Delicioso un asado hecho a la parrilla, al carbón. Rico el entorno, el sol, el aire puro. aunque toque en el patio o en el jardín.
¿Y en el apartamento qué? Ahí si estamos en problemas, salvo que reemplacemos la parrilla y el carbón. Tanto la hornilla eléctrica como la llama del gas sirven a nuestros fines. Por supuesto que ambas son más sencillas de encender que el carbón, y sus temperaturas más fácilmente controlables. Algo a favor. En contra, la ausencia de ese sabor tan peculiar que las brasas proporcionan a las carnes. Lo otro, reemplazar la parrilla también es muy sencillo: debemos conseguir una plancha de hierro. Pero tiene que ser de hierro. Hierro colado. No puede ser aluminio ni nada parecido. Podría ser plancha o sartén, lisa o estriada, redonda o no. Pero hierro. Negro. Pesado. Como referencia, una sartén de este material de 30 centímetros de diámetro, pesa poco más de 3 kilogramos. ¿Dónde? ¿Cómo? Corona, esa tradicional marca, la de los famosos molinos, también produce utensilios de hierro.
Lo que sigue es más fácil, seguramente, que conseguir la plancha. Son válidas las mismas recomendaciones que para la parrilla y las brasas: debemos calentar bien la plancha, a fin de lograr un buen sellado, y reducir luego la temperatura hasta alcanzar el término deseado. Nada de aceite ni grasa. La carne no se pega, o mejor, se despega fácil cuando queda sellada. Chorizos y morcillas a fuego medio para que no revienten. Lo mismo mollejas y riñoncitos de ternera. El resto, igual: la misma aguasal, el mismo chimichurri. Las mismas precauciones: no pinchar, etc.
La cocina se llenará de humo y rico olor. Un buen extractor hará llegar más rápidamente la noticia a los vecinos. Envidiarán. Qué se va a hacer, algunos hombres no leen SoHo. Una anécdota ilustrativa: habíamos alquilado un apartamento en Santa Marta, por unas vacaciones. A la hora del almuerzo la infaltable plancha cumplía su misión. Cuando bajamos, el portero nos comentó que lo habían llamado de un par de apartamentos preguntándole si es que habría llegado un buen parrillero al edificio.
Si un par de horas antes, o el día anterior, hubiéramos tenido la precaución de elaborar la siguiente receta, terminado el asado a la plancha, podríamos degustar un delicioso mousse de limón, que "corta" muy bien el sabor a grasita que nos quedó. Ahí va: mezclamos el contenido de una lata de leche condensada (400 gr.) con el zumo de 4 limones y la ralladura fina de la cáscara de uno de ellos. Agregamos 500 gr. de crema de leche y mezclamos todo bien. Dejamos refrigerando un par de horas. Así de sencillo. Sin cocinar. Sin ensuciarnos las manos. Ideal para hombres. No tiene pierde. No puede quedar mal. Si deseamos reducir el dulzor, podemos, al servir, cubrir el mousse con una delgada capa de mermelada de naranja. Un delicioso postre: cuando lo pruebe, ella creerá que sabemos cocinar. Ja.

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