Hace un par de viernes me despedí de mi esposa, a la que le noté pocos celos, cierta risita burlona y una exagerada despreocupación cuando le dije que me iba "solito" a rumbear a Massai. Así como a la anciana de la película Titanic le pusieron chal y la metieron entre esa navecita submarina con exploradoras para sumergirse y recoger sus pasos o, mejor, sus brazadas; decidí treparme al carro y elevarme por la montaña muy cerca de La Calera para regresar a aquel lugar en el que naufragaron tantos de mis levantes y donde logré sobrevivir a muy pocas de mis borracheras.

Me fui calentando la rumba con las mezclas de la emisora La X. Aceleraba a fondo antes de que cambiara el semáforo y miraba quiénes eran mis competidores detrás de la cebra. Al compás de Bananarama, Rick Astley, Technotronic, Kool & The Gang y Pet Shop Boys metía los cambios de manera brusca y me cambiaba hábilmente de carril como en aquellos años en los que nuestro modelo al volante no era Juan Pablo Montoya sino don Vicente, el conductor de la ruta 4 que ponía su mano derecha sobre la barra de cambios con cucarrón verde cristalizado, posaba su mocasín negro con media blanca de toalla sobre un pie metálico en forma de acelerador, y pisaba el freno haciendo que se encendiera un pequeño bombillo dentro de una Virgen del Carmen, hecha de caucho.

Mientras subía por la carretera detrás de un lento y escandaloso bus sin paredes de Chivas Tours, miraba de reojo la ciudad llena de avenidas amarillas que se asomaban entre los árboles. Me acordaba de la llanura abierta de Kenia en la que viven los massai. Pensaba en sus rangos de edad que van desde infancia, guerrero menor (moran), guerrero mayor, adulto menor y adulto mayor. Era demasiado consciente de que estos datos no los había sacado de ninguna biblioteca, sino de los documentales de National Geographic Channel que nunca me pierdo los viernes a esta misma hora, debajo de mis cobijas.

Al llegar a la paloma blanca pintada en la roca por orden de Belisario Betancur, me acordé de un apunte caleruno al que hace poco le celebraron los 17 años de su invención: "Vea a Bogotá desde aquí y fíjese cómo se ve de triste la ciudad… sin mí" (en su momento fue chistoso).

En la curva, sobre la carretera, en donde está la entrada a Massai puse luces de parqueo para girar a la izquierda porque me considero todo un "salvavías". En el hall de la entrada, mi primera sorpresa: me doy cuenta de que las caras de quienes me atendieron en aquellas épocas ochenteras y las de esta noche son las mismas. Pago mi cover y confirmo que los empleados siguen trabajando aquí después de tantos años. Todos hacen la misma labor menos Carmelina, la que era mesera y que ahora se encarga del guardarropa. Con su mirada me dice que me guarda lo que yo quiera. Gracias, mija, pero no me pienso quitar el saco en toda la noche. De pronto, se me mete el chiflón y amanezco costipado. Le pregunto por su antigüedad en la institución y me dice que acaba de cumplir diecinueve años trabajando allí. Es decir, ella perfectamente le pudo haber servido el licor que facilitó el orgasmo con el que se fecundó el cliente que estaba parado fumando, detrás de mí. El DJ sí es diferente. Ya no está el que gritaba: "Dónde están los de la Javeriana" para que gritaran enloquecidos, o el que anunciaba: "A Paula la está esperando su papá en la entrada", solo para que todos la chifláramos así no supiéramos quién era Paula.

Me ponen el sello en el brazo y lo recibo con solemnidad como un símbolo del guerrero mayor que vuelve a su tribu para que a cualquier guerrero menor (moran) que me mire rayado, le vaya bajando la espuma al chocolate. A propósito de chocolate, el frío es tan berraco que estoy que me pido uno con quesito, achiras y almojábana.

