El sábado 17 de diciembre,
150 personas rumbeaban en Gótica cuando a las 5:30 de la mañana Faber Marín disparó repetidas veces su arma. Según dijo su abogado a la prensa, Marín ingresó con una mujer y un socio de Gótica, recibió un puño, sacó su pistola y, embriagado, comenzó a disparar. Hirió a ocho personas en las piernas y los brazos, intentó huir, lo detuvo la policía y al día siguiente fue liberado por orden de un juez. Por los mismos días, a la salida de la discoteca Cha Cha, fue registrado otro incidente: un altercado entre dos particulares terminó en que uno de ellos le pegó al otro en la cara con la cacha de un arma. Tres meses después, en el bar universitario Saloom, Alejandra Trigos, una estudiante de 19 años que bailaba con un amigo, murió cuando alguien lanzó una botella y Liliana Jiménez tomó el arma de su acompañante y respondió con un tiro que dio justo en la cabeza de Alejandra. A raíz de la tragedia y de las preocupantes cifras (el 72 por ciento de los homicidios ocurridos en Bogotá el año pasado fueron con arma de fuego; cada día se decomisan más de 50 armas en la ciudad y 25.000 fueron incautadas en el 2005, 2.300 de ellas ilegales), el alcalde Luis Eduardo Garzón anunció que promovería una consulta popular para que los bogotanos decidan si están o no de acuerdo con desarmar la ciudad.
Enviamos a un periodista de SoHo para que, acompañado de un fotógrafo y de un hombre armado (a quien llamaremos Juan Pérez) con un revólver amparado Llama Martial calibre 38 largo descargado y de un tamaño considerable, hiciera el ejercicio de probar la seguridad en los sitios de rumba de Bogotá. Las reglas del experimento eran sencillas: 1. A cada lugar intentarían ingresar dos veces: una con el arma en la manga y otra con ella en el tobillo. 2. Irían como cualquier particular, es decir, sin ir acompañados de amigos de los dueños de los bares, ni de socios y sin portar ninguna clase de carné o acreditación.
La seguridad se rajó: solo en una de las discotecas detectaron con la requisa el revólver las dos veces que intentamos ingresar con él. En uno nos negaron el acceso antes de ser requisados por no tener carné de socios. En una se nos adelantó un sellamiento de la policía por expendio de trago a menores y en las otras nueve ingresamos de una u otra forma el arma sin inconveniente alguno. Si bien la Superintendencia de Vigilancia ha dicho que los bares tienen prohibido requisar a la gente porque es una intromisión en la intimidad que solo puede realizar la policía, y que deben controlar el ingreso de armas usando detectores de metales, solo en una de las discotecas encontramos que usaban esos dispositivos. Esto fue lo que ocurrió en cada bar y lo que respondieron los administradores de aquellos negocios a los que ingresamos el arma.

El Sitio
Juan Pérez oculta el arma
en la parte interior de una de sus botas. Tras pagar el cover lo requisan a la entrada. Tantean sus tobillos y descubren el arma. Sin alterarse y de forma cordial, le informan que no puede entrar armado y que no tienen armerillo para guardar el revólver. Insistimos en que lo dejen ingresar armado pues uno de nosotros necesita protección. Recibe la misma respuesta. A la semana repetimos el ejercicio con la pistola en la muñeca. Palpan su cintura, su abdomen y sus tobillos, sin usar garrett (detector de metales manual)ni sospechar que mientras alza los brazos aprieta con las yemas de sus dedos la punta del cañón de la pistola que oculta como un as bajo la manga del gabán. Tan pronto tomamos la foto, salimos del lugar.


Juan Pablo Pachón, administrador
Nos prohíben hacer requisas, pero nos exigen seguridad. Tenemos perro antiexplosivos, vigilante armado, requisa y circuito cerrado. Controles hasta donde se puede, ¡pero si entran armas a los aviones, acá puede pasar también! El que la entró no debió dejar que la viera ninguno de los 80 empleados, pues habrían llamado a la Policía. Pudo ser una ligereza, pero, incluso, cuando la gente sale, al regresar la vuelven a requisar.

