Por puro asunto de forma, los poco familiarizados con el violonchelo lo ven y se refieren a él como "un violín grande". Sir Thomas Beecham, fundador de la Orquesta Filarmónica de Londres, alguna vez le preguntó a una ejecutante de ese instrumento cómo era posible que "teniendo entre las piernas algo tan maravilloso, que podría darle placer a todo el mundo", se empeñara simplemente en rascarlo. No es el caso de Andrea Fajardo, quien durante 21 de sus 28 años se ha dedicado a acariciar a este grandote de cuatro cuerdas con los dedos y con el arco. La joven bogotana, que hasta sus siete años se sentía predestinada a la ejecución del piano, lo reemplazó porque el único cupo que quedaba libre en la Fundación Batuta era, precisamente, en clases de chelo. Así se inició su historia de amor con su instrumento, un encordado italiano hecho por luthier con el que suele conversar para que suene mejor. Andrea hace parte del grupo de violonchelistas de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, colectivo que este mes conmemora cuarenta años de vida con diferentes actividades, entre ellas un concierto en homenaje a sus fundadores, con la presencia de la violinista francesa Virginie Robilliard, y con el lanzamiento del primer DVD de la agrupación, ejecutando el Réquiem de Verdi, con solistas como Valeriano Lanchas y Martha Senn, bajo la dirección del joven maestro Andrés Orozco. Así, la Filarmónica celebra cuatro décadas de trabajo en pos de la cultura, de la gran música y, sobre todo, de enseñar a la gente a llamar a las cosas por su nombre; por ejemplo, que un violonchelo es un violonchelo.

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