Para Domingo Bernel, periodista colombiano exiliado hace tres décadas en Barcelona, llegar a dominar el mundo no significa obtener puestos poderosos o trabajos que le representen cataratas de dinero. Para él, un viudo solitario, aficionado al vodka y a los espaguetis al pesto, basta con poder controlar las cosas que lo rodean, cosas que desde un tiempo para acá le han declarado una silenciosa batalla. Entre otros tantos objetos que se han decidido a atormentarlo puntea un taladro a la vuelta de su apartamento que no para de resonar en la mañana y le siguen la tapa del frasco que guarda la salsa con la que acompaña su pasta de soltero, y unos zapatos y un uniforme que le entregan en un sitio al que jamás pensó llegar. Mauricio Bernal logra en su primera novela crear un singular personaje al que arrinconan inventos que en teoría fueron creados para facilitarle la vida al hombre moderno. Con ecos de Pereira, personaje de Antonio Tabucci, Bernal se sirve de Bernel para entregarnos la caída de un héroe de este siglo, en apariencia un neurótico crónico, que en su lucha sobrepasa límites insospechados mientras se agarra como puede de una esquina de la minifalda de Mariana, una puta mexicana a la que frecuenta.

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