Mi tía Zoila Puerta de la Calle suspiraba por los gringos. Tan bonitos, con ojitos azules, esa cabellera rubia. Siempre quiso que su sobrina Emma Madero se casara con algún americanito de Arkansas pero —¡gran frustración!— huyó una noche estival con el taxista principal de Salamina, Zósimo Gallo. Después del inevitable clinch amoroso en un discreto motel de la Amoladora Alta, Zoila tuvo que aceptar la realidad. La niña había sido desgraciada por el salvaje de Zósimo y el matrimonio era la única forma de reparar el honor de la familia. Emma adoptó orgullosamente el nombre de Emma Madero de Gallo, mientras Zoila rumiaba su pena.

Pero el asunto no paró allí. Víctima del estigmatismo, acentuado por la depresión profunda que le provocó el enlace, Zoila intensificó su pasión por Norteamérica. Afirmó que todo lo gringo era bueno como las neveras Whirpool y que lo colombiano era execrable y asqueroso.

Pero el problema no es mi tía Zoila. Hay algo más general. El problema es que el estigmatismo es la enfermedad nacional. Los gringos son sabios, honrados, buena gente, limpios, moderados en el consumo del alcohol, cero adulterio, sus contratos son claros como el agua, la palabra es de oro.

Los colombianos somos sucios, incumplidos, irresponsables, nuestra legislación es un barullo, los contratos están edificados sobre la mala fe, nadie cumple ni años y no hay colombiano que no ande en plan de infidelidad permanente.

Esto lo creía Zoila, lo creen los niños del Gun Club, los políticos de Moniquirá, los atracadores de la Caracas, la peluquera a domicilio y la masajista experta en manipuleos tailandeses. Pero no es cierto. El mal y el desorden no tienen fronteras. Y los gringos no se escapan.

Van unas muestras tomadas de la realidad.



La bicicleta encadenada

Mi hijo había tenido una infancia tranquila. Fuera de un balón de fútbol que le había sido arrebatado limpiamente por un gamín, jamás había sufrido por su seguridad.

Al terminar su carrera se trasladó a Gainsville, pacífica ciudad universitaria gringa, con el fin de culminar su inglés y prepararse para ingresar a un postgrado en Estados Unidos. Gainsville carece de transporte público. Como ciudad universitaria que es, todo el mundo anda en bicicleta. Mi hijo siguió la corriente. Compró su cicla y llegó orondo a clase el primer día. Pero a diferencia de todos, a la utilería habitual agregó la consabida cadena cubierta de un plástico azul petróleo y un candado accionado por una llave que tenía más dientes que una piraña. La amarró cuidadosamente al poste de la luz y se fue confiado a clase. Al salir, ¡sorpresa!

Las miles de bicicletas sueltas estaban allí, intactas. La de mi hijo, tan amorosamente amarrada al poste de la luz, había desparecido.

¿Qué hacer? Estamos en los United, pensó. Acudir a la mano protectora de la autoridad.

—Hey, officer —le dijo al policía de la esquina—. Se han robado mi bicicleta.

El policía suspiró lentamente, pasaron varios segundos de tensión, lanzó una rutinaria mirada de

cansancio y le dijo, señalando el mar de bicicletas arrumadas en la zona verde, como si el asunto fuera enteramente trivial.

—Coja otra.

En la noche, mi hijo atribulado, usando la tarjeta telefónica que se le había dado para casos de emergencia, nos llamó a casa, contó lo sucedido y pidió ayuda para comprar un carrito de segunda.

—No soporto la bicicleta, dijo. Ni a la Policía le importa un bledo lo que pase con ella ni yo resisto el derrumbe del último vestigio de respeto por la civilización occidental que ha ocurrido en mi corazón.

Tres días después de haber comprado su Volkswagen de segunda, el carro falleció de muerte súbita.

—La caja de cambios es inservible. Es un pedazo de chatarra que le pusieron para venderlo. Nada que hacer. Hay que ponerle una nueva. Vale tres mil dólares —dijo el mecánico.

Esto eran quinientos más de lo que había costado el carro entero.

Al reclamarle al dealer que había hecho la venta, con toda tranquilidad dijo:

—Aquí dice que usted compra as is. Eso quiere decir que, ¡a quejarse al mono de la pila! Una verdadera estafa de ojos azules.

