Uno podría pensar que poner atención a las letras de la música bailable es una actividad que no tiene ningún sentido dado que, como su nombre lo indica, es música para bailar. Pero dado que mis pies están prácticamente desconectados del resto del cuerpo, excepto para caminar, pasé muchas fiestas sentado por ahí, sin mucho más que hacer. Por eso, en lugar de bailar tuve que oír verso a verso canciones que quizá sean buenas para las piernas y las caderas, pero pésimas para el oído.

Una de mis favoritas es Te voy a hacer falta, de Rikarena, que incluye una frase monumental: Uno no sabe lo que tiene hasta que no lo pierde. Mientras comía pavo en la fiesta recordaba a Guillermo, profesor de lógica de segundo semestre, y al padre Jairo, mi profesor de filosofía en el colegio, cuando recalcaban que una doble negación era en realidad una afirmación. Es decir, el objeto del desafecto de Rikarena en realidad no había perdido nada y estos tipos estaban armando una tormenta en un vaso de agua. Por supuesto, los de Rikarena nunca tuvieron clase con Guillermo ni con el padre Jairo. Evidentemente, a esas alturas de la fiesta, yo seguía comiendo pavo.

La música tropical también pasa por el terreno de lo paranormal. En Más linda que una estrella, los Fantasmas del Caribe dan prueba de poderes de ultratumba: Ayer pasé por su balcón / y la esperé como la vez primera / alguien me habló, me dio una flor/ y supe que no volvería a verla. Cómo supieron que una flor dada por "alguien" era prueba del final de su amor, es algo que queda escondido bajo las pañoletas sedosas —y sebosas— de los cantantes.

Hay una canción que merece estar aquí: Dime pajarito, del Binomio de Oro. No deja de ser sorprendente imaginar al finado Rafael Orozco en un punto más avanzado que el logrado por Blancanieves o el doctor Doolitle, al interrogar al pajarito sobre cuestiones que incluso a los seres racionales nos cuestan trabajo: Dime, pajarito / por qué hoy estás triste / no escucho en tu canto / la misma alegría. Dime si a tu compañera perdiste /o has venido a compartir la pena mía / O quieres contarle al mundo / tu inconformismo por lo que han hecho… En dos estrofas, el pobre pajarito tiene que responder por sus problemas afectivos, por los de su amigo humano y, aparte de todo, hacerlo público.

La madre de todas las licencias corre a cargo de unos verdaderos iconoclastas, audioclastas e historioclastas. Hablo, claro está, de Los Chiches Vallenatos, que en Muchacha encantadora dicen sin despeinarse Quiero ser un Miguel Ángel con pincel en mano, y hacer de ti otra Mona Lisa y decir que tienes la misma mirada. Leonardo da Vinci pudo inventar hasta el paracaídas, pero toda su genialidad no le alcanzó para prever que del otro lado del océano, casi 500 años después, Osmar Pérez dijera que la Mona Lisa fue pintada por su rival artístico.

Uno entiende que los vallenateros hayan olvidado parte de lo que aprendieron en las clases de Historia del Arte en la facultad. Pero de ahí a no saber sumar... El finado Kaleth Morales canta, en su canción Siete palabras, lo siguiente: Diré todo en siete palabras: te amo más que a mi vida entera. Cuenten y juzguen.

Queda entonces clarísimo que el objetivo de la música tropical no está en las letras sino en todo lo que tenga que ver con cachete con cachete, pechito con pechito y ombligo con ombligo, porque para eso se la inventaron. En cuestiones de juntar cuerpos, Juan Luis Guerra sabe lo que hace, desde la letra hasta la pista de baile. El cantante tuvo una etapa marcadamente freudiana en Burbujas de amor que incluye sin disimulo objetos largos y cóncavos que aspiran a tocar otros que sean convexos, para proceder a llenar de líquidas burbujas todo lo que encuentre: (quisiera ser un pez / para tocar mi nariz en tu pecera / y hacer burbujas de amor por dondequiera). Guerra agrega que quiere pasar la noche en vela / mojado en ti.

Por fortuna, la música tropical es sabia y tiene un remedio para las trasnochadas venusinas: Salchicha con huevo, receta incomparable de Jimmy Sabater. Pero eso ya es gastronomía, de lo cual no aprendí mucho junto a la bandeja de pasabocas, que siempre fueron las mismas galletas y el mismo paté. Porque la salchicha y el huevo se los comieron otros más avispados.

 

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