Hay un serio problema con los escritores norteamericanos de última generación. Escriben con poder, sus historias son complejas y viscerales, pero se extienden mares. Pasa con Chabon, Frazer, Eugenides. Para narrar universos redondos no hace falta setecientas páginas o más. Eso pasa con El tiempo de nuestras canciones. ¿Qué más apasionante que una historia construida bajo la premisa de contar la banda sonora de la vida de una familia? Bueno, pues la pasión puede morir si se ve el tamaño del libro, un bloque que impide tirarse en una cama y leer (la muerte por asfixia sobrevendría). Pero, ¿y si es una nueva Montaña mágica o, para no ir más lejos, Moby Dick? ¿O será que el arduo paginaje es simplemente resultado de todo ese tiempo que tienen los escritores gringos, usualmente becarios, para teclear? Por lo menos las primeras frases auguran algo importante: "En alguna sala vacía, mi hermano sigue cantando. Su voz no se ha apagado todavía".

Richard Powers
Mondarori
772 páginas

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