A las siete de la noche, cuando salí del teatro, lo único que quería era una sobredosis de aspirinas. Cinco horas de seminario de matrimonios exitosos; cinco horas encerrado con cientos de personas felices; cinco horas arrullado por las voces de Lucía Náder, Marta Lucía Palacio y el padre (o ex padre, o lo que sea) Gonzalo Gallo tenían mi cabeza a punto de estallar.

Fue el pasado sábado 7 de octubre. De dos de la tarde a siete de la noche, más de 600 personas se repartieron las 853 sillas del Teatro Patria. ¿La razón? Algo llamado "Seminario de parejas triunfadoras". Y ahí, sin cuadrar, estaba yo. Desde que entré, me sentí mirado por todo el mundo. A ver, algo obvio: si el seminario era para parejas, allí no había nada distinto a esposos y esposas. Nada más (bueno, según me contó Patricia Mena, la organizadora del evento, había 16 mujeres solas: o a sus maridos les daba vergüenza asistir —con toda la razón, digo yo— o ni siquiera sabían que ellas estaban ahí).

Toda esa gente habrá pensado, entonces, que mi mujer no me había querido acompañar. Oh, ay, Dios mío, que mi pareja era Juan Felipe, el fotógrafo, que entró al teatro conversando conmigo... Ah, qué más da. Juan Felipe se va a hacer su trabajo. Yo me siento junto a una de las pocas mujeres que han asistido solas. Pagó sesenta mil pesos. Si hubiera traído a su esposo, habría tenido que desembolsillar cien mil. No estuvo mal el ahorro. Tampoco está mal —digo yo— la ganancia para los organizadores del seminario.

Bueno, Lucía Náder y el padre Gallo se suben al escenario. Marta Lucía Palacio aún no ha llegado. Entre ellos dos, entonces, nos dan la bienvenida y bla, bla, bla, y nos dicen que nos pongamos de pie.

—Y a ver, soltemos las manos —dice Gallo. ¡Eso! Ahora vamos a marchar en nuestro puesto —Todos le obedecemos. Así, como los soldados, muy bien, y ahora vamos a repetir: ¡Amor!

—¡Amor! —decimos todos.

—¡Unión! —dice él.

—¡Unión! —obedecemos.

—¡Perdón! —vuelve a decir.

—¡Perdón! —gritamos todos.

—¡Paz! —dice ahora y repetimos

Así durante cinco minutos. Con 600 voces que repiten lo que el padre Gallo dice, y con 1.200 piernas que no paran de marchar en el mismo lugar, se da inicio al seminario de parejas triunfadoras.

Mientras escribo esta crónica, reviso el programa del seminario. La verdad, los supuestos puntos que se iban a tratar por parte de cada conferencista, poca o ninguna relación tienen con lo que a mí me tocó ver y escuchar sentado allí.

Comenzó Lucía Náder. Según el programa, nos iba a ayudar a resolver preguntas como: ¿para qué vivo en pareja

, o ¿cómo conocer mis emociones y expresarlas? Pues bien, si respondimos —o si las parejas respondieron— a esos interrogantes, yo nunca me di cuenta. Lo que sí recuerdo es que nos hizo poner de pie y nos hizo cerrar los ojos. Después nos dijo: "Mientras mueven la mano derecha ahí parados, sientan que se van soltando, se van soltando y se van soltando. ¿Ya están sueltos? Ahora sí, sigamos". Y seguimos. Durante una hora y media Lucía Náder habló y nos puso a hacer ejercicios de pónganse de pie y muevan la mano o la cabeza, miren a su pareja y díganle que...

Yo, como no tenía pareja, me dediqué, sobre todo, a observar lo que los esposos y las esposas hacían a mi alrededor. Miré adelante, atrás, a mis lados, y me encontré siempre con lo mismo: besitos, secretitos, abrazos, manos tomadas y demás. En dos palabras, con parejas triunfadoras. O al menos, con la representación entonada de lo que estas deben ser. Fue ahí donde me pregunté si este seminario era para parejas con problemas que se querían convertir en triunfadoras (y vaya uno a saber eso qué significa), o para parejas cuasiperfectas que venían a alimentar sus egos, asintiendo sonrientes —tal y como vi— cada vez que Lucía Náder decía una frase del tipo: "El silencio demuele el amor", o "el amor debe ser, por encima de todo, amable".

