El gusto casi patológico por las palabras que ha desarrollado Antonio García, permite que su segunda novela sea leída más allá de la historia que cuenta, la de Ricardo Osorio, un errático jefe de Recursos Humanos envuelto en peleas de oficina y amores ilícitos. Osorio es un claro exponente de la clase media bogotana, especie hecha de kumis, pan tajado e intrigas canallas, como diría el escritor Roberto Rubiano. Por eso, la fuerza, el ingenio y el sumo cuidado que ha puesto García en el lenguaje liberan a la novela de una trampa en la que habría podido caer. Con gran pericia la salva de ser un sainete colombiano y la pone a navegar en mares más picados, donde, sin duda, el escritor gana por amplio margen la partida. Otro acierto indudable es el personaje más importante después de Osorio: La Empresa. García evita usarla como simple decorado y la convierte en un complejo organismo con tintes kafkianos en plena Zona Industrial e incluso tiene tiempo hasta para crear un extraño personaje-parásito que se alimenta de sus desechos.

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