A mi gata Alicia que todo lo huele

"No meta las narices en todas partes", le dicen a uno desde chiquito. Grande verdad que es peligroso meterse en lo que a uno no le importa.

Desde chico las narices han sido curiosidad de los dedos, y los mocos: se buscan como el oro en las minas. ¿Quién niega un moco? Nadie. Sobre todo en esas tardes solitarias donde no hay nada que hacer. ¡Pum! A la nariz el dedo.

Luego viene uno a conocer los buenos y los malos olores, por ejemplo: debajo del brazo huele mal, los pies huelen mal, y para eso hay desodorantes que huelen bien.

Algunas culturas han apreciado como en Francia el mal olor en el sobaco. El metro de París huele a chucha todo el tiempo, así como está la pecueca de un dormitorio en un internado, ese olor a tibio que es una prueba para las narices más aguantadoras.

Mi nariz empezó con los talcos Johnson, aceite para niño y crema Cero, el olor a alcohol para las inyecciones, más tarde la gomina y el fijador Lechuga, que era el olor que acompañaba a nuestras narices en esa época de niños.

¿A qué olía mi mamá? A perfumes franceses como Amour Amour, Magriffe o Chanel N°5. Los polvos para el cuerpo eran marca Cushons. Yo mientras tanto me echaba la loción de mi papá para después de afeitarse que me hacía sentir grande aunque no tuviera un pelo en la barba. Para oler bien, a mis narices les tocó también oler pachulí o los aromas baratos que usaban las muchachas del servicio. Sus manos les olían a grasa o a cebolla.

Después la nariz se fue entrenando en el colegio a los olores de los pedos de un internado en que los quemábamos debajo de las cobijas. En el colegio también aprendimos a hacer el pedo químico, bomba fétida que hacíamos con químicos del laboratorio. Cuando se inventaron los aerosoles o los desodorantes de ambiente imitando olores de la naturaleza, los cuales yo ya había olfateado en mi infancia: pino en la finca, el humo de las quemas, el olor a caballo sudado, los cueros de los aperos para montar a caballo, el olor a cagajón distinto al de la boñiga, el olor de las rosas, la pomarrosa y las hierbas aromáticas, el perejil, el apio, el cilantro cimarrón a lo que olía el sancocho, la flor de cadmia, el olor a melao del trapiche, el mango, el incienso con el que yo me privaba y el ácido sulfídrico que huele a nueces y es veneno. Creo que he descubierto con mucha curiosidad, en las esquinas solitarias en la calle, olía a meados y a popó de mendigo.

Fui creciendo y conmigo mi nariz, que no era muy grande. Para las fiestas me ponía el perfume Vetiver des Indies de Thier Grass, un perfume espeso que olía a masculino. Tuve ese frasquito pequeño que me acompañó toda la adolescencia hasta que se acabó pues lo guardé hasta el día del grado.

Mis narices ya empezaban a distinguir el olor de los cigarrillos knockout con mapple mezclado que fumaba mi mamá; mientras tanto, mi papá fumaba Pielrroja. En el colegio le decíamos "pecueca" y fumábamos Pielrroja con telaraña pues eso trababa. Ya cuando nos volvimos adolescentes intelectuales nos tocó el olor de la picadura de pipa del pintor Hernando Tejada. Yo compré pipa e iba a las exposiciones de pintura en Bogotá. Poco a poco fui conociendo el olor de la marihuana. El primero que me inició fue el flaco Valdez, hampón de buena familia. Me dio varios "plones" en el carro de su papá y me llevó al Cisne, un metedero de artistas. Se quedó viéndome y me dijo: "Todo el mundo te está mirando", se fue y me dejó solo en semejante traba. Así empecé a fumar siendo un muchacho de 17 años.

En el colegio conocí la traba y me volví nadaísta, el hippismo todavía no existía, la hierba era para ladrones y para poetas como Jotamario Arbeláez, Elmo Valencia, Eduardo Escobar, hoy insignes padres de la patria. Yo los conocí cuando eran arrancados, que eran quienes fumaban hierba. La marihuana ayudó mucho a la generación del nadaísmo. Éramos imitación de los Beatnicks de Estados Unidos, generación que influyó mucho en ellos.