Paso revista al lugar y camino con seguridad como si fuera a buscar una mesa repleta de gente que me espera. Sigo caminado solo y me doy cuenta de que se conserva la misma arquitectura, las mismas escaleras, las mismas mesas, el mismo piso. Uno que otro arreglo menor, pero mi templo Massai es el mismo. Salgo a la terraza y ese frío tan berraco me quita mi sonrisita nostálgica. Me impacta esa hermosa vista sobre la ciudad que en diciembre de 1990 me inspiró hermosas palabras para convencer a muchas mujeres de darme su teléfono y que ahora solo veo como una buena imagen que podría ser la portada de las Páginas Amarillas y Blancas Comerciales del 2007.

Sigo parado mientras el viento me pega en la cara y mueve mi pelo. Me interrumpe de manera abrupta un cliente para preguntarme si le puedo traer una jarra de jugo de naranja. Haciendo cara de yo no trabajo aquí, le digo que hay por ahí otras personas encargadas de eso. Cierro un poco los ojos y ahora tengo un aspecto bélico de guerrero silencioso que vigila su llanura keniana. De repente, Camilo Arias, el dueño, tal vez piensa que me vine a suicidar y me interrumpe saludándome amablemente para evitar que un levantamiento de cadáver le espante los clientes que estaban empezando a llenar el lugar. Le cuento que estoy allí para… ¿Qué se quiere tomar? —muy gentil me pregunta— y, entre las 24 alternativas etílicas que me ofrece, escojo el tequila con ginger pero sin tequila: solo ginger. Lo que pasa es que estoy manejando. ¿Solo ginger? ¿Sin tequila? ¿Sin hielo porque el frío le tiene temblando la cumbamba? Quién lo creyera. Hace unos años el reto era beber, aguantar, beber, aguantar y beber. Bajarse desde La Calera burlando el retén policial y luego llegar a la casa a burlar el retén paternal. La diferencia es que en aquella época todos los platos rotos los pagaban los papás. Ahora, yo "solitoooo" soy el que podría desajustar mi presupuesto mensual pagando comparendo, grúa, el parqueadero en los patios, tramitador, espejos y demás accesorios que le desvalijan al carro. Y a eso súmele llegar a la casa el viernes a pata, tirarme la ida a hacer mercado el sábado con mi esposa y la misa en el cementerio el domingo con mi mamá. Mejor échemele harto zumo de limón a la ginger para que parezca otra cosa, yo con eso me bandeo.

Entré y me fui hacia el lugar donde los solitarios dejan de serlo: la barra. Casi todos los clientes eran niñas del Marymount y tipos del Gimnasio Moderno. Sentí que la raza massai había mejorado. Cuando yo venía por acá las niñas no eran tan lindas como las que hay aquí. Ahora, ellas parecían modelos de Mango y los tipos, a pesar del pelo peinado como si fueran un mango chupado, parecían todos modelos de Abercrombie.

¿Qué comían nuestras novias y qué comen ahora estas niñas tan hermosas? ¿Qué nos habrá hecho a los hombres tan normales tirando a feos? ¿La Emulsión de Scott con aceite de hígado de bacalao? ¿El boli? ¿El banano picho entre la lonchera? ¿Las gomitas de colores que uno amasaba en el recreo hasta volverlas una amalgama verde-marrón? ¿Será que como antes no había efecto invernadero a nosotros nos faltaron quince minutos más entre el horno?

Se sientan unas niñas a mi lado. Una de ellas está demasiado linda, pienso. Sin timidez ella me saluda. Me pongo nervioso. Primero, le pregunto el nombre y dos sorbos después, la edad. ¿18 años? Le digo: pareces de más. Me cuenta que está feliz estrenando cédula. De repente, saco cuentas y me sorprendo con que este año es la cuarta vez que yo voto para elegir presidente. Aquí parezco un tío chiquito de esos bacanes a los que uno les pedía prestado el apartamento y el carro. Ella me pide que la invite a una cerveza. Y, como los hombres somos directores de cine en potencia, me imagino con ellas metido entre un jacuzzi lleno de Brava en un chalet en La Calera con la ciudad de fondo. Antes de sacar a relucir armas de cacería como: ¿cerveza? puedes pedir una botella de lo que quieras y yo la pago para que no tengas que hacer vaca. Y luego el arma mortífera: tengo un carro que huele a nuevo y si te vas conmigo no tendrás que meterte a las malas entre uno prestado, ni sentarte en las piernas de nadie. Tomo impulso para desenfundar de manera sutil mi primera flecha y antes de musitar palabra ella me dice: ¿Tú eres impulsador de Heineken, cierto?

