Iba yo en un bus por la carrera 17. A la altura de la calle 65 vi el letrero de Neuróticos Anónimos (N.A.). Pensé que era el lugar indicado para un profesor que había tenido en primer semestre. En medio de una clase en la que todos estábamos callados comenzó a sonar un silbido. ¿Quién está haciendo ese ruido?, berreó el tipo. Nadie respondió. El sil-bido continuó. Es un pájaro, dijo alguien. Todos reímos, menos él. Seguía puto. En N.A. debería estar él, pensé. Me reí. A lo mejor me lo encuentro ahí. O no. Ni siquiera sabe qué hay abajo de la séptima. Pero seguro algo raro habrá. Gente rara. Qué risa. No como uno, que es normal.

Porque yo me quejo mucho. Me quejo porque los funcionarios pú-blicos son ineficientes. Me quejo porque en los noticieros dicen imbecilidades. Me quejo porque en los vuelos de Avianca solo dan achiras. Me quejo porque en el Juan Valdez los que atienden se hacen los maricas. Me quejo porque Dago García es el cineasta más exitoso de Colombia. Me quejo mucho. Pero me quejo de las cosas por las que cualquier persona en sus ca-bales se quejaría. Porque soy una persona que está en sus cabales. Soy una persona normal.

El plan es ir a N.A.
Para hacer las cosas bien es mejor comenzar por autoeva-luarse. Lo hice en internet:
¿Es usted demasiado sensible? Sí.
¿Le gusta conmiserarse? A menudo termino haciéndolo. Sí.
¿Trata siempre de justificarse o defenderse? ¿Quién no? Eso es autojustificarse. Sí.
¿Padece de ansiedad en ciertos momentos? Sí.
¿Cree que todo el mundo lo observa? Sí. Y mejor si esto que escribo lo observa todo el mundo.
¿Es celoso y desconfiado? Se siente pero se calla. Sí.
¿Le gusta criticar? Una de las dos cosas que más me gusta hacer en la vida. Sí.
¿Exagera pequeños problemas? Todos los problemas son gran-des. Sí.
¿Tiende a exagerar sus estados de optimismo y depresión? Tiendo. Sí.
¿Le aparecen disturbios sexuales frecuentemente? No. Además el sexo tampoco aparece así frecuentemente.
¿Vive disgustado con todo el mundo? Con todo no. No.
¿Ha perdido sus ambiciones de superación? ¿He tenido ambicio-nes de superación? No.
¿Pierde oportunidades? ¿De? No.
¿Tiende a ser ordenado en exceso? No.
¿Es usted desordenado? Mucho. Sí.
¿Miente sin necesidad? Difícilmente cuando me han dicho que es necesario. No.
¿Padece alguna compulsión como ver debajo de la cama, temiendo que haya algo, lavarse las manos exageradamente, ver si el carro u otra puerta está bien cerrada? Hay una importante distan-cia entre buscar monstruos debajo de la cama y ver si la puerta quedó bien cerrada. No.
¿Se enoja con facilidad? Me exalto y eso lo toman como enojo.
¿Tiene dificultades para concentrarse? Como si fuera un niño de preescolar. Sí.
¿Padece insomnio? Duermo como un niño de preescolar. No.
¿Padece dolores de cabeza con frecuencia? No.
¿Padece enfermedades que el médico no logra descubrir? Hace dos años no voy al médico porque no me enfermo. No.
Es un formulario con cuadritos en los que uno hace clic. Al final uno espera el botón que dice enviar. Pero no había. Ni siquiera una celda con el número de res-puestas afirmativas que uno había dado. Había que ir a la parte alta de la ventana y contar. Incluso debí ir anotando en un papel. Ca-torce respuestas afirmativas.