Ya en Cambridge, supuestamente lejos de la polución racial de La Florida, en la más calvinista de las regiones americanas, al mismo carrito le quebraron tres veces el vidrio para robarse el radio. Al cabo del primer semestre, mi hijo tuvo que eliminar el equipo de sonido, única manera de conservar, al menos, los vidrios intactos. Esta maniobra fue un disuasivo más poderoso que la moralidad nórdica, supuestamente indestructible.



Un Sonata que se esfuma

Al finalizar mi misión en la OEA, la noche misma de la recepción de despedida, mi vehículo particular, un Sonata barato de segunda, desapareció del andén de la residencia diplomática.

A las siete de la mañana, al percatarnos del robo, llamamos a la Policía. Apareció un agente gordo y un poco maloliente. La mugre del cuello de la camisa era visible. Los botones no lograban contener su panza reverenda, la cual brotaba impúdicamente dejando al aire el pellejo blanquecino. Barba de tres días.

Sacó un papelito sucio y con un mocho de lápiz anotó las placas.

—¿Esto es todo? —le dije, sorprendido porque el policía no se conmovía en lo más mínimo—. ¿No van a investigar? —agregué ingenuamente.

Igual que el policía de Gainsville, me fulminó una mirada fatigada y me dijo con firmeza propia de la cosa juzgada:

—Para eso está el seguro.

El caso de mi robo ni siquiera hizo parte de las estadísticas de criminalidad. Es lo que en Colombia llamaríamos aplicación anticipada e irremediable del principio de oportunidad, tan de moda por estos días.



Boleto en el Albert Hall

Aquella Navidad en Londres despertaba llena de promesas. Mimos en el Covent Garden, disfraces callejeros en el noctámbulo Soho, energía loca en los cuatro puntos cardinales. El famoso Albert Hall se preparaba para oír el Mesías de Haendel. Nos apresuramos a conseguir boletas, ya casi agotadas.

Había dos butacas en gallinero, al lado del coro. Listo. Compramos.

Llegamos temprano mi esposa y yo. Buscamos nuestros asientos y ocurrió lo inverosímil. Uno de ellos no existía. Fila J, asiento 223. Nada. La numeración llegaba hasta el 222. Llamamos al ujier. Buscó por todas partes. Hubo alboroto. Nada.

—Sorry, sir. Tal vez como para acomodar el coro tuvieron que quitar algunas butacas, su banca no existe.

Apelación al infierno, tocó acomodarse como se pudo.

Al otro día, con membrete diplomático, envié una amable carta narrando lo sucedido, simplemente a título de colaboración. Esperé una disculpa amable. Pues no. La respuesta decía: La silla J 223 está allí. Lo invitamos a constatarlo personalmente.

Un verdadero engaño. La silla estaba al momento de enviar la respuesta, claro está. Pero el día del Mesías no. ¿Qué diría mi tía Zoila?



La fotocopiadora fantasma

Sumemos a lo anterior lo que le pasó a un amigo embajador. Un buen día decidió comprar una fotocopiadora nueva. Entregó la usada a la misma firma que cobró el arrendamiento y efectuó el mantenimiento durante tres años. Pues el proveedor desconoció la entrega y simplemente la fotocopiadora desapareció como por arte de magia. Un abogado le recomendó que dejara la cosa quieta, que el proveedor tenía domicilio en un pueblo escondido de Alabama y que el abogado le costaba cinco veces el valor de la fotocopiadora.

Y el otro que se conectó a una firma de televisión por cable en Londres, cuna de la justicia. Le destruyeron la casa, inutilizaron la vieja instalación que tenía la mucama portuguesa para ver las telenovelas lisboetas y, finalmente, el cable no funcionó. Al reclamar a Direct TV, le dijeron que el instalador era otra firma con sede en Edimburgo. Que ellos no tenían nada que ver. El call center nunca contestó.

Y así mil historias que muestran que la especie humana es casi igual en todas partes. Y que los descendientes de la rubia Albión no pueden seguir creyendo que han crecido en el sobaco del Espíritu Santo. Y tampoco mi tía Zoila. Espero que su estigmatismo se cure después de leer esta crónica.

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