De la música infantil nunca entendí nada. Y se acabó el artículo. O que venga el primer adulto serio y juicioso a decirme que es muy creíble aquello de contar y cantar la historia de una serpiente de tierra caliente a la que cuando se ríe se le ven los dientes y que come plátanos con aguardiente (exótica dieta que produciría furia a los zoólogos y ventosidades a la serpiente). Eso pasa, sin que nadie entutele al compositor, porque los adultos tenemos por norma mentirles a los niños y llenarles el cerebro de basura que tardarán años en procesar y convertir en algo útil. Si desde pequeños les dijéramos las cosas como son, de adultos tendrían la cabeza mejor amoblada y dedicarían el tiempo que gastan en corregir conocimientos a tareas más productivas. Digo yo, que no sé de pedagogía, que me eduqué leyendo el Quijote por obligación, enfrentado a los inútiles casos de factorización del Baldor y, ni más faltaba, cantando incoherencias. Veamos algunas de ellas…

La reina de las canciones ininteligibles es precisamente La reina curuba, según la cual dicha soberana sale en las noches con sus hijas curubitas/ calza la reina curuba zapatitos de esmeraldas/ y calcetas coloradas debajito de la falda. La soberana, rellena de pepas, junto a las curubitas, con hilos de lluvia trenza una coronita. ¿Poesía? ¿Imaginación desbordada? ¿Una broma de mal gusto? ¿Alguien se la fumó verde? O la inspiración para un evento tan ridículo como la canción, pues en Santa Sofía, Boyacá, anualmente se elige a la Reina Nacional del Tomate y la Curuba. Y debe existir en la población, supongo, una especie de Reinmundo que organiza a las niñas y las pone a desfilar ataviadas con trajes alusivos al mismo panorama que puede uno encontrar en una madrugada de trabajo en Corabastos.

Como los niños aceptan todo lo que les decimos y los adultos no gastamos en ellos más neuronas de las necesarias, los compositores de música infantil insisten en acuñar barbaridades con la única condición de que rimen. De ahí que nos parezca de lo más normal que había una vez una iguana con una ruana de lana/peinándose la melena junto al río Magdalena. Y se entiende entonces como en Pepe Panzón un hipopótamo se asome a una ventana mientras les dice a sus padres (según parece, continúan unidos después del periodo de apareamiento) que quiere volar a todos los planetas vestido con un traje espacial, tocando mi trompeta… ¡hipopótamo que toca trompeta dentro de su traje espacial! Ahora, si uno se traga ese cuento, ¿es reprochable creer que pueda el hipopótamo, como repite el sonsonete de El sol está resfriado, acercarse a una estrella que se levanta en las mañanas, se enjabona la cara, se afeita y estornuda? Un sol que, además, por cuestión de onomatopeyas, parece ser víctima de los psicotrópicos: se pone una compresa de mostaza con anís, hachís, hachís. Vea usted: sol con gripa y hachís, y tomando aguardiente, al mejor estilo de la serpiente de los plátanos en tierra tan caliente como el sol que estornuda.

La inconsistencia de las letras infantiles es una cosa, pero no menos incomprensible es la manía de usar estas canciones como vehículo de mensajes subliminales harto subidos de tono: en La ley de la selva se justifica la violencia y se la presenta como algo válido (el más grandote le pega al chiquito/pero el chiquito se va a defender/ aquí nos gusta la ley de la selva/ aunque mucha gente no pueda entender/ así, así, así debe ser la cosa/ así, así, es como tiene que ser), en Mambrú se fue a la guerra los niños aprenden a gozar con las emboscadas a la fuerza pública (Mambrú se ha muerto en guerra/ lo llevan a enterrar, ja, ja, ja/ lo llevan a enterrar con cuatro oficiales, chiribín, chiribín, chinchín), en Antón Pirulero se alaban las bondades de jugar prendas con varios compañeros ¿sexuales? (Antón Pirulero/ cada cual que atienda a su juego/ y el que no lo atienda pagará, pagará una prenda) y en Arroz con leche se les recuerda a las niñas que, si quieren ser felices con alguien, su destino es la cocina y el trapero (arroz con leche, me quiero casar con una señorita de la capital/que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a pasear).

Tampoco puede decirse, como debería, que las canciones infantiles sean el primer contacto de los niños con el idioma y su correcto uso. Mi hijo, que tiene menos de tres años, está en capacidad de cantarles el día que quieran la historia de la tía Clementina, quien en la sapería se compra un sapo/ en la pavería se compra un pavo/ en la torería se compra un toro y está a punto de descubrir la mentira más grande de todas cuantas se pueden cantar, porque no sé si logre esconderle por más tiempo el disco donde está Soy un chino capuchino. Según este cuento chino musicalizado hay un chino que es monje franciscano (¿o primate) y tiene ancestros japoneses (soy un chino capuchino mandarín rin, rin/ he llegado de la era del Japón, pon, pon). Cuando llegue al bachillerato sus profesores tendrán la titánica tarea de explicarle que chinos y japoneses no se parecen en nada, que las vacas de engorde no dan leche condensada, que las cucarachas caminan igual de bien si pierden una de sus seis patas regenerables, que las ranas no croan debajo del agua, que es bien difícil que un ciempiés se claven espinas en las patas y que jamás se ha visto a una ballena, llámese Helena o Jimena, navegando en veleros.

No quiero extenderme en este ataque contra la música infantil y todo lo que de ella no entiendo, así que, a modo de protesta final, me limito a dejar planteadas cinco preguntas que nadie en el mundo puede responder, cada una con la canción de donde surge. Si alguien puede resolverlas satisfactoriamente, una de dos: o tiene menos de cinco años o es compositor de música infantil y Sayco le gira una miseria cada semestre. Si es un niño, ha hecho mal en leer este artículo publicado en una revista llena de tetas que jamás lo alimentaron; si compone música infantil, usted lo ha hecho todo mal… excepto leer este artículo, piccolo, para disfrutar y rezongar/canciones de niños donde merengones comen listones/y niñas con rizos tragan chorizos mientras corren por pisos lisos/pon, pon, quita, quita/ trin, trin, tan, tan/tan güevón yo.

1. ¿Cómo puede un tiburón paraguayo construir un nido en una palmera con pajas y turrón? (La ronda del Paraguay)

2. ¿Por qué el bote en que el negro Cirilo y su caimán van a Paranaguá está hecho de migas de pan, pero no se deshace en el agua del Amazonas? (El negro Cirilo)

3. ¿Qué embarcación de carga llevó a Sammy, el pingüino heladero, con sus helados hechos de tiza al África arrastrando su carrito? (Sammy el heladero)

4. ¿Cómo puede sufrir Pinocho una grave lesión interna si es de pura madera y con qué proceso quirúrgico puede trasplantársele un corazón de fantasía? (Pinocho)

5. ¿Qué clase de telaraña resiste que se balancee sobre ella una manada de elefantes? (Un elefante se balanceaba)
 

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