Me levanté de mi banca y trasladé la pregunta a una pareja —con pinta de triunfadora— que me encontré en la cafetería. Fue la mujer la que me respondió. Me dijo: "¿Tú crees que si esto se llamara, por decirte algo, seminario de parejas fracasadas que se quieren convertir en triunfadoras, habría tanta gente? A todo el mundo le daría vergüenza venir, te lo aseguro. Mira, las parejas fracasadas no vienen; bueno, si mucho, de pronto viene la mujer. Pero las que estamos aquí somos parejas triunfadoras o, al menos, en el camino de serlo".

Aterrado, con un paquete de maní en la mano, regresé a mi puesto. En esas, la Náder dijo: "Ahora, vamos a decirle a nuestra pareja, en cuestión de dos minutos, lo que nos molesta de él o de ella. Después cambiamos de rol y escuchamos lo que a nuestra pareja le molesta de nosotros. Ah, los que vinieron solos y tienen a alguien al lado, háganlo con esa persona. ¿Listos?". La mujer que estaba junto a mí se quedó mirándome. Le sonreí y le dije: a ver, empieza tú. Y arrancó. No, no les voy a contar lo que me dijo, entre otras cosas porque no le puse mucha atención: yo estaba demasiado preocupado pensando en el cuento que le iba a echar cuando me tocara mi turno, así que apenas si la escuché. "Listo, se cumplieron los dos minutos. Ahora cambiemos", volvió la Náder. La mujer, satisfecha después de haberme lanzado toda su diatriba, se quedó mirándome expectante. Y me tocó hablar. ¿Qué le dije? Creo que le eché un sermón por lo poco comprensiva que era, por su falta de ternura, por su desinterés en mis asuntos, por su falta de imaginación en la cama... Ah, sí, y porque su mamá se mantenía metida en la casa. Como terminé antes de los dos minutos, alcancé a escuchar las últimas palabras que el hombre que estaba adelante de nosotros le decía a su esposa. Aquí van: "... y, todavía no he podido entender por qué le tienes tantos celos a Martha, si es solo una buena compañera de trabajo".

Entre ejercicios de ese estilo y frases que debíamos repetir como en el colegio, se fue la hora y media de Lucía Náder. ¿La conclusión de su charla? No la entendí, pero acá la transcribo, tal y como ella la dijo: "Debemos pasar del amor pasión al amor intimidad". Sabrá el diablo lo que significa aquel enunciado.

"Bueno, empezó la parte triple X", fue lo primero que dijo Marta Lucía Palacio cuando se subió al escenario; eran las tres y cuarenta y cinco de la tarde. Aproveché el cambio de conferencista para cambiarme de puesto: me senté junto a un hombre y una mujer (seguro pareja) que debían andar por los cuarenta. Tomé nota.

"Hablemos del mapa erótico —siguió la Palacio. ¿Ustedes saben dónde le gusta a su pareja que le soben redondito? ¿Y alargadito? ¿Y saben dónde le gustan las caricias en pianito? ¿Y cuándo es que le da rabiecita?". No miento. Y lo peor: así siguió. Durante un poco más de una hora (gracias a Dios esta fue la charla más corta), nos habló de sexo en diminutivo: qué intento de ternura más repugnante.

Aquí va otro ejemplo: "Antes de la penetración, un besito en la orejita es más rico que después". Ahora que lo pienso, en ese momento no supe si reírme de su visión liliputiense de la sexualidad, o de lo obvias que resultaban frases como esta y como tantas que no paró de decir. Porque no es la anterior la única formulación que parece venir más del sentido común, que de cinco años de psicología y dos de máster en sexualidad. No. Tanto su conferencia, como la de Lucía Náder y la del padre Gallo estaban plagadas de frases —eso sí, todas muy concluyentes— que no eran más que repeticiones de lo que nos han dicho durante toda nuestra vida (y que, al final de cuentas, quién sabe si sea tan cierto). ¿Quieren una pequeña lista de estos enunciados? Aquí va. Y gratis: "La comunicación es la base de toda relación exitosa". "Toda relación sentimental necesita que se le dedique tiempo". "El amor es el mejor afrodisíaco". "No debemos permitir que la rutina destruya nuestra relación". Y etcétera, etcétera.

