Y ahí estoy yo, en pleno mayo, pero no del glorioso 68 sino del vergonzoso 82. Son las 4:00 p.m. y me acompaña la mitad de los tipos berracos de cuarto de bachillerato del San Bartolomé La Merced ("donde hay un bartolino hay un caballero; donde hay dos, hay tropel"). Estamos en una discoteca juvenil —que nadie mencione la palabra chiquiteca— que se llama Río, en la bogotana quince con noventa y algo, cuando la quince era una calle imponente, y no el cagadero de hoy. A una cuadra está Hamburguesas del Oeste, donde uno puede servirse todo el pepino adicional que le quepa. Río queda en el segundo piso de un edificio que luego fue un Presto y cuando Presto dejó de vender hamburguesas con sabor a Goodyear se convirtió en lo que es hoy: una clínica.

De la cintura para arriba estoy más o menos presentable, pero del ombligo para abajo me nace un pantalón blanco entubado con rayas azules que da grima. Tengo, obvio, billetera de velcro, tenis Rebook negros con banderita de la Gran Bretaña, una camiseta apretada tipo béisbol y una chaqueta de Ticky: conmigo; para no hablar de los especímenes que me rodean, Andrés López podría escribir la segunda parte de su Pelota de letras. Y entonces, exactamente hace 24 años, suena Eye of the tiger, de Survivor, un grupo con nombre de reality que no sobreviviría la década. Hace parte de la banda sonora de Rocky III y nos lleva a todos a la pista, donde es rey mi amigo Kbto, el mejor bailarín del colegio. Se sabe todos los pasos teatrales del momento: el jinete, la pared, el vaquero enlazando y el cachaco.

Kbto y yo, y Nanda, y Girón, y el Pato, y el Pastuso (y todos los otros que se cabrearon con mi artículo en SoHo sobre las reuniones de ex alumnos) estamos hechos de un material muy especial que nos permite, sin avergonzarnos, bailar el ojo del tigre y, un par de meses después, tararear Hard to say I'm sorry, de Chicago, un grupo que canta baladas que no interpretaría Marlon Becerra si fuera a convertirse en pop star (Marlon cantaría Can't fight this feeling, de R.E.O. Speedwagon). Imagínese: creemos que Lionel Richie es un ídolo, aplaudimos a Toni Basil y grabamos casetes con las canciones más fétidas de Hall & Oates (Hall es un gringo maluco con patillas Nike y Oates parece un mendigo guatemalteco).

De Río me voy para la casa en la Chicó-Pasadena-Niza, mi buseta infalible, donde el chofer garantiza que nunca me falte música de Amanda Miguel, Pimpinela, Las Flans, Daniela Romo, Rocío Dúrcal y demás lobadas que, dos décadas después, aceptaré como decorosa música de plancha. Estamos en los repulsivos años 80: el rock en español se presenta en emisoras como algo de broma… David Summers ¿canta? con sus Hombres G, Pilar no tiene bicicleta (pero qué buen par de tetas), conocemos las virtudes de la agüita amarilla, sabemos de memoria la historia de Igor y Penélope y Compañía Ilimitada parece la versión criolla de Soda Stereo. Las letras más serias (porque nadie entiende las de Soda) son de Los Prisioneros, tres chilenos con cara de prisioneros.

Es una época terrible en la que Michael Jackson toca niños, pero nadie se ha dado cuenta. Adoramos las peores y más comerciales canciones de genios como Wonder (Solo llamé a decir te quiero, Chica de rojo… ¡hágame el favor!), creemos que Michael Sembello es un profeta, comentamos (¡qué pena!) lo bien que lo hacen juntos Dolly Parton y Kenny Rogers, juramos que cuando McCartney canta con Jackson Ebony & Ivory y Say, say, say el 'duro' es Jackson, y nos parece de lo más normal Boy George, con túnica, maquillaje y camaleón karmático (como llegaría a parecerse al Jota Mario Valencia de Telesemana).

Todos queremos cantar y bailar como Kevin Bacon en Footloose (lo doblaban cantando y bailando), le hacemos barra a Cindy Lauper (¿Sandra López ), porque nos parece que es la gran competencia de Madonna y Tina Turner nos arrecha un tris. Sé de alguien que quiere dejarse el bigote al estilo de Prince y ninguna de mis amigas duda de la virilidad de George Michael. Phil Collins tiene pelo, cuarenta voces que desperdician comida en sus casas se unen para alimentar al África, Huey Lewis es 'alguien', Falco tiene futuro, se venden discos de Bananarama, Mi abuela (de Wilfred y Las Ganga) es una canción respetable, la melena de Bon Jovi (y David Lee Roth, y Axl Rose, y todo White Snake) tiene su encanto, Tiffany y Debbie Gibson 'prometen', digerimos sin necesidad de barbitúricos a Miami Sound Machine de Gloria y Emilio, Don Fulgencio es toda una celebridad musical, defendemos el reggae ligero de UB40, Menudo nos envenena, pero aceptamos a los New Kids On The Block, no tenemos ni idea de que Milli Vanilli es la gran estafa de la década y, extrañamente, no promovemos una campaña para hundir en lava hirviente a Michael Bolton y a Richard Marx. Tenemos muchos cojones: si es necesario, para levantarnos una vieja, bailamos Fantástica mujer, de Zimm Morris, o El loco y la luna, de Wilfrido (un tipo que se hizo célebre con los bailes del perro, el mico y hasta el marciano).

Son los años 80, pero no todo es una desgracia: hay cosas buenas, musiquita elaborada de Peter Gabriel y The Cure, y rock progresivo… pero las emisoras nos enseñan que en el mal gusto está el placer. Somos hijos de Dorian Gray Villalobos. Todos envejeceremos. Él no. Aún tiene pendiente su cita con el retrato.

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