El título de esta columna es muy diciente. Se refiere a lo que pasa en nuestro hermoso país y es que por defender algunos comentarios a la ligera se aleja uno de la realidad. Acabo de salir de una reunión en la cual se comparó a Bogotá con Ciudad de México, Lima, Buenos Aires, Caracas o Miami, en cuanto a la oferta gastronómica y se ubicó también la gastronomía colombiana a la altura de la de México o Perú, porque todos con el nacionalismo alborotado consideramos que lo nuestro es de lo mejor (recuerden que supuestamente tenemos el segundo himno nacional más bonito). Soy defensor de nuestra gastronomía y cada día más creo que debemos empezar a dignificarla, darles nuevas presentaciones a nuestros platos y tratar que en todo el país se consigan los ingredientes propios de cada una de las regiones. Pero si en Barranquilla es casi imposible conseguir jugo de zapote y ni hablar de la fruta, la cual se consigue en muy regulares condiciones en las distintas cadenas de supermercados, entonces qué nos queda para ciudades como Bogotá. Si han intentado conseguir pescado fresco en alguna ciudad de Colombia que no sea costera, salvo algunos negocios que hacen la labor de recoger en el aeropuerto las materias primas, esto brilla por su ausencia, y así con la mayoría de las materias primas que son típicas de Colombia. Los colombianos somos bastante especiales. Si usted sale a alguna de las ciudades que mencioné con anterioridad, no importa qué día de la semana sea, los restaurantes tienen una ocupación por encima del 50%, pero en Bogotá u otras ciudades de nuestro país, salvo los martes de Visa o los viernes, los restaurantes están por debajo de ese promedio (la cultura de salir a comer por fuera no es uno de nuestros fuertes), a no ser que el restaurante esté de moda o se encuentre donde a la gente le gusta que la vean, no reviste ninguna importancia si la comida es buena o no, como lo indica una encuesta de Datexco Company del 25 de abril de este año, en donde el 69,9 % de las razones para asistir a un restaurante son distintas a la comida. Eso nos da cuenta del esnobismo que manejamos.

Entonces, señores, por favor, no me vuelvan a decir que los problemas son de oferta gastronómica o de precios, cuando la motivación más importante no es la comida, es muy difícil que podamos llegar a ser esa meca gastronómica de la cual estamos haciendo gala, debemos poner cuidado a lo anterior, empezar a ser más críticos con la comida, apoyar a los que lo hacen bien y procurar que nuestros gobernantes nos acerquen un poco las materias primas con infraestructura para que los precios no sean tan elevados como los consideran los clientes de los restaurantes. Para el próximo mes les tengo una sorpresa muy grande a dos de mis fieles lectores, así que arriésguense a contactarme al mail o a la página de internet, créanme que les va ir muy bien.

buena_mesa@hotmail.com

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