Guerra de estrellas de Cinevisión fue uno de los concursos que marcó historia durante la década del 80 en la televisión colombiana. Con Saúl García, el presentador, formamos una dupla de trabajo que cautivó a la audiencia. Era un programa que medía la cultura y la inteligencia de los concursantes con preguntas, el participante veía un tablero electrónico que tenía más o menos 50 letras que estaban en polígonos. Había que llegar al otro lado por cada punta o de arriba abajo. Cada letra correspondía a una pregunta que comenzaba con esa letra. Yo me hice famosa gracias a este programa.

Mi llegada al mundo de la televisión tuvo su dosis de traumatismo. Yo estudiaba en el colegio Marymount y sufrí un grave accidente: una tractomula me pasó por encima de las piernas. Luego de muchos tratamientos y terapias terminé un buen tiempo en muletas. Mis amigas, con la complicidad de mi mamá, organizaron mi llegada a Guerra de estrellas con la firme intención de ayudarme a salir del encierro y la depresión que generó el accidente.

Era una auténtica odisea. Empecé como la modelo que les alcanzaba la plata a los concursantes, yo estaba en muletas y no podía salir así en pantalla. El director y los productores hacían varios trucos de edición para que no se vieran mis desplazamientos en el set. Una cosa que me estresaba mucho más que el uso de las muletas era el hecho de tener que darles besos a los concursantes, es bueno decir que no es agradable sentir besos húmedos de un desconocido.

Un día pedí que me dejaran hablar en el programa, ahí empecé una relación de amor y odio con Saúl García que al final fue la clave del éxito de Guerra de estrellas. Era un juego de echarnos chistes y vainas. Mi vestuario era como espacial, con colores vivos. Con el tiempo, cuando adquirí un gran protagonismo dentro del concurso, los mejores diseñadores de la época, que hoy siguen vigentes: Alfredo Barraza y Hernán Zajar, diseñaron mi vestuario.

Guerra de estrellas se grababa una vez a la semana en los estudios de Inravisión. En un solo día se hacían dos programas. Recuerdo que en el receso, en lugar de maquillarme, yo me volaba a una venta de chicharrón que quedaba en la esquina. Era una delicia y de ahí me sacaban para ir a grabar.

Yo trataba de ayudarles a los concursantes que tenían mucho talento. Por ahí me gané más de un regaño por tratar de soplarle o darle alguna pista a alguno. Rifas, Juegos y Espectáculos estaba atento para sancionarnos, pero yo me las arreglaba para soplar sin detrimento del concurso. Una vez sí me asusté, al cierre de un programa a un muchacho le faltaba una letra para ganar el premio mayor, él tenía que adivinar qué le faltaba a un skecth musical que yo hacía. Salí bailando una cumbia, pero sin vela en la mano, esa era la clave, yo trataba de darle muchas pistas para que se diera cuenta de que el detalle estaba en la ausencia de la vela. La productora se puso muy brava, cortó la grabación y ordenó cambiar todo.

El programa creció y duró casi seis años al aire. Yo empecé a trabajar como modelo e incluso fui la señorita Nariño en el Concurso Nacional de la Belleza e instauré algo que innovó la televisión colombiana: el de los noticieros con reinas de bellezas en Cinevisión. De igual forma, con María Pía Duque y Ángela Sanmiguel escribíamos una columna de ex reinas en El Tiempo. Saúl también empezó a hacer muchas cosas, entre ellas Saúl en la olla, y Guerra de estrellas, poco a poco, se acabó en 1987.

Me dediqué a la actuación en Colombia y el exterior. Hace unos años me radiqué en Mérida, Venezuela, donde soy la directora del Festival de Cine de este país. Tengo tres hijos, uno de mi primer matrimonio y dos del segundo. Un día mi padre me llamó y me dijo que Saúl García había muerto. No supe de dónde agarrarme, le tuve mucho cariño y fue un apoyo genial para mi vida. Guerra de estrellas me dio a conocer y lanzó mi carrera como reina, modelo y actriz. Hoy miro hacia atrás y veo este concurso como un bello principio que me dio un sentido de la integridad.

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