¿Y después de contar? ¿Dónde están las tablas de resultados como en el test de Cosmopolitan? Porque respondí afirmativamente a la mitad más una de las preguntas. ¿Soy neurótico o no? Sigo leyendo y me dicen que nadie me va a responder eso. De hecho nadie va a ver esta evaluación porque no es más que una herramienta para reflexio-nar sobre si padecemos o no esta enfermedad. ¿Seré neurótico?
¿Pero es que quién no lo es? ¿No hablan de neurosis judeo-cristianas de la culpa? ¿De la neurótica obsesión taxonómica de las ciencias naturales? ¿No le dicen a uno que deje la neura cuando está puto? ¿No es parte de la cultura occidental vivir preocupado por el tiempo, la productividad y los numeritos? Que no me digan qué es ser neurótico me disgusta. ¿Seré neurótico? Seguramente encontraría una mejor orientación en las reuniones.

Hay que ir a la carrera 17 con calle 65. Esquina. En el teléfono decían que la reunión es a las 6:15. Son las 6:10. Ya debería haber alguien para esperar a la gente que llega a la reunión. Rodeo la casa. No es la dirección pero voy a entrar por la reja. Alguien sale del otro lado. Me pregunta qué busco. Le digo que estoy interesado en las reuniones. Son a las 6:30.

Miro el reloj. Son las 6:18. En una tienda están dando un partido. Voy a verlo desde la calle. Miro el partido. Miro la puerta de N.A. El partido. La puerta. A las 6:30 una mujer la está abriendo. 6:30. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Antes de mí, otro de los que estaba viendo el partido se dirige a la puerta. Y lo primero que me pregunto es si tiene cara de neurótico. ¿Cómo es esa cara?

El lugar de reunión tiene unos cuatro metros por cada lado. La altura de tres metros. Se entra por una puerta de vidrio con rejas blancas y cortinas. Del techo cuelga una lámpara fluorescente que alumbra muy poco. Las paredes son de color claro. La luz es difusa y cansa. Cerca de la puerta está el escritorio. Al otro lado hay unas sillas de plástico puestas unas sobre otras. A la derecha del escritorio está la tribuna. Sé honesto: habla de ti, dice. Frente a la tribuna, pegados a la pared, un tablero, una vitrina y el baño.

La mujer pidió que sacáramos las sillas para ponerlas en el espacio vacío. La ciudad está supercontaminada, dijo. Nos dio un trapo para limpiar las sillas. ¿Será compulsiva? A mí me parecían limpias y ya me había sentado. Pero solidariamente me levanté para limpiar la silla que ya había limpiado con el culo.

Yo estaba en la segunda fila. A mi izquierda se hizo el otro tipo. La mujer se dirigió al tablero y escribió el número de la sesión: 2.936. Se sentó detrás del escritorio. Detrás de ella estaban los doce pasos, las doce tradiciones y la suerte de oración que se dice al final de las sesiones. Nos saludó de nuevo pero no se presentó, no dijo su nombre. La puerta se abrió y entró alguien más. Se sentó en la primera fila, frente a mí.
La anónima nos preguntó por qué estábamos ahí. Era la primera vez de todos. Los otros dos dijeron que se habían enterado por un artículo del periódico. Yo dije que una amiga me había comentado el asunto y me había interesado. Y no soy neurótico, no miento sin necesidad.

La mujer nos dio a cada uno un folleto, una fotocopia tamaño carta doblada a lo largo por la mitad. Las 26 preguntas de la autoevaluación. Me ofreció un lápiz, pero le dije que ya había respondido en internet, que por eso estaba aquí. El sujeto de la derecha comenzó a contestar.

Después, ella decidió que hablaría de su experiencia en N.A. y respondería nuestras preguntas. Habló de lo que la había llevado a asistir a las reuniones. Había comenzado en 1989. Dos mil cinco menos mil novecientos ochenta y nueve. Dieciséis. Casi dieciséis años viniendo a estas reuniones. En 1989 yo apenas comenzaba primaria y esta señora, de quien ahora confirmaba que tenía algo más de cuarenta años, estaba comenzando a venir a N.A.

