Cerca al Tayrona le pegué a un arbusto y una abeja me picó debajo del ojo. La maté y sentí otro aguijonazo en mi mano. Escuché un zumbido ensordecedor y un grito: "¡Se vinieron las abejas!". Era mi madrastra, seguida de una nube negra. Corrimos hacia unos pozos de agua y cuando tomábamos aire, más abejas nos picaban. A los diez minutos empezamos a correr y logramos escapar, pero ella empezó a vomitar el veneno y ambos teníamos la cabeza roja e hinchada. En el centro de salud nos dieron antihistamínicos, calmantes y suero para contrarrestar el vómito y la diarrea. Hoy en día no recomiendo buscar agua, sino hacer lo siguiente:

1. Aguantarse los aguijonazos y no gritar (las abejas reaccionan agresivamente contra el ruido).

2. No matarlas (el olor de una abeja muerta atrae a las otras).

3. Correr como nunca. Tras cien metros, lo dejarán escapar, como si supieran que la lección por invadir su territorio fue aprendida por los humanos invasores.

4. Ir a un centro médico a que lo traten.

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