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Publicado 2007-12-12

Las letras de los boleros

Por Andrés Restrepo

Las letras de los boleros.
"El bolero nunca morirá porque es la máxima expresión del amor", sostienen los amantes de Perfidia y Sabor a mí. Yo sostengo que esa misma razón ha llevado al bolero a terrenos donde no quisiera haber ido. Hay boleros magníficos, donde todo queda dicho y que después de ser dedicados deberían obligar, por ley, a un final feliz. Por simple respeto a la audiencia. Sin embargo, en el afán de elevar al ser amado a lo más alto del infinito y dejarlo ahí, de inventar figuras literarias superlativas para expresar la inmensidad del amor más grande que ha conocido la tierra, algunos boleros han bordeado el terreno del absurdo. Lo cual es apenas lógico cuando lo que gobierna lo que se dice es el paroxismo.

Este riesgo se concreta en boleros famosísimos, de los que se sabe hasta la gente que cree que los boleros se los inventó Luis Miguel. En el bolero Cosas como tú, después de despacharse con líneas tan emocionadas como cosas como tú/ son para quererlas,/ cosas como tú/ son para adorarlas./ Porque tú y las cosas/ que se te parecen/ son para guardarlas/ en mitad del alma; el autor se despide de la mujer amada diciéndole que se lleva sus ojos, su pelo y sus manos de gloria. No queda claro en calidad de qué se lleva todo eso, si deja finca o es prestado mientras sale algo mejor. Lo importante es cómo se lo lleva.

Pues sepan que al autor no se le ocurrió mejor idea que llevárselos cual calcomanía en mitad del alma. ¿Habrá algo menos poético, más prosaico, que una calcomanía? Una calcomanía se quita con agua y jabón, no tiene vocación de permanencia y se ha establecido estadísticamente que en Colombia usualmente es una publicidad de Momo pegada en un Simca. Con el paso de los años, las calcomanías se ensucian, las puntas empiezan a despegarse y terminan cayendo, arrancadas por alguien o simplemente bajo una calcomanía nueva. Pues ese es el futuro que espera a los ojos, el pelo y las manos de gloria de la enamorada del bolerista: debajo de un vulgar "Dios es mi copiloto".

Somos novios, un bolero clásico de Armando Manzanero, también termina en forma extrañísima e inexplicable. Gracias a que ya son novios, como nos informa el título, el autor y la novia procuran el momento más oscuro,/ para hablarnos,/ para darnos el mas puro de los besos, y acto seguido, en la oscuridad, recién cuadrados y dándose picos proceden a recordar de qué color son los cerezos. No piensan en lo felices que son, en los momentos juntos que les deparará el futuro, ni en las cosas carnales en que uno piensa en ese momento. No. Estos novios se plantean una pregunta que además de no guardar relación alguna con el momento, es de una banalidad propia de diseñador de modas: ¿de qué color son los cerezos? ¡Son rojos! Y más precisamente ¡rojo cereza!, por si las dudas.

Hay boleros que rayan en el ateísmo, retando a Dios y pidiéndole cuentas de una forma que Marilyn Manson hubiera calificado de excesiva: Y si es pecado el amor/ que el cielo dé explicación/ porque es mandato divino. Si fueran consistentes, los tríos deberían terminar esta canción pisando pollitos y rompiendo las guitarras contra los amplificadores en el escenario. Hay otros de una falta de humildad que parecen compuestos por Carlos Bianchi. Mar y cielo dice: Mejor es que recuerdes/ que el cielo es siempre cielo/ que nunca, nunca, nunca/ el mar lo alcanzará./ Permíteme igualarme con el cielo/ que a ti te corresponde ser el mar.

Hay otros que parecen hechos por drogadictos: ¿O es acaso normal alguien que diga que los aretes que le faltan a la luna los tiene guardados para hacerse un collar (!)? O esta otra: esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú. Parece decirlo una persona seca. ¿Con qué tipo de anfibio estaría para extrañarse de que su pareja no estuviera empapándose bajo la lluvia?

Finalmente, quedan los boleros como Usted, que en medio de la búsqueda del amor terminan pegándole una insultada a la mujer amada. Parece la canción de un matrimonio en trance de separación, de esos que ya se tratan de usted, de la ira que se tienen: Usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos. Y para que quede claro que ya no se la aguanta un minuto más, le remata: Usted me desespera, me mata, me enloquece...

El punto culminante del paroxismo del amor en los boleros, el momento en que las expresiones de amor irrefrenable caen en un absurdo sin sentido ocurre en Presentimiento. Como en todos los boleros, el autor comienza derritiéndose en amor celestial. En este caso, con un toque de efecto paranormal: Sin saber que existías te deseaba,/ antes de conocerte te adiviné. Un bolero como para el canal Infinito, el de los fenómenos inexplicables. En todo caso, después de describir este amor del otro mundo, el bolero termina: Esos ojos, me dije,/ son mi destino/ esos brazos morenos/ son mi dogal. Para este enamorado bolerista, los brazos de su amada son un dogal, palabra definida por la Real Academia Española como: "Cuerda para ahorcar un reo o para algún otro suplicio". ¡Y hay gente que dedica esa canción! ¡Y hay mujeres que se enamoran con ella! Y ninguno debe tener un diccionario en la casa...

Tal vez, el bolero nunca muera, pero para estar seguros es mejor que la gente no se aprenda la letra completa de ninguno.
 
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