Mientras escribo estas líneas, con la sensación de que cualquier cosa que diga será usada un día en mi contra, tú vas apenas en el cuarto mes de gestación y todavía no tengo certeza de tu sexo. Los parientes y amigos hacen apuestas en uno y otro sentido, yo prefiero esperar la próxima ecografía y si resulta que eres niña y con el tiempo te conviertes en una obstinada e insoportable feminista quiero dejar claro que si, de momento y para efectos de esta carta, te llamo hijo lo hago en un sentido general y en ningún caso sexista. La primera cosa que se me viene a la mente es decirte que tu llegada al mundo no es producto de un encuentro fortuito ni de la dinámica natural del matrimonio, se trata de una decisión que tu madre y yo hemos tomado y llevado a cabo a pesar de las dificultades. Ella, como sabrás más adelante, es una blanca y recia italiana y yo, para bien y para mal, un mestizo colombiano. Lo triste del asunto es que estás condenado a elegir entre ser hincha del Junior de Barranquilla o del Vicenza, equipo de la ciudad de tu madre que juega en la B desde hace varios siglos. Como tantas otras parejas pensamos que bastaba desear un bebé y este aparecería al instante; después de algunos meses intentando con la vieja y alegre fórmula del sexo programado, ya no nos pareció tan alegre. Tampoco sirvió de nada hacerlo como amantes furtivos y menos aún dejarme crecer el bigote y usar antifaz. El fracaso atrajo un alud de consejeros según los cuales no nos quedaba otra alternativa que convertirnos en trapecistas o que ella se pasara la noche con las piernas patas arriba como un murciélago. Siempre aspiré a romperme el ligamento cruzado de mi rodilla en una final de fútbol de playa y no en la cama con mi mujer. La siguiente visita al fisiatra fue por una lesión en la columna y entonces pensé que prefería tragarme mis ínfulas de macho latino antes que quedar inválido. El ginecólogo nos mandó una serie de exámenes cuyos resultados indicaban que tu madre estaba en perfectas condiciones y yo tenía una cantidad normal de espermatozoides, pero la mayoría eran lentos. Espermatozoides cartageneros, por supuesto. Me mandaron pastillas para aumentar la movilidad. Otros meses pasaron y tu madre estaba cada vez más triste. Le confesé al doctor que esos espermatozoides venían de Ciudad Inmóvil y era mejor buscar otra alternativa. De esta forma la frase "inseminación artificial" entró en nuestras vidas. En boca de aquel médico italiano sonaba bastante amenazadora, pensé que iban a usarnos para raros experimentos y desistí por un tiempo de traerte al mundo. Al regresar a Colombia retomé el asunto y llamé a tu madre, le dije que había encontrado una médica colombiana dulce y apacible llamada Claudia Borrero que me producía confianza. Dos semanas después estaba en un pequeño cuarto de la clínica donde debía masturbarme y recoger el semen en un pequeño contenedor de plástico para la inseminación. Sobre una mesa había varios ejemplares de TV y Novelas y uno de Selecciones del Reader's Digest. ¿A quién se le ocurre?... A pesar de aquellas revistas me las ingenié para tener una erección y cumplir mi deber. El semen sería sometido más tarde a un tratamiento para darle la movilidad ideal e inyectarlo en la vagina de tu madre. De eso han pasado cuatro meses.

Ver tu primera ecografía confirmó mis sospechas sobre lo irracional que es el amor de una madre. Era increíble verla sonreír y afirmar que aquel pequeño extraterrestre en blanco y negro era su precioso hijo. No puedo negar que sentí una rara emoción, sin embargo, prefería esperar antes de dar mi opinión sobre tu apariencia. Sé que estás muy a gusto allí adentro y a pesar de la inconsciencia espero que lo disfrutes porque esos nueve meses serán quizá tus únicas verdaderas vacaciones; el mundo afuera es peligroso, estúpido e implacable. Te preguntarás por qué te he traído a un mundo así y la respuesta es que si evitas leer la basura que escribe Paulo Coelho, escuchar reggaetón y ver programas matinales en la tele, el mundo puede ser un lugar maravilloso. Se trata, hijo mío, de vivir, y vivir es un lujo en casi todas las circunstancias. Según lo previsto vendrás al mundo en el norte de Italia, un lugar confortable, fragante y seguro. Pero Colombia espera por ti del otro lado del mar. Te van a decir que es un lugar terrible, que hay una guerra interminable y que viven allí los políticos más corruptos del planeta. Te hablarán de secuestros, narcotráfico y prostitución. Todo lo que van a decirte, por desgracia, es verdad… Y justo allí te llevaré apenas estés listo para doce horas de avión. Te preguntarás por qué estoy planeando llevarte a esa especie de infierno si todavía no me has hecho pasar ni una mala noche. No tengo una respuesta clara, solo que soy tu padre y ese temido país es el único lugar donde la felicidad me roza y me siento apropiado. La mitad de tu familia viene de allí, la mitad de tus genes, la mitad de los amigos que un día tendrás. Colombia es parte y arte de tu sangre y de tu nombre y vas a amarla irremediablemente.

