Era la etapa número 14 del Tour de Francia de 1985, tal vez el más glorioso y exitoso que ha vivido Colombia. Lucho Herrera portaba la camiseta de pepas rojas que lo acreditaba como el rey de la montaña, mientras que Fabio Parra tenía en su poder el maillot blanco de mejor novato. La noche anterior noté que Lucho estaba nervioso, él tenía una premonición de lo que podía ser el vertiginoso descenso a Saint-Etienne. Mientras que el masajista lo atendía, yo, en mi condición de médico del equipo, le hacía varios exámenes y tratamientos para manejar la tendinitis que lo aquejaba. Lucho analizaba el croquis del trayecto. Eran cinco premios de montaña de primera categoría y una llegada con un descenso de miedo. Como pocas veces solía hacerlo, Herrera rompió su característico silencio y dijo: "Médico, yo no voy a atacar en los primeros puertos de montaña, que el desgaste lo hagan otros. Yo me guardo para el último ascenso, si llego a la bajada con más de un minuto de ventaja, la etapa es mía". Las cosas se dieron como las anunció 'el Jardinerito': al iniciar el descenso llevaba 1 minuto con 50 segundos de ventaja sobre el lote donde venía el líder, Bernard Hinault.

Recuerdo que yo iba en el carro de Café Colombia con el técnico Raúl Meza. Estábamos felices, sabíamos que bajando era difícil alcanzar a Lucho, además de eso la carretera era angosta y eso dificultaba el trabajo de persecución de los otros corredores. En una curva ocurrió el accidente. Lucho cayó al piso, rebotó y sorpresivamente quedó en pie. Junto al mecánico del equipo nos bajamos del carro para ayudarlo. Yo me alcancé a impresionar cuando le vi el rostro cubierto de sangre, pero mantuve la compostura. Era increíble, Herrera hasta en una caída de esas era callado y mesurado. Lo montamos en la bicicleta, le dimos un impulso y este colombiano siguió como si nada. Lo empujamos con el alma más que con otra cosa.

Nunca voy a olvidar el orgullo que sentí cuando lo vi cruzar la línea de meta levantando los brazos con la cara ensangrentada. La llegada fue un caos, Hinault también se cayó y la cantidad de periodistas e integrantes de otros equipos dificultaban la labor de buscar a Luis Herrera para revisarlo, evaluarlo y curarlo.

Por ser el ganador de la etapa, Lucho tuvo que cumplir con la prueba antidoping antes de poder atenderlo. Lo recibí cerca al carro de Café de Colombia y me impresionó su calma. La herida estaba localizada en el arco superciliar izquierdo, no era muy profunda, pero la sangre seguía saliendo. Empecé a coserlo y él solo me preguntaba qué decía la gente. Yo le dije: "Luchito, tranquilo, dicen que eres el gran rey de las montañas". No se quejaba por la sutura, fueron siete puntos, Herrera tenía mucha tolerancia para el dolor. La caída le pasó factura dos días después cuando llegamos a Toulouse, todo el equipo trabajó para él y no perdimos tiempo. Herrera, magullado y con dolor, respondió al reto: finalmente ganó dos etapas, la 11 y la 14, y terminó como el campeón de la montaña.

Han pasado 21 años y me queda la satisfacción de haber estado en un momento crucial para el deporte colombiano. Fui el médico de un campeón y pasará mucho tiempo antes de que aparezca de nuevo un escalador como él.

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