Lo más desagradable de las baladas románticas es que, cuando aparecen, de golpe, en la radio, uno corre el riesgo de sentirse identificado. Son cursis. Son melosas. Son de mal gusto. Pero uno puede amanecer convertido en ese tipo de persona. Uno puede tener las defensas abajo. Y pensar en alguien de carne y hueso cuando los gemelos venezolanos Servando y Florentino canten a todo pulmón el verso quiero ponerle apellido a tu nombre. Y sentir que se le aguan los ojos cuando oye a Raphael preguntándole a su amada ¿qué tal te va sin mí? bajo unos violines enternecedores por lo malos. Y descansar la frente en la polvorienta ventanita del bus, como aquel que reconoce la derrota, mientras el guatemalteco Ricardo Arjona se desgarra cantándole dime si él te conoce la mitad a una ingrata que seguro lo dejó por ser Ricardo Arjona.

Desde el año 1500, cuando no había ni emisoras ni buses ni guatemaltecos, hasta hoy, cuando nadie sospecha del coeficiente intelectual de un músico que es capaz de entonar la rima nuestro amor es azul como el mar azul, la balada ha sido, en teoría, una canción que cuenta una historia digna de ser contada. Un poema narrativo. Un pequeño cuento. A partir de las últimas décadas del siglo pasado, sin embargo, comenzó a difundirse la idea de que baladista era aquel que cantaba parsimoniosas canciones de amor. Y un buen día, con la llegada de los años setenta, ochenta y noventa, se empezó a pensar que era un tipo de patillas grasosas. Y de pelo tupido. Y camisas ornamentadas. Y que, quizás por culpa de una insana tendencia a usar pantalones ajustados, se meneaba con los ojos cerrados al tiempo que lanzaba gemidos enardecidos, melancólicos, sedosos.

Si era hombre. Si era mujer era una señora melenuda vestida de gala. Piensen en Vicky Carr, en Amanda Miguel, en Yuri, en Ricardo Arjona.

La balada romántica es, pues, una historia de amor cantada al ritmo del corazón. O sea una lobería. Una candidez plagada de teclados chillones, xilófonos baratos y saxofones aterciopelados. Una declaración sentimental sin asomos de ironías ni sarcasmos. Una sensiblería.

Describe la conquista: porque soy un perfecto bandido que ha tomado tu amor por asalto, solloza Alberto Plaza. Ilustra los bonitos pesimismos del enamoramiento: no hay cielo que cubra lo que siento por ti, acepta Franco de Vita, el tiempo que nos queda por vivir no bastará. Denuncia los graves problemas sicológicos, que bordean las alucinaciones, a los que se enfrentan todas las parejas: yo no te pido la luna, aclara Daniela Romo, solo te pido el momento de rescatar esta piel y robarme esa estrella que vemos tú y yo al hacer el amor. Habla con cierto pudor, con metáforas que van desde yo quiero ser tu francotirador hasta cóncavo y convexo, de las infinitas posibilidades del sexo: en el momento pleno de hacernos eso a orillas del mesón, asegura Ricardo Montaner: ven y te explico lo que somos en nuestra habitación: una paloma y un jilguero en vuelo de estación.

La balada está siempre a la mano. La balada recibe en su seno al que lo necesite. La balada es comprensiva. Lamenta el final de la pasión: vamos aclarando el panorama que hay pingüinos en la cama por el hielo que provocas, denuncia el propio Arjona. Chantajea a quien se va: el gato que está en nuestro cielo no va a volver a casa si no estás, advierte Roberto Carlos. Entiende lo devastadora que es la noticia de que se ha acabado así, de pronto, una relación que iba a durar para siempre: por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta, le grita la cantante de Pimpinela a su propio hermano. Y celebra la soltería justo a tiempo: Raúl Santi aconseja, en franca alusión a la promiscuidad, vivir tan solo el momento y después volar libre como un picaflor. La balada sabe. La balada lo ha visto todo.

Y sin embargo creo que, por cuenta de su explotación de nuestros sentimientos, todos los baladistas románticos se irán al infierno. En el primer círculo, el círculo de los que me caen bien, pero que igual son baladistas románticos, les haría un lugar a la humanidad de los Bukis, a la maricada fingida de Raphael y a la modestia de Sergio y Estibaliz. En el siguiente piso, el de los iconos de fiesta de borrachos, dejaría quemarse a Juan Gabriel por inverosímil, a Camilo Sesto por jugar con sus eses y a José José porque hubiera podido pensarse un apellido. En el tercer nivel abandonaría a los gringos que gobiernan las emisoras "adultas contemporáneas": a Air Supply, a Michael Bolton, a Celine Dion. Confinaría a los más perversos al fuego eterno de la cuarta planta: a los incestuosos Pimpinela que le echan "a esa" la culpa de todo, a los Menudo que siguen pegando duro entre los pedófilos, al José Luis Perales que tiene el descaro de preguntar ¿a qué dedica el tiempo libre? el novio de su hija.

Van a irse al infierno. Qué puedo hacer. Es así. Y, si dependiera de mí, cerraría con seguro el hirviente apartamento que les daría a los venezolanos en el quinto sector: tiene que ser horrible pasar la eternidad con Ricardo Montaner, Franco de Vita e Ilan Chester sin poderles gritar "¿por qué no te callas?" Dejaría solo a Julio Iglesias, el rey del vibrato, con su propia voz langaruta: si acaso, si fuera inevitable otro castigo, le pondría en el oído, para siempre, los insoportables malabares vocales de Shakira. Y encerraría en el séptimo sótano a los que para mí son los más artificiosos: los sonrientes italianos Eros Ramazotti, Laura Pausini y Tiziano Ferro. Y mandaría al octavo pozo a los niños baladistas (¿qué te pasa, chiquillo, qué te pasa, diría Pedrito Fernández mientras arde) pues un niño romántico es lo peor que puede sucederle al planeta. Junto con Ricardo Arjona.

Les dejaría el noveno agujero, el peor, a los que oyen esta música para dárselas de irónicos, de astutos, de ingeniosos. La verdad es que odio la frase "música para planchar". Y que la detesto porque detrás de ella está esa moda medio clasista, la moda de reírse de Lorenzo Antonio por haber mandado doce rosas que te gritan vuelve, que revela una arrogancia de persona feliz que no le queda bien a nadie. Pienso que a uno le gustan o no le gustan este tipo de canciones. Y que ponerlas en fiestas, con el objeto de sentirse un poco mejor que los demás cuando todos se han pasado ya de tragos, es como decir "es que yo veo porno porque me dan risa las actuaciones". Yo no sé. Esta no es la música que oigo. No la busco en la radio. No me gusta. Sus arreglos me destemplan. Sus metáforas me dan risa. Sus versos me parecen siempre el mismo verso. Pero sé que una balada romántica lo puede agarrar a uno mal parado. Que puede decir mejor, en el momento preciso, lo que uno está pensando cuando solo está sintiendo. Y hacerlo asentir o lloriquear como si se tratara de recordar que a todos nos pasa lo mismo que a Ricardo Arjona.

No hay nada más difícil que vivir sin ti, canta en este preciso momento el noble buki Marco Antonio Solís, si no te hubieras ido sería tan feliz. Y yo, que ni siquiera lamento que se haya ido alguien, tengo de pronto un nudo en la garganta. Y me veo obligado a aceptar, con las baladas románticas, que las cosas se salen siempre de las manos.
 

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