Al contrario de los nadaístas, yo me afilié al Partido Comunista y seguí fumando marihuana. Los del partido no estaban de acuerdo y había que hacerlo a escondidas. A veces me trababa antes de la reunión del partido y así, con otros marihuaneros de la Casa de la Cultura (así se llamaba La Candelaria antes) fumábamos a escondidas de Santiago García y Patricia Ariza, que toleraban un poco más la conducta hippie de nosotros.

Metiendo las narices en todas partes conocí a Carlos Duque y a Hernán Nicholls quienes me enseñaron que "la publicidad es el servicio militar de la literatura". Yo seguí fumando marihuana para tener esa sensación de estar concentrado en la distracción. Un día, metiendo las narices en un aquelarre con los publicistas, uno de ellos salió con un polvo blanco y nos ofreció, yo sabía qué era, aspiré, se me quitó la borrachera y me pareció que amanecía a los quince minutos. Esta fue mi primera metida de nariz con la cocaína. Seguíamos metiendo consuetudinariamente la cocaína que servía para todo: para tener ideas, para tomar trago, para estar jovial. Metíamos todo el día buscando eslogans publicitarios que eran como carambolas de palabras, entre los cuales estaban los siguientes:

Leonisa: el brasier que sostiene todas las miradas.

Carvajal: hace las cosas bien.

Seguros de Lima: al que a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija.

Siderúrgica del Pacífico: calidad a toneladas.

El juego de palabras nos facilitaba crear todas estas frases publicitarias. Luego yo empecé a hacer cine y cuando conocí a la demás gente de cine, todos eran metedores de cocaína. Para soportar esa gritería asoleada y moverse a todo momento era ideal la cocaína. Luego descubrí que con trago era un estado paradisíaco y daba la sensación de estar recién bañado. Entonces metí mis narices en la perica e hice con su energía y su revelación dos largometrajes (Carne de tu carne, La mansión de Araucaima), veinte cortos, las series de televisión Azúcar, Oro, Hombres, Laura por favor, La otra raya del tigre y Brujeres, con mis narices blancas.

A través de las ñatas aprendí a pensar sin hacer esfuerzo, a evitar el cansancio, la entrega al oficio, y así metido de ñatas y con mi nariz blanca que nunca podía disimular aprendí a escoger el mejor momento, la mejor mujer y la mejor nariz de ella. La cocaína me dejó el recuerdo de la energía y la comunicación, me permitió apreciar a la demás gente y, como ya dije, a tener la sensación de estar recién bañado. Todo esto con la ayuda de mi nariz.

La cocaína me inspiró estos cuarenta años hasta que me metí a una clínica de desintoxicación, donde aprendí que el amor, la droga y la poesía son lo más importante, y así, descubriendo en la poesía que es sorprendente, sabia, veraz y balsámica para encontrar la dicha, el regocijo, el respeto y la sutileza. La cocaína se aspira en todas partes. Hoy las narices mías navegan en las ideas emocionales que antes tenía con la cocaína y al olfatear la poesía navego en las sensaciones, ideas y sorpresas que siempre me han rodeado. Hay que buscar en la bioquímica cerebral una ética más participante para así encontrar la felicidad. Antes mi triángulo era: amor, poesía y droga. Hoy he suprimido una que es la droga y vivo entre el amor y la poesía, esta felicidad hay que buscarla, pues ya tenía referencias de ella cuando era drogadicto. Así, el júbilo de la droga puede ser reemplazado por el júbilo de la felicidad cotidiana. Desde que dejé la cocaína he escrito tres libros, dos obras de teatro, una novela. Y ahora huelo mejor las cosas y sobre todo tengo curiosidad de tener la oportunidad de oler los santos óleos. Pues yo huelo, luego existo.

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