Relato de un asesino Mario mendoza Editorial Seix Barral 287 páginas
Es en una cárcel desde donde se han escrito las obras más hermosas de la historia
de la literatura. Y es en una cárcel desde donde el ‘Loco Tafur’, protagonista
de la novela de Mario Mendoza, Relato de un Asesino, inicia un viaje literario
a través de su vida para tratar de entender su destino y librarse de la locura
del encierro (“las palabras son como escudos que me protegen de la demencia”).
La travesía que emprende el protagonista es completa: viaja el lector a través
de la vida del personaje pasando por la ciudad, Bogotá, que ‘El Loco’ explora.
Viaja ‘El Loco’ por su memoria uniendo los episodios de su vida que lo condujeron
a terminar en una cárcel acusado de asesinato. Y viaja el autor, Mario Mendoza,
por los barrios y las historias más oscuras y crueles de cualquier ciudad contemporánea,
como lo hizo en su anterior novela Scorpio City, pero, esta vez, con una voz más
madura. Pero Relato de un asesino no es solamente una historia de muerte, injusticia,
violencia y miseria, es el recorrido que debe hacer un escritor, en este caso
‘El Loco Tafur’, para llegar a la creación literaria que para él es un asunto
de vida o muerte. Es el camino que debe seguir para encontrar una voz que le permita
mostrar el mundo del ‘más allá’, el escondido detrás de la suciedad y la pobreza,
del que él ha sido testigo. Pero es, sobre todo, la comprobación de que en el
mundo, todas las personas son Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, el santo y el perverso,
y por lo tanto la Tierra está poblada de asesinos en potencia.



Su casa es mi casa Antonio garcía ángel Editorial Planeta 176 páginas

Para saber algo de Antonio García (Cali, 1972) sólo hay que asomarse a Su casa es mi
casa, su ópera prima lanzada recientemente en la Feria del Libro, y así darse
cuenta de que el escritor camina los mismos pasos que Martín Garrido, el protagonista
de la novela, y todo por la Bogotá de siempre. La universidad como sinónimo de
rumba, la rumba como escape con los amigos, los amigos que visitan un apartamento
de un hombre solitario, y un solitario que se enreda con los asuntos de un personaje
oscuro son los ejes por donde Garrido transita, tal cual como lo haría García
por plena Séptima con Avenida 19 en Bogotá. Claro, sin saber para donde ir… pero
con la certeza de llegar algún lado. En esta novela García le hace un tributo
a los amigos, a la sicoledía de la música y al absurdo de una ciudad que nos acecha.




Memorias del Míster Peregrino Fernández OSVALDO SORIANO Editorial Norma 241 páginas


Osvaldo Soriano murió el 29 de enero de 1997. Pero por el bien de aquellos que aún no
definen gustos entre la literatura y el fútbol, lo sobrevive su Obra —así, con
mayúscula—. Hay qué decir que no toda ella gira alrededor de un campo de fútbol,
pero lo último que se publicó de él fue precisamente Memorias del Míster Peregrino
Fernández y otros relatos de fútbol, un texto póstumo que recoge una serie de
relatos suyos publicados en el diario argentino Página 12. Un libro que dibuja
a Soriano como una de sus creaciones: Míster Peregrino Fernández un jugador más
para completar 12 y ganar el juego. Así era Soriano. Siempre al ataque. No se
podía guardar nada en busca de un 0–0, sino que siempre pensaba en darle algo
de más al lector. Por eso, en éste como en otros de sus libros, Soriano gana por
goleada.





Los amantes de todos los santos Juan gabriel vásquez Editorial Alfaguara 204 páginas


A primera vista este libro es de aquellos que cualquiera dejaría para leer un día
de esos que jamás llegan. Pero para suerte de Juan Carlos Vásquez (Bogotá, 1973)
—y casi todos los escritores— siempre hay un instante para ser leído. Y si la
curiosidad lo lleva a ojear la primera línea de los cinco cuentos que conforman
este libro, usted ya no se detendrá sino hasta la última palabra. Relatos tristes
que se desarrollan en Bélgica y Francia forman parte de este corolario que bien
podría oír usted, de propia voz de un lugareño, en cualquier taberna de Amberes
o en un café parisino. Lo que se le abona a Vásquez en este su tercer libro (Persona,
Magisterio,1997; Alina suplicante, Norma, 1999 ) es el poder de lograr eso con
la escritura, poder mimetizarse como un narrador que le cuenta historias a sus
contertulios en una noche en que lo único que hay para hacerles oír.





La librera Por Vicente Muerto
En Bogotá, en algún lugar del norte, trabaja
la librera más bonita de esta ciudad. No exagero; no es una mentira: voy al lugar
al que ella trabaja sólo por verla. Por lo general tengo como principio básico
huir de las personas que tratan de recomendar libros, que se paran detrás del
pobre cliente de librería y le susurran qué comprar, cuál es la última novedad
y, lo que es peor, que se acercan a él con un falso radar que trata de descubrir
el gusto de su posible comprador, “¿No te gusta…?” Son un fastidio. Por eso, antes
de conocer a esta mujer, cuando quería refugiarme entre estantes de libros sin
que nadie me dirigiera la palabra, iba al único sitio en el que los libreros no
hablan, no saben de literatura, o no les interesa, o tienen prohibido acercarse
a los clientes para hablar de lo que venden. Ese sitio es Tower Records. Sus existencias
de libros son modestas, no hay demasiados y no creo que pretendan tener muchos,
pero de vez en cuando aparece algún libro de relatos de Ray Bradbury o uno de
Thomas Pynchon: es como un supermercado que importa productos extraños con la
esperanza de un comprador exótico que siempre aparece. El único problema es que
generalmente los libros están sellados con un plástico que rompo para poder hojear
el libro (acto que, con frecuencia, es reprimido por los pseudolibreros que lanzan,
como bobos, un regaño idiota: “en la carátula hay un comentario del libro”). Cuando
rompo el plástico hace su aparición el código de barras. Y empieza la diversión.
Si el libro me gusta, lo compro de inmediato, sin embargo, antes de pasar por
la caja, me doy el lujo de una pequeña travesura: me acerco a la mujer más bonita
que hay en el almacén, veo un disco o una revista cerca de donde ella esté parada,
y luego, con la habilidad de un ladrón, dejó caer dentro de su bolso el dichoso
código de barras: el escándalo por el que tienen que pasar a la salida del almacén,
el “pipipipipi” que anuncia un posible robo y la humillación de dejar revisar
su bolso por el vigilante, hacen que la visita a Tower resulte un poco más divertida
que media hora de charla con un librero. Pero, como ya dije, eso cambió por cuenta
de la librera. El día que la conocí ya le había gruñido a otra mujer que intentó
indagar en lo que quería comprar y me persiguió por media librería. Seguí solo
y hallé un extraño libro de Malcom Lowry, Ghostkeeper y relatos de juventud, y
luego la vi. En el momento de pasar por la caja se puso furiosa, vio el libro
y me confesó que, de haber sabido que estaba en los estantes, se hubiera quedado
con él. Hice un par de chistes bobos y me fui feliz con mi botín. Era una primera
edición de 1978, y como libro, según el prólogo, ni siquiera existía en inglés.
Dos semanas después volví a pasar por su librería. Fui a regalarle el libro. Y
ya no creo que vuelva, ¡Ni siquiera sé cómo se llama!,
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