Las comparaciones son odiosas pero a veces necesarias para dejar las cosas claras: Roberto Ampuero es algo así como la Ángela Becerra de Chile. Sus novelas tienen algo de prefabricadas. Referencias literarias sacadas de la manga (en realidad codazos cómplices a lectores seudoeruditos), personajes cosmopolitas arrancados de guías de viaje y erotismo desafortunado. Es el caso de Los amantes de Estocolmo, un thriller con escritor policíaco, esposa adúltera y vecina suicida —¿asesinada

— a bordo, que va por la octava edición a pesar de contener perlas como esta: "Descubrí que su orgasmo comenzaba desde las primeras palabras, miradas y gestos, con atenciones o comentarios especiales, con deferencias y delicadezas que tenían lugar en un escenario alejado del lecho, y que lo antecedían, como el espionaje a la guerra misma. Allí comprendí que su órgano sexual se prolongaba hacia sus oídos y sus ojos".

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