El Salto del Ángel
Cruzamos el primer filtro sin ser requisados. En el segundo, donde cobran el cover, los hombres de seguridad nos requisan sin usar detectores de metales. Ocurre lo mismo. Encuentran el arma en el tobillo y nos dicen que no podemos entrar con ella. Volvemos otra noche a intentarlo con el arma oculta en la manga. Pasamos la seguridad sin ningún inconveniente. Buscamos una mesa. Más de 30 hombres de seguridad vigilan cada rincón. Al fin, encontramos un instante en el que no pasen los meseros, los clientes, los enchaquetados de la vigilancia y conseguimos tomar una foto que pruebe la presencia de la pistola en esta discoteca búnker a la que jamás habríamos pensado fuera posible entrar armados. Salimos, pero uno de nosotros ha olvidado su libreta. Vuelve a ingresar y esta vez absolutamente nadie lo detiene ni examina.


Camilo Giraldo, administrador
Estamos entre la espada y la pared. Nos exigen una seguridad infalible, pero la Superintendencia de Vigilancia nos prohíbe requisar a las personas. Los detectores suenan hasta con una moneda y no son eficaces. No podemos "raquetear" en extremo pues se armarían unas colas como de aeropuerto gringo, que ningún cliente soportaría. Tenemos más de 25 personas vigilando, cinco porteros y un circuito cerrado de seguridad, pero si alguien quiere entrar un arma la entra como sea.

 
 
 
Kukaramakara
Vamos con el arma en la manga. Sin embargo, habría sido igual tenerla en el tobillo, pues esa noche en la que se presentan Los de Adentro la requisa es superficial (solo tantean las caderas) e ingresamos sin sobresaltos. Al contrario que el típico bouncer con ínfulas de agente del FBI, los de esta discoteca son amables y en vez de mirarnos por encima del hombro nos dan la bienvenida. El trato es el que uno esperaría encontrar en una discoteca suiza, en donde es impensable que un traqueto decida sacar a su pistola de rumba. Volvemos otra noche y confirmamos nuestra sospecha: llevamos el arma en el tobillo y entramos sin ningún inconveniente.


Carlos F. Velasco, gerente
Créame que para nosotros es muy preocupante lo que nos dice que pasó. Desde que inauguramos el bar y por filosofía y convicción, hemos tenido muy en cuenta la seguridad y los mecanismos de control al momento de ingresar los clientes y durante su estadía en nuestro bar para garantizar una rumba sana. Para controlar el ingreso al bar y realizar las requisas individualizadas contratamos a la compañía Top World, especializada en el tema. Adicionalmente, tenemos instaladas una serie de cámaras que nos permiten monitorear el desarrollo de la rumba, precisamente para controlar cualquier situación anómala que se pueda presentar. Tenemos muy claro que la rumba sana y el esparcimiento son un derecho de los colombianos, sin lugar a dudas, e inmediatamente repasaremos en donde pueden estar fallando los mecanismos de control para corregirlos y evitar que esto nos vuelva a pasar.



Danzatoria
Hacemos una fila de unas cien personas. Finalmente llegamos al primer filtro. Nos anuncian y luego de esperar unos minutos nos dan la razón de que hemos sido aceptados. Un hombre nos requisa. Se detiene en la muñeca de Juan Pérez y siente la cacha del revólver. "¿Qué lleva ahí?", pregunta. "Nada", dice, pero el otro entiende mal: ¿Una joya? Déjeme ver. Nuestro hombre confiesa que lleva el arma, que es el guardaespaldas de uno de nosotros. Llega de inmediato el administrador, que no parece acostumbrado a ver este tipo de artefactos y con una mezcla de nerviosismo y amabilidad nos dice que no podemos entrar armados. Le insistimos, argumentando que necesitamos protección. No cede, así que le preguntamos si puede garantizar nuestra seguridad. Es honesto. Lo único que puede asegurarnos es que nadie adentro va a estar armado. Le agradecemos su atención y nos vamos. A los ocho días volvemos a intentarlo con el arma en la bota. Pasamos el filtro de selección de los clientes aceptados, pero de nuevo detectan el arma en la requisa y la frase del administrador es contundente: "Es un no rotundo".

