Si ha habido en Colombia un verdadero revolcón, ese fue el de los años sesenta. En cambio la de los setenta ?que corresponde a mi generación? fue una década tranquila, en la que poco nos importaba la política ni tampoco ganar dinero, contrario a la muy posterior era de los yuppies. Para muchos puede haber sido un período soso y aburrido, en contraste con lo que arrancó con Los Beatles, la revolución del 68, la guerra de Vietnam y, claro está, la marihuana.

¿Qué heredamos nosotros de la generación del famoso Daniel Cohn-Bendit, o Daniel 'El Rojo'? Más bien pocas cosas. Alguito de yerba, sin duda. Los más 'duros' metieron L.S.D. y casi todos se fueron para siempre. Mucho traguito, eso sí, y los beneficios de una apertura sexual todavía moderada. En efecto, había generalmente que tirar en el carro (o por lo menos un blow job), parqueado en alguna calle cerrada y con los vidrios empañados por los jadeos de la pareja. Pero no puede negarse que también fue la época en que se iniciaron los moteles en Bogotá. Los más conocidos, el Motel del Norte, La Cita y Los Faroles. En realidad era difícil hacer el amor en la casa de la novia, aunque a veces uno corría sus riesgos.

A mí, por ejemplo, me fue muy mal. Estaba con ella en una noche oscura y lluviosa, con la chimenea prendida y sus padres dormitaban en el piso de abajo, o al menos se hacían. ¡Mentiras! Cuando mi amiga se bajó los calzones y yo los calzoncillos, trató de colocarme un condón que finalmente no supo ponerme. Entonces, arrecho como un berraco, cogí el adminículo y lo eché a la chimenea. ¡Oh confusión, oh caos! La casa no solamente comenzó a llenarse de humo sino el olor a látex se hacía insoportable. Hasta el extremo de que los supuestos padres dormidos metieron un grito al unísono y preguntaron: ?¡¡Mijita!!, ¿qué está pasando allá arriba?

Las discotecas de moda eran el Unicornio, Topsy y Pussy Cat. La tendencia era el pelo largo, como rezago de la generación anterior, y los hombres usábamos pantalones con bota campana y zapatos anchos y de tacón, mientras que las niñas iban casi siempre vestidas de minifalda y con unas horrorosas botas largas de charol blanco. Las recuerdo con pavor porque todos los viernes tenía que ayudar a quitárselas a mi hermana, cuando llegábamos de las fiestas a la una de la mañana.

Los planes eran bastante zanahorios, pese a todo. En cada hogar había un Mockus que, en tiempos colegiales, no permitía rumbear más allá de esa hora. Tiempos en los cuales había que ir a las fiestas con unos tragos previos en la cabeza, pues las madres anfitrionas eran muy tacañas con el licor. En términos generales, echaban una ollada llena de Colombiana y, encima, un miserable chorrito de ron, que no alcanzaba a evitar el sudor de las manos cuando ponían el disco de Los Melódicos, lo que obligaba a sacar pareja para bailar.

Como tradicionalmente ha ocurrido, a las niñas del Gimnasio Femenino había que besarlas en el baño a escondidas, sin posibilidad de incurrir en ningún quicky o 'polvo de gallo' que llaman. Mientras que las del Mary Mount y las del Nueva Granada eran ?siguen siendo? más destapadas, y entonces usaban pantaloncitos calientes que ciertamente lo ponían a uno como un fósforo.

No exactamente nos tocaron los Monteblanco, sino los Creamhelados, ubicados uno en la Caracas con calle 32, y otro en la carrera 13 con calle 67. Se comían buenas hamburguesas, acompañadas de chili con carne y malteada espesa, lo que de inmediato producía unas flatulencias casi incontenibles y el deseo era llegar rápido a la casa de la novia para poder entrar al baño literalmente 'como un pedo'.

También frecuentábamos el Chiquito de la calle 85, detrás del Teatro Almirante, había servicio al automóvil y mientras tanto uno aprovechaba para jugar con los dedos en aquellas zonas erógenas que vuelven locas a las mujeres. Había igualmente otro Chiquito en un segundo piso de la calle 92 con carrera 15, aunque allí la cosa era más formal. Y, por supuesto, el inolvidable Ranchburger del centro comercial El Lago, ya desaparecido, y donde más de una vez hubo que hacer conejo y salir corriendo, a falta de con qué pagar.

La música de Simon y Garfunkel con Mrs. Robinson a la cabeza, al igual que la de Cat Stevens, Neil Diamond y Roberta Flack, entre otros intérpretes y compositores, era la que predominaba. Lo mismo que la de los Carpenters y el grupo América. Música toda ella superior a la de hoy y que suscita estupendas nostalgias. Aunque los setenta también fue la época de Tom Jones, los comienzos de Travolta, y el ídolo musical para el 'amacise' era Carlos Santana con su inigualable Samba pa'ti, que todavía ?treinta años después? sigue produciendo furor.

No éramos codiciosos ni tampoco izquierdosos, como los muy orondos 'revolucionarios del Chicó'. Simplemente ociosos y morbosos. Pero esto no era fácil buscarlo ?o lograrlo?, si no comprando la revista Playboy. ¿Qué tal que la lectura de entonces hubiera sido SoHo? ¡Padres y profesores nos habrían capado como en las peores épocas de la inquisición!

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