Habló de su vida. Dijo que eso es lo que se hacía. Contó que había perdido toda esperanza y había tocado fondo. Pero al fin había encontrado N.A. y, habiendo seguido los pasos, ahora podía llevar su vida de mejor manera. Había perdido su empleo, había peleado con sus familiares, había terminado con su pareja. Esta vieja estaba en la mala, pensé. En la pared que tenía a la izquierda había una gráfica en la que se mostraban las etapas de la enfermedad emocional. Una curva. Dos medios picos y un valle. En el punto más bajo de la curva decía se toca fondo y, al lado, nace la esperanza. Estoy aquí porque nació la esperanza, pensé. Ella siguió hablando. Decía que había días en que no quería levantarse pero que los soportaba porque no se iba a dejar vencer por sus emociones. Esta vieja está en la mala. Cuando no quiero levantarme es porque tengo pereza, pensé.

Sobre el cuadro de la curva había un reloj. Miré la hora. Eran como las siete. En la grabación del teléfono decían que las reuniones eran hasta las 7:30. Me estaba durmiendo. O tenía sueño. Cerraba los ojos y bostezaba para adentro, haciendo cara de haberme comido un limón. Me acomodé varias veces en la silla. Doblé y estiré las piernas. Me recosté en el brazo de la silla. Miré a ambos lados. La mujer seguía hablando. ¿Se daría cuenta de que estaba aburrido? No quería ofenderla.
Creció envidiando a sus hermanos varones. Su padre los prefería porque eran hombres. Aunque ella se quejaba porque le dañaban sus juguetes, al papá no le importaba. Esa vieja creció en la mala, pensé. En el trabajo se peleaba con el jefe. Tenía conflictos con sus compañeros y compañeras de trabajo. Sentía envidia por ellos y ellas. Creía que el jefe los prefería y permitía que le hicieran daño. Un buen día la echaron. Esa vieja ha vivido en la mala, seguí pensando. Tocó fondo. Pero nació la esperanza y vino a N.A. Hace dieciséis años.

Con esa primera historia entendí al narrador, también anónimo, de El club de la pelea. Para estar bien basta con oír o ver a alguien que esté peor que uno. Las reuniones de doce pasos se basan en eso: enajenarse en los demás para dejar de pensar en uno. Como cuando uno se queja por la comida y le dicen con una increíble cara de indignación ¡agradezca que no se está muriendo de hambre! Entonces esa mujer era como los niños de Biafra, que mi mamá me echaba en cara cuando no comía. Era como los mendigos que se ven al lado de la iglesia de San Francisco. Y me sentía mal, cínico, por estar ahí sin necesitarlo realmente, de sapo. Como el documentalista de Chircales. Como Ciro Durán cuando rodaba Gamín. Como el camarógrafo de la National Geographic que ve cómo el león se come a la gacela. ¿Será de neuróticos sentirse así?, pensé.

Los otros dos sujetos escuchaban con atención. Estaban ahí porque querían. Aunque yo también. Entonces habían venido porque lo necesitaban, porque habían aceptado honestamente que tenían un problema. Pude ver el folleto del que estaba a mi izquierda. De la pregunta 11 a la 26 estaban todas tachadas. O sea que el tipo hacía cosas que consideraba tontas. Tal vez consideraba tonto estar ahí.
La mujer seguía hablando. Dijo que había perdonado a su padre y de paso a su jefe, a quien evidentemente había asimilado con el primero. Contó que se había curado por haber frecuentado las reuniones con disciplina. Manifestó su disgusto con los miembros que solo iban cuando se sentían mal. Como hoy hay partido entonces no vienen. Pero ella iba a las reuniones para devolver lo que ya le habían dado, para ayudar a los que le estuvieran pidiendo ayuda. Finalmente, abriendo un canastico, dijo que, según la séptima tradición, los grupos debían mantenerse con aportes de los asistentes. Me sentí intimidado. Saqué dos mil pesos y los puse ahí.
Recogimos las sillas. Las pusimos unas sobre otras. El tipo que estaba frente a mí se fue. La mujer nos pidió nuestros nombres y la primera letra de los apellidos a los dos que quedamos. Miguel O. No voy a mentir sin necesidad. El otro dijo llamarse Andrés H. Pero respondió sí a la pregunta 16. Tal vez mintió. Ella dijo por fin cómo se llamaba: C. H. ¿L? No, C.

