Mi teoría es que las letras mamertas se dividen en tres grupos: los versos de McDonalds, las fábulas pedófilas y las odas mitológicas.

El primer grupo, canciones de payasos que le venden fantasías en cajitas a la gente, lo abre Imagine de John Lennon: Imagina que no hay posesiones / Quisiera saber si puedes / Sin necesidad de gula o hambre / Una hermandad de hombres. Antes de que un tipo con mal humor lo matara, Lennon la había escrito en una servilleta de una Big Mac, al parecer con adición de tocino. Yoko Ono le tenía prohibido comer hamburguesas por sus problemas de colesterol, pero el ex Beatle seguía con su pretensión de cambiar al mundo entrando en un turbio negocio: el de la música ambiental para restaurantes en cadena.

Lo mismo le pasó a Piero cuando compuso un trabalenguas titulado Para el pueblo lo que es del pueblo. Para el pueblo / Lo que es del pueblo / Porque el pueblo se lo ganó, para el pueblo / Lo que es del pueblo / Para el pueblo liberación. Pese a que en Colombia se fraguó un complot para torturarlo con el coro de su jingle para Bom Bom Bum (el tema De vez en cuando viene bien dormir, cuyo coro dice Bomboron bom bom / Bomboron bom bom); a Piero no alcanzaron a asesinarlo. Las autoridades de inmigración de Eldorado lo devolvieron a su país por no tener los papeles en regla.

Mención aparte merece la locura enmarcada en El breve espacio en que no estás, de Pablo Milanesa de Cerdo (para la gloria y hambre de Cuba), en cuya primera frase, todavía quedan restos de humedad, dice Ricardo Silva que el gordinflón parece estarle llamando la atención a su empleada de servicio o al mesero que lo atendió en un comedor comunitario de la isla: "¡mire, niña, todavía quedan restos de humedad!"

En el segundo grupo de canciones, compuesto por historias de viejos y viejas verdes enamorados de sus fanáticos más jóvenes, se encuentran dos casos rimbombantes: uno de ellos es el tema Me gustan los estudiantes, de Mercedes Sosa: Me gustan los estudiantes / porque son la levadura/ del pan que saldrá del horno/ con toda su sabrosura / Para la boca del pobre/ que come con amargura. Esta composición es de antes de su menopausia, cesación que corresponde el nombre de "mamerpausia", y que no tiene que ver con que la muy Sosa haya dejado de vender discos.

El plato fuerte está en manos de Facundo Cabral con No soy de aquí ni soy de allá: Me gusta el mar y la mujer cuando llora / las golondrinas y las malas señoras / saltar balcones y abrir las ventanas / y las muchachas en abril. A este Frankenstein de cabra del Tirol y cocinero gaucho varado en Colombia no sólo le gustaban las putas y pegarle a su esposa, sino que además se tocaba mientras veía pasar mujercitas en bañador y luego se echaba a tierra a fumarse un porro: Me gusta estar tirado siempre en la arena/ y en bicicleta perseguir a Manuela / y todo el tiempo para ver las estrellas/ con la María en el trigal. Eso sí, dejó en claro que no era homosexual (Me gusta el vino tanto como las flores/ y los amantes pero no los señores / me encanta ser amigo de los ladrones y las canciones en francés), aunque eso de escuchar intérpretes franceses y tomar vino caliente al olor de los gladiolos en compañía de un extraño, tiene cierto tufillo gay.

El último grupo, canticuentos mamertos donde se les canta a los animales legendarios con un cuerno recto en mitad de la frente (o un cuerno en mitad del recto, da igual) lo encabeza un mercachifle ensoñador: Silvio Rodríguez con su canción Unicornio, que, tal parece, nació una tarde en que el cantautor viajaba en su zorra recogiendo chatarra y periódicos viejos para la Revolución (Mi unicornio azul ayer se me perdió / no sé si se me fue, no sé si se extravió / y yo no tengo más que un unicornio azul / si alguien sabe de él, le ruego información / cien mil o un millón yo pagaré /mi unicornio azul se me ha perdido ayer). El periódico era tan de ayer como el de la canción de Lavoe, y el caballo estaba en los huesos como Marc Anthony.

Y aunque a la fecha la única monstruosidad mitológica cercana al Unicornio de Rodríguez es la escopetarra de César López (artilugio del mamertismo de la Seguridad Democrática que dispara por la culata), finalmente en el camino se encontró con otra bestia de arriar: Solo le pido a Dios de León Gieco. Le pidió Gieco a Dios antecediendo el adverbio Solo, en la oración, para no cansar con todo cuanto demanda su letra: Solo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente / que la reseca muerte no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente. ¿Pero pidió algo más Gieco? ¡Claro que sí! Un masaje tántrico, plata para el almuerzo y un contrato bien remunerado en la única corporación trasnacional para la profesionalización de la mendicidad: la música mamerta. 
 

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