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Publicado 2008-11-18

Andrés Caicedo sale de la cárcel

Por Alberto Fuguet

Mi Cuerpo es una Celda es una autobiografía inédita del escritor caleño, publicada hoy, 31 años después de su suicidio. Su editor, el chileno Alberto Fuguet, nos da un adelanto de este libro.

Andrés Caicedo sale de la cárcel.
Lo he contado antes, lo he escrito por ahí: hasta hace poco no conocía a Andrés Caicedo. No sabía de su existencia. Claro: no soy colombiano, no soy caleño, no estudié ni fui joven en Colombia. Pero aquí estoy, a punto de cerrar "mi etapa Caicedo", mirando el bellísimo libro que tengo al lado de mi café, una de las primeras copias de Mi cuerpo es una celda que me llegó vía mensajero desde las oficinas de Norma Chile.

¿Cómo llegué a dedicarle más de un año a un libro y sentir —a conectar— con un tipo intenso, extraño y complejo, tartamudo y obsesivo, cinéfilo y cinéfago?

¿Cómo me topé y me hice de un nuevo amigo, de un aliado muerto pero siempre vivo y al día?

No lo tengo tan claro.

No estaba planeado.

Lo que tengo claro es que ahora lectores míos están interesados en Caicedo y que, como me dijo un amigo que leyó el manuscrito, Caicedo ingresó a mi mundo, se coló en mi universo. Necesitaba hacer un libro o, lo que es parecido, hacerlo mío, transformarlo, acaso devorarlo, vampirizarlo hasta poder expulsar la obsesión caicediana y quedar libre.

Nuestros universos se solaparon, se produjo una intersección creativa, la hermandad cósmica se agrandó para ir hacia atrás en el tiempo y lo que encontré fue una voz amiga que, de alguna manera, nunca alcanzó a cambiar totalmente de voz.

Unos se matan, otros filman o escriben o "arman" libros.

***

Aún me cuesta creer que supe de la existencia de Andrés Caicedo hace tan poco. Mucho después que Andrés Caicedo se había convertido en Andrés Caicedo, el rockstar literario colombiano, el Jim Morrison-Kurt Cobain de Cali, el cineasta que no filmó pero terminó transformándose en la estrella de cine más grande que ha producido Colombia.

La amistad partió el año 2000. Andrés ya llevaba más de veinte años muerto y sus libros estaban en las estanterías colombianas hacía rato.

¿Dónde estaba yo?
¿Dónde estaban sus libros?

En rigor: ¿dónde estaba él cuando más lo necesitaba? Lo encontré en una de mis librerías favoritas: la desaparecida La Casa Verde, en Lima, frente al parque El Olivar, en pleno San Isidro. Ahí estaba, haciendo hora, esperando un avión. Había entregado mi cuarto en el hotel El Olivar y esperaba un taxi para partir rumbo al aeropuerto Jorge Chávez. Así que me puse a mirar libros, no una mala manera de matar el tiempo. De pronto la palabra cine se fijó en mi radar. De entre los miles de libros que tapizaban las estanterías de esa casa pintada de verde, me fijé en un grueso volumen azul oscuro titulado Ojo al cine.

Dejé los otros textos que tenía en la mano para tomar este volumen desconocido. Exagero si escribo que mis manos tiritaban, pero casi. Al menos deseaba que lo hicieran (close-up a manos que toman libro). Intuí que más que enfrentarme a un libro, me estaba enfrentando a una persona.

La persona que años después se transformaría en parte de mí y yo, para bien o para mal, no lo sé, en parte de su familia.

¿Por qué un autor suicida atrae tanto?
¿Por qué un cinéfilo suicida me impactó así?

Si a los 20 años hubiera leído a Caicedo, ¿habría planeado mi suicidio en plena función de trasnoche del Normandie? ¿Era Caicedo, entonces, el Pavese de los fanáticos del cine? O sea que de hecho el cine podía matar.

¿Era la cinefilia una adicción peligrosa? ¿Y no solo un refugio para cobardes?

Compré el libro de inmediato y no paré de leerlo: en el taxi, en la sala de espera, en el avión. No era una novela, sino el guión de su vida, una muestra de las miles de películas que vio. De nuevo: ¿cómo no había sabido de él antes? ¿Tan fuerte era el poder de García Márquez en Colombia que terminaba asesinando a un chico urbano por el solo hecho de ser incondicional de Jerry Lewis y estar obsesionado con Kim Novak y la película Lilith?

Caicedo, capté pronto, fue el cinépata más cinépata de todos, aunque nunca usó esa palabra. Yo pensé que sí y, por error, pero pensando en él, a los pocos meses fundé mi empresa de producciones audiovisuales y le coloqué, en homenaje, Cinépata. Andrés Caicedo se consideraba más bien un cinéfago y una víctima de lo que él denominaba la cinesífilis. Su meta era clara: tragarlo todo y, luego, escribir sobre todo lo que veía, para así, en el acto de escribir, volver a ver lo que ya había visto. Su pasión y la desmesura lo llevaron a acumular toda la información posible hasta convertirlo, con el tiempo, en un cinéfago incondicional.

