Nadie conoce a Stacy Ann Ferguson, pues ella es simplemente Fergie, la de los Black Eyed Peas. Una de esas mujeres a las que todo el mundo conoce por el apellido (o más bien un diminutivo de este) pero definitivamente no por uno de esos apodos cursis que se inventan las viejas. Fergie simplemente no es así. No es la niña tierna y consentida que se viste de rosadito, no es tampoco la intelectual que solo habla sobre Kierkegaard y los clásicos rusos por que todo lo demás le parece demasiado superficial, y tampoco es la niña hippie que se cree superior a todos porque no está envuelta en este mundo materialista como el resto de nosotros los mortales. Y justamente por no ser así es que a nosotros nos gusta Fergie, por fresca y descomplicada, y especialmente, porque está buenísima.

Y otra cosita que Fergie no es: una persona centrada y moderada. Cuando su grupo femenino Wild Orchid fracasó ella cayó en tal depresión que casi se vuelve loca, se convirtió en adicta al éxtasis y las metaanfetaminas y llegó a pesar casi 40 kilos. Pero ahora está en una de sus buenas épocas; antes de Fergie, Black Eyed Peas no era nada, después de Fergie es uno de los grupos de hip hop más importantes del momento. Además, esta a punto de sacar un disco como solista llamado The Dutchess (claro, sin dejar a los Peas). No sabemos cuál sea el atractivo de Fergie… tal vez sea su ascendencia irlandesa, escocesa y nativa americana, pero que lo tiene lo tiene, ese algo que tiene enloquecido a medio mundo.

Y se le pierden a uno los ojos en donde a ella se le pierde la espalda.

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