Babar
El guardia de amarillo tantea el abdomen, la pelvis y los tobillos de Juan Pérez sin usar ningún detector de metales. Entramos, salimos y regresamos siempre con el revólver en la manga y sin que nos pidan ningún carné de socios, invitación o algo por el estilo como dice que lo hacen, luego, el administrador. En el pasillo tomamos la foto sin mayores inconvenientes. Al mes siguiente repetimos el mismo ejercicio, pero con el arma en el tobillo. La descubren y la respuesta es la misma: está prohibido el ingreso de armas.

José Rodríguez, gerente
No lo puedo creer. Hay un filtro, entre ocho y diez personas vigilando, detector de metales, circuito cerrado y a los escoltas los dejamos afuera. Se revisan los bolsos y la gente debe dejarlos en el vestier. Es bueno saberlo para corregirlo. La gente que cuida pudo haberse confiado o de pronto dejaron entrar a alguien que conocían. La instrucción es no dejar entrar armas. Acá tienen que ser asociados, por si pasa algo saber los datos.


Flora
Antes de intentarlo, observamos cómo están requisando los guardias a la gente que entra. Notamos que no hay detector, que a todos les esculcan los tobillos y que de nuevo el talón de Aquiles de su seguridad no está en donde su nombre lo indica, sino en la muñeca. Otro as bajo la manga que entra, pero también otra larga espera para tomar la foto perfecta, pues una mujer vigila los baños y, parado sobre la misma tarima desde la que un DJ manipula una consola, un guardia está atento a cualquier movimiento sospechoso de los presentes. Regresamos otra noche con el arma en el tobillo. Nos requisan, pero no la detectan. De dos intentos, entramos el arma dos veces.

Marcel Pardo, administrador
Nunca hemos tenido problemas de seguridad. Tenemos detector de metales y requisa para hombres y mujeres. Hay doce guardias entrenados y cámaras de televisión. Se requisa brazos, espalda, torso y piernas, pero habrá que aumentar los controles. Si ustedes intentaron de todas las maneras meter el arma, así lo debe hacer alguien que va a delinquir.


Lola
Es un jueves de pocos clientes. El arma está ahí, camuflada justo debajo de la muñeca de Juan Pérez. No hay detector de metales y pasa inadvertida el control manual de los bouncers. Viendo que no hay nadie alrededor, sacamos el arma de espaldas al DJ. El momento queda registrado en la foto, pero un hombre de seguridad busca a otro y con sigilo le dice: "Tienen un fierro". Damos media vuelta y salimos. Regresamos otro jueves, esta vez con el arma oculta en la bota de Juan Pérez, junto a la parte externa del tobillo. Un guardia detecta el revólver al requisarlo y le informan que no puede ingresar con él. Insistimos, pero lo único que ofrecen es averiguar si pueden guardarlo.

Lina Ojeda, gerente
Eso no debió pasar jamás. No me lo explico. Hacemos requisa siempre, a hombres y mujeres. Si sale y vuelve, se requisa de nuevo. El público es muy chiquito como para andar armado. No se puede comparar un bar de universitarios que no contrata personal de seguridad con uno como este que sí lo hace. Tenemos seis personas de seguridad interna y externa, y nunca nadie ha entrado con armas.


In Vitro
Es uno de esos miércoles en los que media farándula está en In Vitro. A la entrada, dos guardias requisan como de costumbre. No tienen detector de metales y el arma pasa inadvertida en la manga del gabán. Tomamos un par de fotos frente a los ventanales y en el baño de azulejos y salimos. Regresamos luego con el arma en el tobillo, tantean las extremidades y al notarla allí nos informan que así no podemos entrar.

Julio Fino, administrador
No tenemos ni cámaras ni detector de metales pues pitaría siempre con los tubos que demarcan la fila de la entrada. Los miércoles, cuando más gente viene, contamos con tres guardias requisando a hombres y mujeres. Yo diría que me está fallando la seguridad y voy a estar más pendiente. Me sirve mucho lo que me cuenta.

