De todos los miembros de nuestro bestiario tropical, al decir de nuestro entrañable amigo Alfredo Iriarte, el lagarto es quizás el más insoportable de toda la fauna. El éxito personal para él consiste en recabar el mayor número de contactos o amistades y utilizarlos para distintos fines. Obtener recomendaciones que le permitan devengar sin trabajar, hacerse invitar a lugares o eventos donde pueda ampliar el círculo de sus relaciones sociales o simplemente aparecer al lado de personalidades públicas o privadas con el único fin de recolectar nuevos incautos, esos son los fines que persiguen estos singulares depredadores sociales. Los pantanos de los cocteles, las selvas de las campañas políticas o las reuniones sociales de estratos altos son los lugares adecuados para encontrarlos en su ambiente natural. Y se requiere destreza y pericia para evadir sus incesantes ataques.

El lagarto tiene tiempo para todo y siempre está de buen humor. Nunca es tarde para almorzar y está siempre dispuesto a celebrar, conmemorar, acompañar, reír, esperar, beber, parrandear, alabar o participar. No es nunca una persona adinerada pero tiene una extraña facilidad para parecer próspero y pasar por elegante. Tiene una excelente memoria para recordar nombres, sucesos y lugares. Suele ser afable y servil, y demuestra siempre una inexplicable preocupación por asuntos o situaciones que no son de su incumbencia. Tenga muy en cuenta que el lagarto lo saluda por su nombre, conoce a todos los miembros de su familia y suele referirse a ellos por sus apodos. “¡Qué hay del Tata!”, es una típica pregunta introductoria cuya respuesta puede significar quedar aprisionado en sus fauces.

De todos los lagartos, el de entierro es el peor. A la mayoría de los humanos se nos hace tarde para llegar a los entierros. Al lagarto siempre se le hace ‘temprano’. Descúbralo porque suele llegar primero que los deudos e irse de último. Cuando llega el carro mortuorio, se sitúa estratégicamente al lado de la familia y mira a los parientes con aire compungido ofreciendo con sus ojos su disposición a sacar el cajón y ayudar en todos los menesteres. Una vez que el muerto ha sido colocado en frente del altar, se retira sigilosamente de la iglesia sin dar la espalda y en ese momento, ojo, comienza la cacería de los asistentes. Por supuesto, las presas son siempre ese grupo de personas que va a los entierros a quedarse afuera y a firmar el libro de condolencias, es decir, aquellos que van únicamente a que los familiares los vean. Normalmente escoge a una persona que acaba de llegar y preferiblemente a algún viejo conocido del colegio y se dirige a él con una sonrisa de aprobación y de felicidad. El primer punto que debe tenerse en cuenta si usted es la víctima escogida, es el de no saludarlo por su nombre. Este detalle lo llenaría de confianza en sí mismo y lo autorizaría para preguntar por toda su familia, padres, hermanos, suegros, cuñados y sobrinos, con lo cual la relación que se establecería en los primeros minutos sería de una camaradería que usted sería el primero en extrañar. Para estos casos es recomendable recibirlo con un “ole, ¿quiubo?”, con lo cual usted demarcará su territorio de una manera un tanto sutil pero clara. Otro error muy común que suele cometerse es opinar sobre cualquier tema. Como el lagarto siempre estará de acuerdo con usted, cualquiera que sea la opinión que usted exponga, eso le permitirá volver a preguntar su opinión sobre el asunto que desea que usted le solucione, con lo cual lo hará parte de su problema y por lo tanto de la solución. En estos casos, a cualquier opinión que se le pida, es recomendable contestar con una frase neutra como: “Mmmmm... la cosa no es fácil” o “todo está muy sobado...” y así evitará abrir la puerta que tanto interés tiene el lagarto en trasponer.

El lagarto es una persona sin afán. Por tanto, la paciencia es el arma para derrotarlo. Si usted se aleja a firmar el libro, él lo esperará o lo acompañará. Si usted saluda a otra persona, el estará a su lado e intentará usarlo para conocer a su amigo. Si usted no tiene carro, el lo llevará a donde usted desee, y si llueve él le prestará el paraguas. Por lo tanto, debe usted armarse de paciencia y saber que podrá deshacerse de él únicamente al final del entierro. Y la ignorancia de este precepto unida a la desesperación pueden llevarlo a cometer el peor error de todos los posibles: darle su número de celular. Por ningún motivo podrá usted permitirse darle ese número privado, personal e íntimo. Si es demasiada la insistencia, tranquilícelo con su e-mail. Al fin y al cabo éste se puede bloquear.

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