Partida

Esta columna tiene un propósito: dar la vuelta al mundo. En algún momento subirme a un avión y otro y otro y otro, hasta girar por toda la tierra. Por cierto, no es una ambición tan desmedida. Después de todo, dar la vuelta al mundo debe ser el más clásico de los viajes circulares. Y un viaje circular supone algo tan sencillo como volver, siempre, irremediablemente, al mismo punto de partida.
En ese sentido, dar la vuelta al mundo no es lo mismo que conquistarlo: por mucho que Shakira y U2 quieran hacernos creer lo contrario. Es apenas un recorrido. Y tampoco muy novedoso. Desde que Julio Verne propusiera su viaje de 80 días, muchos se han embarcado en esa empresa. Hace pocos meses el multimillonario inglés Steve Focet batió el récord. Arriba de un ultramoderno miniavión tardó 76 horas en recorrer toda la tierra. Viajó por todo el mundo en el mismo tiempo que se ocupa para ir un fin de semana a la finca.
¿Por qué dar la vuelta al mundo? Tengo muchas respuestas, pero ninguna definitiva. Supongo que para eso servirá esta columna. Por un lado, planificar la travesía planetaria. Por otro, para ver si recorrer la tierra tiene un sentido más allá del masturbatorio: el placer solitario de viajar.
Hace un tiempo conocí a Jean Béliveau, un canadiense que lleva cinco años caminando por el mundo. Antes de partir de viaje, Béliveau tenía una vida cómoda. Iba a cumplir 45 y trabajaba de vendedor de electrodomésticos en Montreal. Le pagaban bien, y se lo depositaban puntualmente. Hablaba con los clientes de las ventajas de tal o cual lavadora, se pasaba todo el día en un salón iluminado artificialmente, se aprendía los catálogos de las aspiradoras y, cuando un compañero de la tienda estaba de cumpleaños, después del cierre iban todos a tomar cervezas al bar de la esquina. Una vida en paz. Aunque, pese a la comodidad, vivía diciendo lo de todos: "A mi vida le falta algo, quiero mandar todo a la mierda y salir a recorrer el mundo". Y finalmente lo hizo.
En el 2000 le dijo a su esposa "espérame diez años, voy a dar la vuelta al planeta y regreso". Y en eso está. Ya lleva cinco. Hace poco me lo encontré en Madrid. Se le había sumado Luce, su mujer. Ella lo visita cada siete meses. Caminan juntos tres semanas, luego ella regresa a casa y él sigue caminando. Sin parar. Ya recorrió desde Montreal a Patagonia, todo África (salvo Libia, donde no le dieron visa) y está comenzando por España su periplo por Europa. Las suelas de los zapatos se le gastan cada cuatro meses, usa protector solar aunque esté lloviendo y se pone vendas en los pies para no tener ampollas. Camina empujando un carrito de mano donde lleva ropa, documentos, provisiones, herramientas y agua: su caparazón de tortuga. Lo que el multimillonario recorrió en 76 horas, el vendedor de electrodomésticos lo hará en diez años.
El viaje hace rato dejó de ser un capricho de ricachones. Forma parte de nuestra vida diaria, como el pan con manteca o la comida mexicana. Una industria que mueve millones de dólares y a la que todos, felices, le entregamos nuestros ahorros. Por una extraña razón, hoy en día el mundo del turismo parece ser lo más cercano a la felicidad. Solo así se entiende que los programas de televisión y las revistas de viajes sean -casi nada más que- una seguidilla interminable de adjetivos como maravilloso, espectacular, imperdible, soñado, inigualable, fantástico, genial, asombroso, alucinante, buenísimo.
La vuelta al mundo será una columna de viajes con un objetivo determinado, pero con la posibilidad de que nada resulte. Finalmente, dar la vuelta al mundo es muy sencillo y no se necesita casi nada. El asunto es cuánto estamos dispuestos a dejar de lado por ese viaje. Como me dijo el canadiense Jean, él pondrá todo su empeño y su fuerza en cumplir los diez años caminando alrededor del planeta. Aunque sabe que su verdadera hazaña no será esa, sino que fue otra: dejar la tienda y ponerse a caminar.

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