El culo de Marbelle

El culo de Marbelle

La regla general agrupa a una manada de jovencitas que han convertido el empelote en una profesión. El talismán que las mueve son las agencias de publicidad


Por estos días hay en la prensa una desvergonzada exhibición de tafanarios que ni siquiera la soñó Mockus, quien tiene la noble condición de precursor, agente determinador y prócer inefable de las artes del exhibicionismo.

Mockus es a la exhibición posterior, lo que Nariño a los derechos del hombre.

Sería injusto, claro está, establecer una identidad inequívoca entre las travesuras del rector egregio de la Universidad Nacional y el nuevo ímpetu exhibicionista.

En este terreno del empelote, hay distintas modalidades.

Tenemos ahora ancianas cuyo recato ha caducado. Han resuelto posar desnudas, con fines altruistas, en todo tipo de almanaques, recordatorios y panfletos. Ese es un caso aparte. ¡Lástima que la caducidad del pudor no haya llegado antes!

La regla general agrupa a una manada de jovencitas que han convertido el empelote en una profesión. El talismán que las mueve son las agencias de publicidad. Nada se vende hoy si no se anuncia con muchacha en ropa interior a bordo.

¿Y qué decir de la apoteosis en esta materia, "encarnada" prolijamente por el reverendo pompis de Marbelle?

Por otro lado, en un tercer grupo, están las y los nudistas. Uno puede tener cierta sensibilidad y simpatía a favor de aquellas y aquellos que en un acto de profesión de fe naturalista prescinden en público de las prendas de vestir con el argumento de que son piezas de artificio, inexistentes en el momento en que la criatura ingresaba a la madre tierra (pregunta: ya que dije aquellas y aquellos, ¿debería decirse criaturas y criaturos para satisfacer la nueva sintaxis vanguardista de la Corte Constitucional

).

Tales efluvios naturistas son como una forma de inspiración aceptable, aunque a veces hay factores coadyuvantes del empelote, sustancialmente alejados del laudable propósito metafísico de subsumirse en la creación universal. Un panteísmo materialista, valga la paradoja. Interviene a veces, reitero, no ya el instinto noble, sino la curiosidad, el erotismo, ciertas fijaciones infantiles, el LSD, un toquecito de marihuana, litros de cerveza, exceso de calor, aumento desmedido del precio del algodón, variaciones súbitas en el valor en bolsa de las compañías productoras de lycra. En fin, todo un elenco de factores contribuyentes al desarropo, bastante pedestres por cierto.

Pero en general, ese no es el caso. La piedra de toque del festival desnudista es la publicidad. El deseo de llamar la atención. En esto juega un papel importante una determinada cosmovisión. Cada exhibicionista cree que siempre hay un voyerista al otro lado de la ecuación. Es lo que se llama una relación sinalagmática perfecta.

Este tema, entre nosotros, es todavía una asignatura pendiente. Para ponerle seriedad y método al asunto, hay que investigar varias cosas: (i) ¿Es el número de exhibicionistas igual al de voyeristas

; (ii) ¿Cuál es la ratio, esto es, el volumen porcentual de exhibicionismo/voyerismo en la sociedad actual

; (iii) ¿Cómo ha evolucionado esa ratio en las últimas décadas? (iv) Dejando a un lado la cifra mágica de la ratio, ¿hay más bien una diseminación nueva, imprevista y creciente en la tendencia al empelote

; (v) ¿Qué es lo que se quiere mostrar en concreto? ¿El trasero? ¿Las puchecas? ¿El esternocleidomastoideo? Dicho de otro modo, ¿cuál es la evolución topográfica de la exhibición anatómica? ¿Por qué

; (vi) ¿Tiene algo que ver con la grave coyuntura hamletiana que afronta la humanidad en relación con el pelo? Así: mientras la mujer la viene combatiendo con empuje sarraceno, en la axila, en las piernas, en el bigote y, ahora, en el coño (ya el Monte de Venus es apenas una humilde duna, y su cresta capilar ha disminuido para convertirse en una diminuta pluma de avestruz), el hombre lo viene auspiciando o añorando, según el caso: hemos pasado de la mota a lo Elvis a las cirugías de trasplante (anestesia incluida) para poner cabello en testas despobladas, con resultados que más semejan un cultivo de piña o una muñeca de tienda de antigüedades.

Tenemos pues que entre Mockus y sus seguidoras hay un punto en común: la publicidad. Pero muchas diferencias: Mockus pensaba en política y estas, en dinero.

Ahora bien, ¿cuál es la importancia del derrière?

Lo primero es que solo el género humano tiene verdadero trasero. Es decir, trasero importante. Ni siquiera el mono, quien se ufana de ser el ser más cercano al homo sapiens (nueva pregunta para la Corte: como se dice homo sapiens en la nueva semántica feminista

) tiene unas posaderas aceptables.

Por su lado, la historia del arte muestra la gran renuncia de mostrar las posaderas en la pintura y la escultura. Los griegos, tan amigos de la desnudez y del ingreso por la puerta trasera, confinaron el nalgatorio a un segundo plano. Praxiteles produjo toda una serie de Venus sensuales, basado en el cuerpo de su amiga Phryne, pero el tafanario apenas aparecía. Plinio cuenta que en la isla de Cos, la gente rechazó una Venus por sus amplias sentaderas.

Tal vez había en esto una aversión ancestral, producto, seguramente, de que el hombre primitivo, antes de convertirse auténticamente en homo erectus, realizaba la faena amatoria desde la posición trasera.

Lo cierto es que, además, la cola no sirve para nada, en comparación con los senos, los cuales, además de cumplir una función vital, han sido entronizados desde siempre como el protagonista de toda la película erótica.

El pobre culo perdió la pelea desde un principio. Se dice que su propósito fisiológico es servir de reservorio de agua. Agua fresca, además, razón por la cual el nalgatorio siempre está frío. Pero esa pobre legitimación dice poco al mundo del arte y, además, carece de la dignidad de las mamas.

Pero, ahí está el detalle. Si el trasero no sirve para nada, entonces ha conquistado la categoría de arte. Solo es arte aquello que es inútil y está exclusivamente al servicio de la estética.

Sobre estos puntos, recomiendo una verdadera joya. The Illustrated book of bottoms, de Oliver Maitland, publicado por The Erotic Print Society.

Pues bien. Marbelle, en gesto que le agradecerán los artistas exuberantes, desde Rubens hasta Botero, ha decidido regalarnos con tremendo antifonario. Seguramente se dejó convencer de Tom Wolfe quien en Bonfire of the Vanities criticó duramente cierta moda neoyorquina que prescindía casi por completo del rabo.

No sé. Me quedan mis dudas. Dado el volumen épico de su posterior, ¿no sería mejor que se hubiese limitado a persistir en su carrera como cantante? ?

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