Estoy dando la vuelta, y desde la barra veo casi todo el mundo. Es de madrugada, es un día de semana, es Buenos Aires, y es el Mundo Bizarro: el bar de Palermo donde comienza esta noche. Hay poca luz, cerveza barata, chicas flacas y gente que se la pasa desfilando entre la barra y el baño.
-¿Cómo es dar la vuelta al mundo? -me pregunta una estudiante de periodismo que mastica chicle y se arregla el peinado. Las dos cosas al mismo tiempo.
-Es divertido -le respondo, antes de pedir la cuenta.
-¿Y cuánto tiempo te quedarás en Buenos Aires?
-No sé. Mi vuelta al mundo es sin tour. Es un viaje libre, sin fechas.
-¿Y por qué es sin fechas?
No sé qué responderle. Pablo Piñata, el barman de Mundo Bizarro, sacude una coctelera como estrangulando una gallina. Luego sirve dos copas más allá, besa a una rubia que acaba de entrar y me recibe el billete. Me despido. En la puerta hay un taxi. Y al lado, Buenos Aires.

Se sabe que, de pronto y desde hace ya un rato, Buenos Aires se convirtió en la ciudad más latinoamericana del continente. A los porteños no les gusta escuchar eso, pero igual lo saben: vinieron las crisis, la gente comenzó a armarse sin pausa y se blindó todo lo blindable. Para la prensa, la ciudad se convirtió repentinamente en un resumidero de policías corruptos, asaltos con rehenes, cordones de miseria y barrios tomados por pandillas. De pronto aparecieron, nadie aquí sabe bien de dónde, pobres y más pobres. La masificación del microtráfico llegó como la primavera, y la paranoia total le cambió el rostro de la ciudad de Borges. La antigua París de Sudamérica convertida en una franquicia sureña del DF. La capital cultural de Hispanoamérica devenida, vía devaluaciones, en la última capital sexual del planeta mercado.
-Ya nada es lo de antes -me dice el taxista que me saca del Mundo Bizarro.
Nunca sabremos cuál era la Buenos Aires de antes. No lo sabremos, básicamente, porque los propios habitantes de aquí no lo saben. Pero, sea real (como algunos creen) o inventado (como otros sospechan), siempre se vuelve al pasado de Buenos Aires. Al de antes. El pasado que añoro.

Hace cuatro años me vine a vivir a esta ciudad y, sin ninguna autoridad y abusando por la hospitalidad recibida, creo que la “latinoamericanización” de Buenos Aires le ha venido espléndido. No solo estoy convencido de que es la capital más viva del vecindario, sino que podría asegurar que es la ciudad donde mejor se vive. Los gringos que vienen de vacaciones se terminan comprando casas en San Telmo, como un souvenir más. De los países vecinos vienen a operarse la nariz en medio día y las tetas en media hora. Los inmigrantes peruanos alzan la voz como nunca antes, y los bolivianos sin papeles han hecho marchas de protesta. Los mexicanos vienen por el fin de semana a ver fútbol y los universitarios colombianos de intercambio se han tomado las facultades y los bares y los cibercafés: no necesariamente en ese orden.
Y todo eso, en la noche se ve más.

* * *
Cuando entres al restaurante Te MatarÚ RamÝrez, de Palermo, y en el escenario haya un show de tÝteres pornos, siÚntate sin problemas. Ellos dicen que son el primer restaurante afrodisÝaco de Argentina y el primero de LatinoamÚrica, y uno no deberÝa sospechar lo contrario, por lo menos no mientras estßn sobre el escenario los mu±ecos pornos. La situaci¾n es simple: muchas mesas, velas, parejas y un escenario de tÝteres donde las actrices jadean imitando las poses de los mu±ecos y la gente come tranquilamente, mientras una de ellas le grita a la otra “chúpamela rico, hasta el fondo, más, mi vida”, y la otra lanza gemidos, y las marionetas se acarician y se tocan, mientras en una mesa brindan por un nuevo aniversario, entonces, claro, sientes que estás en una ciudad más liberal que lo acostumbrado para la zona.
Lo del restaurante afrodisíaco es uno de los tantos inventos que se sumaron al auge de la noche sexy de Buenos Aires. A eso debiera agregarse el boom de las páginas de escorts por Internet, toda una industria, con fotógrafos famosos y hackers temidos. Los cibercafés de 24 horas, con cabinas y películas pornos en el disco duro, fueron otro auge. Así como el turismo gay, una ola que se ganó su propia milonga gay para bailar tango. Sin embargo, lo que sigue llevando la delantera son los clubes nocturnos.

* * *
La caída del peso argentino trajo como moscas a colombianos y peruanos y mexicanos y chilenos en busca de un pecado confeso: las argentinas. Muchos pueden escribir del lado poético de Buenos Aires, y de sus cafés europeos, pero a la hora de los bifes, basta ir a cualquier cabaré de una zona como Recoleta para ver que adentro, cada noche, se vive una pequeña cita de la OEA, con todo tipo de lationamericanos bien vestidos, frotándose las manos en espera del show.

Es el caso de Madaho´s, una de las paradas imperdibles en la zona del Village Recoleta. Un sector de la capital parecido a Miami. Me dicen que con Menem a Buenos Aires le salieron como hongos estos rincones llenos de palmeras falsas, salsotecas, autos descapotables y luces de neón. Los cabarés más caros están aquí, en esta suerte de South Beach que huele a bife de chorizo, asediados por turistas cargados con dólares, chaquetas de cuero, tarjetas de crédito y pulseras de oro macizo. Por dentro, este night club tiene demasiados espejos para tanta gente que anda de incógnita. Por lo demás, es un clásico: asientos de felpa, baños con imitación de mármol, cascadas de juguete y escaleras angostas y curvas ideales para mirar las piernas de las chicas que suben al escenario. Por momentos parece una gran fiesta, donde se charla animadamente mientras las acompañantes te saludan de lejos, guiñándote un ojo, o haciéndote son su vaso la señal de brindis a distancia.

Ahí, otra vez, como hace tiempo, está sobre el escenario Brenda. Está desnuda, salvo por unas botas cortas de tacones filudos y un brazalete de diamantes falsos en su bíceps derecho. Tiene el cuerpo brillante, los pechos carnosos pero no grotescos y un culo redondito que mantiene firme en sus piruetas de gimnasta rusa. Hace rato que la estoy mirando, como todos los extranjeros que estamos aquí.
-Brenda no sale con nadie, ¿eh? -me vuelve a decir, como hace unos meses, una mujer invisible que huele a cabaré y se acomoda a mi lado-. Ella solo baila mientras nosotras venimos a las mesas.

Al rato, Brenda está apoyada en la barra con la seguridad de saberse un producto exclusivo: más para europeos que latinoamericanos. Bebe un vaso de agua y charla con el barman, sin ganas de que alguien se le acerque. Con lo que gana bailando parece feliz.

Entre todos los asistentes un grupo de americanos, en plan de negocios secretos, que se emborracha gritando a favor de Buenos Aires, la ciudad maravillosa, dicen, y sacan dólares como pastillas de mentas para poner sobre el cuerpo de las chicas.
-Esto antes no pasaba -me dice una amiga de Brenda, una flaquita de pecas en el pecho, antes de confesarme que las chicas de Buenos Aires han vivido estos últimos cuatro años como los mejores de su historia. Me dice que alguna vez, en muchos años, se recordará este período de devaluación como el de las secretas noches locas de los extranjeros en Buenos Aires. Casi al final, me confiesa que tiene muchos clientes colombianos. Y que es feliz. Y que a ella también le gustaría dar la vuelta al mundo.

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