Bogotá evoca diferentes lugares. En los edificios del centro, plagados de avisos de se arrienda, pareciera ser una ciudad abandonada a causa de alguna maldición irreversible, dice Eduardo Arias. Bogotá no es una ciudad seria. No puede serlo, una ciudad en la que crecen codo a codo los eucaliptos y las palmas de cera, en la que el papel sellado se vende en las salsamentarias, escribe Antonio Caballero. Bogotá multiplicada por once, pasada por agua, con olor a exhosto y a perfume comprado en San Andresito. Así es la antología de crónicas, dos de la cuales salieron publicadas en SoHo, hecha por Roberto Rubiano Vargas para la campaña Libro al Viento.

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