de la actualidad: Néstor Raúl Rossi, Alfredo di Stefano, Francisco el Cobo Zuluaga y Amadeo Carrizo. Ellos siguen teniendo mucha más actualidad, aun como leyenda, que los deplorables futbolistas de hoy. La verdad–verdad es que yo me quedé en Fratinni, Areán, Ferrero y Eduardo Texeira Lima. ¡Ese sí era un equipo de lujo!

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.