Mi cariño por ti es firme y todavía un poco abstracto, en silencio nos aproximamos uno al otro como en un sueño. Saber que existes me libera del peso de ser yo mismo y trae a mi mente planes nuevos y desconocidos. Sé que soy responsable por ti y que es un mundo jodido para crecer, pero que sepamos es el único donde las abejas zumban y los pájaros ríen. Saber que estarás aquí afianzará mis lazos con la vida, el dolor y las empresas de servicios públicos. Hasta hoy estuve preparado para enfrentarme a mis propios temores, ahora tendré que aprender todo de nuevo y créeme que, aparte de mi equipo de fútbol y mi país, no intentaré imponerte muchas más cosas. Nunca he creído que a uno deban quererlo simplemente por ser uno, creo en el amor que se construye y fortalece en esta aventura única que es la vida. Supongo que ser medio italiano tendrá sus ventajas pero estoy seguro que te divertirás más con tu mitad colombiana. No puedo negarte que es un país difícil el mío y tampoco el rabioso orgullo que siento por haber nacido allí. Lo cierto es que esperé tantos años para tener un hijo porque quería garantizarle una vida mejor que la mía y evitarle peligros y privaciones. No creo haberme equivocado en eso, es solo que mis garantías no garantizan nada. El mundo es un lugar peligroso y la única cosa que podemos hacer por quienes amamos es amarlos. Crecí sin garantías y con privaciones, pero me hice fuerte, junto a mis hermanos, amparados en el indestructible amor de mi madre. Ella es un ser fantástico, hecha de una madera fina y con un alma que conoce todas las estaciones. Aprenderás de ella que "uno nunca sabe lo que tiene hasta que duele mucho".

Sé que en la decisión de tener un hijo está implícito el creer que algo nos queda y que existe la posibilidad todavía de soñar. Miro los ojos de tu madre iluminados por tu presencia, día a día la invades y te haces el centro de su vida y todo el resto pasa a ser secundario, la mujer deja su espacio a la madre. Siempre tuve claro que si iba a tener un hijo lo más importante era encontrar una buena madre para él y en eso no podrías ser más afortunado. Ella y yo sabemos que eres algo que nos unirá más allá del tiempo y el amor: no es un secreto que el destino de los seres humanos es frágil y los corazones cambian, pero en ti nos encontraremos siempre. No sé qué tipo de persona serás, me asusta escuchar que eso depende mucho de mí. Pero todavía es pronto para desvelarme con eso. Lo innegable es que eres hijo de dos culturas, de dos idiomas, de dos historias y que podrás hacer la fila de europeos en los aeropuertos mientras a mí me revisan hasta las tripas. A la gente le gusta predecir todo, piensan que la vida es como un hipódromo. Y en la realidad ningún caballo logra salirse con la suya, cada cosa ocurre a su debido tiempo y por eso quiero decirte que cuando pienso en ti te imagino como un amigo pequeñito que hará demasiadas preguntas y no sé si tendré siempre las respuestas (así que acostúmbrate a los ejemplos con hipódromos y pájaros que ríen). No tengo la menor idea de que clase de padre voy a ser, he creído hasta hoy en el diálogo y quiero pensar que tendré la paciencia de escucharte y que jamás vendrás a decirme que te gustan los poemas de Neruda o las canciones de Silvio Rodríguez. Alguien me preguntó hace poco si esperaba algo de ti y sentí ganas de darle un puñetazo en la cara o de responderle que esperaba transformarte en un gran jugador de tenis para que destrozaras, fueras hombre o mujer, al aburrido de Roger Federer. Nunca he soportado que alguien esperé algo de mí y lo que espero de ti es que nunca vayas a soportar a alguien que espere algo de ti. Mientras escribo esto estoy mirando el jardín que rodea nuestra casa. Gonzalo, mi labrador amarillo de dos años, corre de un lado a otro persiguiendo insectos. Unos pinos al fondo rigen el espacio. Las voces de los vecinos que conversan sobre el clima se pierden en la brisa del atardecer y un miedo intenso de morir me encoge el alma. En alguna parte escribí que los hombres son inmortales hasta que tienen hijos. Tenía razón. Desde que supe que andabas por ahí, cada segundo cuenta. No pido mucho, solo estar aquí cuando llegues y no irme hasta saber que estarás a salvo.

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