Vuelvo a salir a la terraza para tomar aire muy frío. Allí me encuentro de nuevo con Camilo a quien le pregunto la historia de Massai. Me cuenta cómo su sueño se hizo realidad hace veinte años. Me hace caer en la cuenta de que Bogotá no tenía rumbeaderos grandes. Y que precisamente eso fue lo que lo hizo ganador: Un lugar en La Calera con características de discoteca de ciudad respetable. Me dijo que fundó un club en el que la gente tenía que pagar una buena suma de dinero para hacerse socio y poder entrar a rumbear. Me contó de los grandes artistas de merengue y salsa que dieron inolvidables conciertos para todos sus socios. Y que en la época de Antanas Mockus logró sobrevivir a la Ley Zanahoria porque su lugar no era un bar convertido en club a las patadas, sino una entidad constituida desde hacía muchos años. Entré de nuevo para patrullar y oigo una canción muy extraña que me genera una sola pregunta: ¿Qué diablos será una "locura automática"? ¿Será la que están sufriendo los cajeros por la fusión de tanto banco?

Me acerqué a la cabina del dj y le pregunté si tenía Soy un hombre divertido, Tú la tienes que pagar, Me enamoro de ella o De oro, de La Familia André. Me respondió: "¿Viejoteca? ¡Claro! Más tarde, con mucho gusto. Ahora es pura chirimía, son caribeño, tropipop y reggaetón". Para confundirlo como él lo acaba de hacer conmigo le pedí una guaracha. ¿Una qué? Sí, hombre. Una guaracha llamada Que viva Changó, de Celina y Reutilio. Me dijo que el único Changó que había en Massai era una estampita de este dios pagano al que Carmelina le pone una vela todas las noches.

Decido marcharme. Camino hacia la salida y frente al guardarropa viene hacia mí una rubia hermosa que me ve y me sonríe. Nos detenemos. La saludo, le digo que me llamo Mauricio y ella me dice que se llama Cristina. Le aclaro que no trabajo para ninguna empresa de licores. Me pide que me quede quieto para verme los ojos. Durante milésimas de segundos pensé que quería besarme de manera repentina y como Adolfo Pérez en sus comentarios deportivos siempre dice que los partidos solo se acaban cuando el árbitro pita, pensé que este podía ser un gol en tiempo adicional. Quería decirle una frase de Los ricos también lloran: Cristina, no lo hagas, yo soy un hombre casado y, además, podría ser tu padre. Pero cambien de canal y se me ocurrió una de Pero sigo siendo el rey: en el amor, la edad no es una razón. Ella estiró su dedo índice como E.T. ese personaje de ficción que ella jamás conoció. Me quedé quieto mientras dejaba que su mano lentamente se fuera hacia mis gafas. Chocó su dedo con uno de mis vidrios de aumento. Cuando el impacto me hizo echar mi cabeza hacia atrás, me dijo: "Yo pensé que sus gafas no tenían lentes, están superlimpias... ¡Chao!".

Yo tengo casi el doble de la edad de cualquiera de esas niñas y Camilo tiene casi el doble de la mía. Sin embargo, yo estoy más cerca de él que de ellas. Entre los massai ya no soy guerrero mayor sino indio barrigón. Por eso les di las gracias a todos, me terminé mi quinta ginger a fondo blanco, me despedí y salí con dos mil pesos en la mano para darle al tipo del parqueadero quien apenas me vio, se escondió detrás de un árbol. Creo que la próxima vez que vuelva a subir a Massai será para recoger a alguna de mis hijas que todavía no tengo, antes de que llegue un guerrero menor con su lanza inquieta a ofrecerle muchos vasos de tequila con muy poca ginger.

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