Soy soltero y, aunque el futurismo me parece una actividad sospechosa, creo bien posible que nunca me case. Enumeremos primero un par de riesgos de la socorrida opción. El más persistente es que, por lo menos con la mirada o hasta en forma de cuchicheos, en ciertos ambientes te tilden de maricón.

Uno ni siquiera notaría la cosa, de no ser porque esta declaratoria de status sexual y estético a su vez conlleva potenciales propuestas entusiastas de los miembros del expansivo club gay. Lástima grande que aceptarlas implique el ejercicio de formas de lucha libre en cueros con tipos barbados, o sea la permanente intimidad con el papel de lija; algo, en fin, para lo que se necesita vocación. La otra versión del mismo prejuicio implica que en los medios de casados un tipo soltero que no tenga cara de Frankenstein y que medio hile dos palabras de corrido se considera peligroso y recibe pocas invitaciones.

Simboliza el número impar, los famosos nones, el desbalance. Si el tipo es paciente y hace lobby para que le franqueen la entrada a tal o cual parejódromo —forma de reunión que se cuenta entre las más aburridas de la creación—, coleccionará también miradas sugestivas de damas de vida muy compuesta que quizá, por qué no...

Y esas miradas que el soltero colecciona, viéndolo bien, hacen parte de las ventajas de no casarse. La mujer que le lanza el arpón a un hombre casado, o está muy exasperada con su actual marido, o ha caído fulminada por el amour fou, un rayo que lamentablemente no suelta Zeus sino muy de cuando en cuando, o tiene la mano multada y la piel en extremo aficionada a la fricción.

En cambio los solteritos, sin excesiva selección de edad, estamos simultáneamente en el mercado del nuevo y del usado. En principio podemos atraer —ver atrás lo de no ser Frankenstein el mudo— damas de diferentes ámbitos de la vida, clasificables como sigue: a) vírgenes de pueblo de pelo largo, mirada lánguida, modales exquisitos, quienes sí van a convertirnos a la institución que este artículo examina; b) guerrilleras de walkman, piercing y copia gastada del Kamasutra, nada interesadas en convertirnos en nada, como no sea en muñecos de trapo o en gatitos domésticos, c) mujeres normales que siguen siendo sin duda lo mejor que deambula creado por este mundo en que vivimos.

Por obvias razones, la relación deseable es con el grupo c). Lo que se pone en cuestión, entonces, es la domesticidad de esas relaciones.

Se puede ser novio o amante, en cuyo caso habrá dos casas y horarios normales de separación. O puede uno casarse, en cuyo caso la mujer, por estupenda que sea, traerá al contrato a su mamá parlanchina, a su hermano el de los malos tragos, a su padrastro que sí sabe de football americano, a sus tres sobrinitos de ocho, nueve y diez años, integrantes potenciales de un futuro grupo terrorista; esto cuando no aporta a la institución al muchachito o a la muchachita que se ganó en un paseo a Peñalisa con su primer novio y que a estas alturas tiene doce años. Por experiencia (no propia, Dios me libre, sino de observador) sé que seducir a estas criaturas retrecheras es setenta veces más difícil que seducir a la despampanante mamá que las acompaña. En fin, al matrimonio ella no viene solita con sus buenos amigos y amigas, como uno querría y como de hecho sucede con la alternativa extra-institucional.

De otro lado, la cotidianidad exacerbada puede acabar hasta con un idilio grado cinco (los amores se miden como los huracanes, y el de grado cinco es el que arranca hasta las ceibas). Georges Brassens, poeta y cantautor francés de alto lirismo, trovador incomparable del amor y de la mujer pero asimismo uno de los solteros más profesionales que en el mundo han sido, lo definía bien en su canción “La no pedida de mano”: “Bajo ningún pretexto, no quiero yo deshojar en un pot-au-feu la margarita”. Sobra decir que uno también tiene un sobrino gruñón, una sobrina macrobiótica y una colección de malos momentos matinales. O sea, no hay narcisismo, por agudo que sea, que nos impida vernos mal cuando estamos mal. ¿Usted de veras querría compartir ese guayabo atroz, esa depresión inexorable del 13 de enero o ese domingo por la tarde de estúpida melancolía con la mujer amada?
Ahí, creo yo, está el quid. Hay seres humanos que sí quieren y que sí están dispuestos a compartir tanto lo sublime como lo ruin y que tienen vocación para ello. Otros somos más reacios. Yo no me imagino muy bien cómo haría para quejarme en su presencia de los pérfidos editores, o para tratar de alistar a la mujer amada en las campañas cursis y melodramáticas de las que está llena mi vida privada, como la de cada cual.

No voy a atiborrar a los lectores con las frases, ocasionalmente estupendas, que ha traído la falta de vocación matrimonial. Un par apenas para condimentar. A Sócrates, víctima de la cruel Xantipa, le atribuyen el siguiente comentario: “De todas formas, cásese. Si le toca una buena mujer, será feliz. Si le toca una mala, se convertirá en filósofo, y eso siempre es bueno para cualquier hombre”. La baronesa Karen Blixen, mejor conocida como Isak Dinesen, a su vez escribió una certera “Oración de los solteros”, que dice: “Te ruego, Dios mío, que no me case. Que si me caso, no me pongan los cuernos. Que si me los ponen, no me entere. Que si me entero, no me importe”.

Concluyo diciendo que la razón más importante para casarse ha de ser tener hijos. Ahí sí funciona mal el asunto de las dos casas —los niños no lo entienden—, la reticencia con la familia política —los niños quieren abuelos, primos y tíos—, el exceso de amigos —los niños requieren tiempo—. Si esos son sus planes, siga el consejo de Sócrates y puede que ni siquiera le quede tiempo para hacerse filósofo.
De resto, la rutina suele ser el fin del amor. Algunos dirán que nos cura de su enfermedad, otros diríamos que es preferible seguir maltrechos pero nunca aburridos, por ningún motivo.

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