A veces pienso que quizás la tecnología hubiera salvado a Caicedo. Internet Movie Database hubiera sido un lugar ideal donde volcar su trivia, los chats lo hubieran conectado con otros freaks, las cámaras digitales lo hubieran ayudado a filmar sus cintas de terror y una colección de videos o DVD lo hubiera dejado dormir tranquilo: ahí, en un estante, en orden alfabético, hubiera podido guardar todas esas imágenes que ya no le cabían en su cabeza.

***

Caicedo fue siempre un creador más que un crítico. Sus escritos bordeaban los límites de la ficción y cuando se puso a inventar cuentos y novelas y teatro, todo le salía con olor a pantalla. Nunca sabremos cómo hubieran resultado los filmes de Caicedo. Personalmente, prefiero sus escritos de cine que sus cuentos y su novela megacélebre, suerte de biblia juvenil, que es Que viva la música.

Pero lo principal en Caicedo es Caicedo mismo. Siempre. Era narciso, inseguro y joven, mezcla algo fatal. El cuento de mi vida, mi vida como novela, una vida en tres actos. Yo, yo, yo.

Me gusta imaginarlo (y quizás eso hice) encarnando la idea del cinéfilo como mártir, el postadolescente latinoamericano alienado con Hollywood, el solitario que se comprometió con la pantalla mientras todos solidarizaban con la causa, el hermano mayor de McOndo, el link perdido al siglo XXI, el fan de Vargas Llosa que escribía guiones de westerns y de películas de terror y devoraba las cintas de Rosen y Truffaut en los cines del centro de Cali. Caicedo creyó en la crónica y no en la ficción, y no me cabe duda de que hoy tendría una columna en SoHo y un blog extremadamente visitado y personal.

Desde el hoy, desde mi escritorio en Santiago de Chile, veo a Andrés como un adelantado. Un adelantado, sí, pero también un tipo fuera de foco, desincronizado, limítrofe. Caicedo no bailaba salsa; quería, pero no podía. Caicedo no hablaba, escribía. Todo el día: y tal como hoy hay gente que no concibe su día sin postear, Caicedo se escribía a sí mismo. En una opción tan heroica como peligrosa se encerró en su máquina de escribir y no pudo entender la vida sin ella.

***

El libro se llama Mi cuerpo es una celda y el título lo saqué del temazo del grupo canadiense Arcade Fire. El subtítulo es "una autobiografía". Mi nombre está asociado a las labores de "dirigir y montar" el libro. Un libro, claro está, se edita, se revisa, se pule. No se dirige, no hay montaje, ni se utiliza Final Cut Pro.

Pero quizás este sí se montó.

No se me ocurre otra manera de entender mi proceso y mi lazo con Mi cuerpo es una celda, que el de un montajista que se encontró con mucho material y a un director-guionista que ya no está. Lo bueno del caso es que me topé con unos productores que solo querían que respetara la visión del autor.

¿Cómo hacerlo sin poder hablar con él?

Lo de director tuvo que ver tanto en darle un tono como en recopilar y en convencer a la gente para que me prestaran el material que tenían. Que confiaran en mí (acaso la labor número uno al dirigir). Autobiografía es el recuento de los hechos de una vida contada por la propia persona. Toda autobiografía (hoy se llaman "memorias") necesariamente tiene que ser escrita por la persona que ha vivido esa vida. Este es el caso de este libro. En ningún diccionario o página web encontré que el libro tuviera que haber sido compilado/montado mientras el autor estaba vivo.

Opté por "hacer algo acerca de Caicedo", de transformarlo en proyecto literario personal, ligado a mi propio universo/planeta, y no solo asumirlo como un encargo o un artículo al paso, cuando a mi regreso de Cali capté o me quedaron claras dos cosas: uno, no quería hacer una biografía (tampoco me sentía capaz ni me interesaba) y, dos, al tener a mi lado un bolso de cuero negro con centenas de fotocopias de material inédito, entendí que quizás lo que correspondía era hacer algo cinematográfico. Al menos, distinto. Había algo inherentemente visual en su manera de concebir su vida y en la manera como se comunicaba con el mundo. Pero un guión no venía al caso; recrear su vida, menos. Una novela biográfica fue por un instante solo eso: una mala idea.

Hasta que percibí que lo que había obtenido en mi viaje a Cali y Bogotá eran documentos. De ahí la idea del documental. Un documental narrado en primera persona que certificara en forma fragmentaria lo que él mismo vivió, sintió y vio. No tenía a mi sujeto ni cerca ni vivo, pero había cartas, diarios, poemas, críticas de cine y material que se negaba a ser catalogado en ese bolso.

Quizás armar su autobiografía para que ahora que su figura está ingresando a la calidad de mito, ahora que su lápida es robada constantemente de un cementerio en Cali, ahora que todos me contaban algo distinto y contradictorio (por primera vez capté cuán ficticias pueden ser las biografías, sobre todo las más investigadas: no es que cada fuente mienta, es que no estuvieron ahí), él simplemente pudiera contar las cosas desde su punto de vista.