Nabú
Están celebrando su aniversario, así que el lugar está atestado de gente. El arma pasa sin problemas, de nuevo, en la muñeca de Juan Pérez. Tomamos la foto en el baño en el único instante en el que nadie anda por ahí, pues el resto de la discoteca está a reventar. Volvemos otra noche y esta vez sí se percatan de la presencia del revólver en el tobillo y, como en los demás lugares, nos niegan el acceso.

Administradora de Nabú
Cuatro hombres y una mujer requisan a hombres y mujeres por igual. De pronto fue que había mucha gente, no lo revisaron bien y se les pasó, pero ni idea. Me cogen fuera de base y con esto que me dicen tendré que tomar los correctivos, llamar la atención y empezar a usar detector de metales.

Maybar
Se nos adelantó por minutos la Policía y un grupo de la Alcaldía Local de Chapinero, que noche tras noche hace "redadas" en los bares junto con gente del DAMA para controlar los niveles de ruido, el pago de derechos de Sayco y Acinpro y el ingreso de menores. Llegamos con el arma en la manga y están sellando la discoteca, subiendo al carro de policía a varios menores que apenas logran tenerse en pie para llevarlos a Medicina Legal y con su dictamen en mano sellar por dos meses el lugar. A algunos los rescatan sus padres. Regresamos otra noche, pero la discoteca sigue sellada.

Gótica
Dos bouncers de chaqueta señalan un letrero a la entrada: "exclusivo para socios". Ante nuestra insistencia sale el administrador y cuando ve que uno de nosotros intenta tomar una foto nos regaña por la "indelicadeza" y dice, en un tono grosero y cortante, que por la seguridad del lugar está prohibido tomar fotos. Nos disculpamos sin entender por qué en un espacio público un particular ejerce funciones policiales prohibiendo tomar fotografías y le preguntamos por la forma de obtener un carné para ingresar. Dice que en su página de Internet, pero nunca la encontramos en la red. Regresamos otra noche. Tampoco nos dejan entrar y nos quedamos con las ganas de probar la efectividad de un marco que instalaron, a raíz del tiroteo, como los que hay en los aeropuertos para detectar metales.

Saloom
La última discoteca de esta ronda es aquella en la que murió hace poco una estudiante mientras bailaba. No es un antro; al contrario, podría ser la más vistosa de aquellas que en la zona ofrecen rumba para universitarios. Para evitar que se repita el penoso incidente y sellen de nuevo el lugar, tienen ahora a la entrada un guardia y una guardia que requisan sin ningún instrumento distinto de sus propias manos. Juan Pérez alza los brazos, el arma bajo la manga pasa por las narices de los vigilantes y en unos segundos estamos adentro tomando fotos del revólver mientras los universitarios bailan. Salimos y regresamos luego con el arma amarrada al tobillo. Las manos del guardia sí llegan a ese punto y, desconcertados por el hallazgo, nos dicen que así no podemos seguir.

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Lo que dice Asobares Camilo Ospina Guzmán /Presidente Asociación de Bares de Bogotá (Asobares)
Las mafias organizadas, las estructuras delincuenciales y el comercio ilegal están al orden del día y Bogotá se ha vuelto nido de estas organizaciones y los sitios de entretenimiento formal no somos ajenos a esta realidad. La Constitución ni mucho menos alguna ley, norma o decreto faculta a particulares para asumir funciones públicas como las requisas o la exigencia y verificación de los documentos de identificación de los ciudadanos. Los establecimientos de comercio cuyo objetivo es la recreación no somos los llamados a asumir estas funciones policivas o a mantener el statu quo de una sociedad pluralista y con miles de personalidades como la nuestra, muchas de ellas reunidas noche tras noche en nuestros negocios. No es una gran hazaña aquí ni en cualquier país del mundo ingresar armas a establecimientos públicos donde la buena fe prima como principio. Apoyamos desde Asobares el desarme inmediato de la población civil sin necesidad de grandes desgastes en un referendo que prolongaría la ejecución de una medida necesaria e inmediata en nuestra ciudad.

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