¿Es necesario que paguemos cien mil pesos para que nos llenen la cabeza de lugares comunes? No me aguanté las ganas y le hice la pregunta a la pareja que estaba a mi lado. Él me miró con cara de pocos amigos. Ella me dijo: "Es verdad, la mayoría de lo que han dicho es más o menos obvio. Pero, ¿sabes qué

, venimos acá a que nos lo recuerden. O, mejor dicho, a que nos lo confirmen". Conque así era la cosa: estaba rodeado de maridos y mujeres triunfadores, que habían asistido con el único fin de asegurarse de que estaban haciendo las cosas bien; que habían asistido, en últimas, con el único fin de inflar sus egos de "somos un matrimonio perfecto".

Cuando terminó la Palacio —a eso de las cinco—, el seminario, o lo que fuera, también acabó: de ahí en adelante empezó el show. El padre Gallo ni cura ni psicólogo es. Si mucho una mezcla de Paulo Coelho y Andrés López, el de Pelota de letras. Por lo tanto, durante sus dos horas en el escenario no dio consejos para que las parejas se hicieran —o se mantuvieran— triunfadoras, sino que hizo algo así como un stand up comedy espiritual.

"Pero no crean que yo no tengo muchas recomendaciones para darles —nos dijo, después de pedir que apagaran las luces y que pusieran música relajante—. Podría hablarles durante horas y horas de las relaciones matrimoniales. Yo soy un experto en eso. Lo que pasa es que hoy... hoy estoy sollado. Además, algo, algo, no me pregunten qué, me dice que hoy debo hacer esto", y tomó a una mujer del público y la hipnotizó, o la embobó, o la durmió, o algo así, ante nosotros. ¿Para qué? No tengo la menor idea. Lo que sí puedo asegurarles es que el padre Gallo tiene un ego muchísimo más grande que el de todas esas parejas triunfadoras: durante toda su perorata, y entre chiste malo y chiste malo, no hizo otra cosa que contarnos que había viajado por todo el mundo y que había estudiado todas las ciencias ocultas y que él era el duro de los duros y que...

El hombre y la mujer a mi lado ahora me miraban con lástima. A lo mejor lo hacían desde que me había atrevido a hacerles la pregunta o desde el mismo momento en el que me había sentado junto a ellos. Es que, al fin y al cabo, un tipo solo en un seminario como este... Quién sabe, quizás todo el mundo me miraba raro y yo no me daba cuenta. O estaba tan aturdido con lo que sucedía en el escenario, que no reparaba en las 600 miradas que había sobre mí. Vaya uno a saber. Lo cierto es que hice como si no me importara y puse de nuevo mi atención en el padre Gallo: ahora pedía que cerráramos de nuevo los ojos. "Y yo les diré tres árboles —dijo—. Cuando yo nombre el tercero, nos levantaremos y abrazaremos a nuestra pareja. ¿Listos? A ver: primero, eucalipto azul... segundo, sauce... y tercero, ¡EL ÁRBOL DEL AMOR!". Y preciso: acabó la frase y todas las parejas se levantaron y se abrazaron. Pero ¿saben qué fue lo mejor (o lo peor)? Que en ese mismo instante empezó a sonar a todo volumen la misma canción que sonaba en cada capítulo de eliminación de Protagonistas de Novela: "Hay una luz en algún lugar a donde van los sueños de la humanidad...". ¿La recuerdan? Pues yo sí. ¿Quieren más

: el Teatro Patria se empezó a llenar de gemidos y sollozos, y fue solo mirar a los lados para notar que las parejas lloraban en medio de los abrazos...

¿Qué más hubo? De todo: dos horas de masajes ("matrimonio que se masajea, matrimonio que no se separa"), abrazos, canciones, lágrimas y luces apagadas, a cargo del padre Gallo. Dos horas que tuvieron que ver con todo, menos con las parejas triunfadoras.

Y al fin, gracias a Dios, las siete. Gallo nos despide cantando. Lucía Náder y Marta Lucía Palacio, que habían prometido unirse al padre para hacer una reflexión concluyente del seminario —que no habría estado nada mal— no aparecen por ningún lado.

Pa' la casa, entonces. Salgo con una única certeza: durante cinco horas asistí a un extraño carnaval de egos. ¿Se me habrá pegado algo? Por ahora solo sé que me vuela la cabeza.

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