Desde su propia trinchera.

Tal como ocurrieron o él sintió que sucedieron. Y que ojalá pudiera leerse como una novela, como una novela de no ficción. Lo importante era que todo este material disperso, casi siempre reiterativo, pudiera leerse como una pieza orgánica. Un libro de cartas me pareció que no era el camino. Me he topado con libros así de autores que admiro y admito que he terminado hojeándolos. Muchas cartas, muchos nombres, muchas notas a pie de página, mucha digresión acerca de temas cotidianos y pedestres.

***

Tomando como base la máxima "este es el libro que Andrés quiso escribir", Mi cuerpo es una celda no posee prólogo ni muchas notas o explicaciones. Creo que Caicedo logra explicarse solo. Caicedo on Caicedo, como esos libros de cine de Faber & Faber. La meta fue que el libro fluyera como un libro, como una novela, como una confesión, sin interrupciones académicas ni fotos ni explicaciones a todos sus tropiezos.

Andrés Caicedo no escribió Mi cuerpo es una celda tal como existe y acaso no lo concibió, al menos de manera consciente, pero es su libro. No se sentó a escribirlo. Simplemente se sentó todos los días a escribir lo que fuera. Todo lo que está en el libro ha sido escrito por Caicedo. El material base fueron cartas, trozos de papel, diarios a medio terminar, libretas, cuadernos argollados, críticas de cine, artículos de prensa y "escritos". Más del sesenta por ciento no ha sido publicado con anterioridad. Un ochenta por ciento del magma con que empecé a trabajar era inédito.

El libro fue, insisto, montado.

Editado.

***

¿Quería Andrés Caicedo que sus restos literarios fueran exhumados?

¿He cruzado ciertas fronteras éticas?

¿Qué es más importante: respetar el deseo del escritor, la intimidad de ciertas personas o proteger emocionalmente a otros?

Cada tanto surge un pequeño escándalo literario cuando aparece un diario o cartas, o cuando una novela sin terminar se concluye y se publica. Hay autores que dejan testamentos específicos (no publicar nada hasta después de mi muerte o después de cincuenta años de mi muerte) y otros que no desean que su obra continúe creciendo en forma póstuma. Hay escritores que queman sus escritos, otros que solo dejan lo que ya se publicó y otros que donan —o venden— a importantes bibliotecas sus cartas, cuadernos, manuscritos y demases.

Andrés Caicedo quiso y buscó la fama literaria y cinematográfica. No dejó un testamento legal, pero en conversaciones con su familia y amigos dejó en claro que lo suyo no era un ejercicio privado. En la carta de despedida de su madre con que abre el libro dice: "Y ojalá que algún día puedan publicarse los libros sobre mi adolescencia que escribí con tanto esmero: El atravesado y Que viva la música". Al no matarse en esa fecha, pudo ver ambos libros publicados en vida.

"Dejo algo de obra y muero tranquilo", dice en la misma carta. En efecto, al morir dejó obra y varios números de su revista Ojo al cine y folletos con críticas de cine que entregaba a la entrada de su cine club. También dejó muchos manuscritos de ficción: estos, con el apoyo de su familia y amigos, se transformaron en libros como Noche sin fortuna y Calicalabozo.

Respecto a sus cartas, el propio Andrés dejó instrucciones de manera explícita e implícita que las consideraba parte de su obra. En la carta que le escribió al crítico Miguel Marías, durante octubre de 1975, le comenta: "…estimulado por tu ejemplo, es que renuevo el género epistolar, en donde se puede encontrar, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito".

El hecho de que buena parte de sus cartas las escribió con copia en papel carbón y que esas copias las guardó en un legajador en cuya carátula estaba escrito en bolígrafo, de puño y letra del autor, el título "De mí al cine", es más que una simple señal; es casi una orden. Luis Ospina escribió en el prólogo de Cartas de un cinéfilo que "adentro, organizadas en estricto orden cronológico, estaban las copias que Andrés hacía de cada carta que escribía. Gracias a esa precaución anticipatoria de Caicedo —siempre preocupado por el destino post mórtem de sus escritos—, es que podemos leerlas hoy".

Para Andrés Caicedo las cartas no eran solo un medio para enviar información sino un fin literario, acaso la manera donde mejor podía expresarse: "…lo privilegiado que es el espacio de la carta: tener todo el tiempo del mundo para decir, porque la persona escucha sin decir nada; luego tiene todo el tiempo del mundo para oír lo que dicen. Es la conversación perfecta. Si tengo miedo cuando te escribo, la distancia es tanta, que mi miedo no se te pega, te atrae, pero no te daña".

No sé si estas cartas o el libro, esta autobiografía que construí con sus cartas y otros textos, llegue a todo el mundo. Pero esa es la idea. Que ese cuerpo que antes estuvo en una celda, ahora sea pura palabra. Sus palabras. Eternas, apuradas, caleñas, cinéfilas, extremadamente propias, inimitablemente suyas.
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