Durante una investigación, los profesores Castañeda y Henao estaban tratando de darle un nombre a la variedad lingüística desarrollada por los jóvenes de los barrios populares de Medellín. Pensaron en llamarla el hablar torcido, el parceñol, incluso el sisasnolas, pero ninguno de los nombres les satisfacía por una razón: venían de ellos mismos y no de los creadores de este lenguaje. Uno de sus colaboradores en el estudio, después de soñar con un amigo al que habían matado hacía poco, les dio la clave. Su parcero le dijo: "Sabe qué, mano, el nombre para nuestra manera de hablar es el parlache". Y así quedó bautizado este particular y vibrante lenguaje compuesto de palabras ligadas en su mayoría al narcotráfico, a las armas, a la muerte y al consumo de drogas, que ahora tiene su propio diccionario. Con un profundo rigor académico, los autores explican y contextualizan términos como jetiar, chochal, foquiado, ansorris, huelengue, y otro millar de palabras, entre ellas una extensa lista de insultos con el prefijo gono- (gonococo, gonopercubia, gonopichurria, gonoplasta, gonopleta, gonorreita, gonorzobia). Una contundente muestra de cómo el lenguaje se transforma según las condiciones sociales que dictan su uso. En este caso, un exuberante código marginal usado por el parche.

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