Al día siguiente volví a llegar antes de las 6:30. No había nadie. Fui a una panadería. Cuando volví eran las 6:30:00 y C estaba abriendo la puerta. La saludé. Entré. Saqué las sillas. C me dio el trapo. Me preguntó cómo me había enterado. Le volví a hablar de mi amiga. Me dijo que no había aromáticas ni café.

Han pasado más de diez minutos cuando finalmente comienza la reunión 2.937. Una coordinadora y un falso neurótico. C toca una campana. Se presenta: me llamo C. Soy neurótica. Nos pide un momento de meditación. Yo estoy pensando sobre qué hablar. Termina la meditación. Ella lee el enunciado. Neuróticos Anónimos es una agrupación. Recuerdo las novenas navideñas en las que hace años no participo. .ayudar a otros a alcanzar el estado de tranquilidad. Toso. La tribuna está disponible, me dice. ¿Es necesario hablar desde la tribuna?, pregunto. Desde donde estás escuchas. Desde la tribuna hablas. ¿Desde la tribuna puedo dialogar? Aquí no se dialoga. Hablas de tus experiencias. Fui a la tribuna a hablar. A hablar honestamente de mí.

Soy Miguel. Buenas noches. Digo eso porque es lo que he visto en televisión. C mira a la puerta. No sé por qué no tolero a la Policía ni al Ejército. Me disgusto mucho cuando los veo. No hacen nada. El poder que tienen lo usan para joder. La primera vez que tuve un problema con el Ejército. Entra alguien más. No es el tipo de ayer. Hola. Soy Miguel. Él no dice nada. Sigo hablando. Cada vez más exaltado. Cada vez más enfático. Cada vez más puto. Realmente odio a los policías y a los soldados por ineptos y jodones. Alzo el tono de la voz. Golpeo la tribuna con los puños. Frunzo el ceño, levanto los brazos y abro las manos. Me siento liberado y enajenado al tiempo. Me encanta putiar a policías y soldados y a la vez me pregunto si el tipo que tengo al frente es uno de ellos. Odio sus uniformes. Si estuvieran vestidos con otro color tal vez sería más fácil tolerarlos. Gracias. Me aplauden. Siento que están de acuerdo conmigo después de haberme oído hablar por dieciséis minutos. Vuelvo a mi silla.
C comenzó a hablar de su vida. ¿Intentaba guiarme? Yo ni le ponía atención. Me importaba un carajo lo que me dijera. No iba a dejarme ayudar. Se levantó el tipo que había entrado. C lo llamó J. Debe llamarse J. Pero tal vez miente, con o sin necesidad.
J está exaltado. Su frente suda. Abre los ojos y aprieta la boca. Es vendedor en una farmacéutica. Tiene envidia de un compañero de trabajo al que le va mejor. Quiere hacerlo echar. Hace rato que no le sale un negocio. Quiere mucha plata, vivir superbien, comprar a sus amigos. Pero la plata no llega. Ni los amigos. Abre los ojos y aprieta la boca. Ese man está en la mala, pienso. Y yo me quejo porque me cae mal la ley. J habla por tanto tiempo que C le pide que pare.

C leyó unos apartes de la literatura, casos de otros grupos de N.A. que nos deberían ayudar a sanar. Pero a mí no me importaba: tengo la concentración de un niño de preescolar. Finalmente nos pidió que dijéramos la oración de la serenidad: Dios nos conceda serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar, valor para cambiar las que podemos y sabiduría para discernir la diferencia. Pero Dios no existe. C leyó la séptima tradición. Redimí mi vergüenza con mil pesos. Salimos del lugar. Me despedí. Frente a mí, por el andén, pasaron unos soldados armados. Y yo sentí que C y J me observaban.

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