Perder un hijo es lo peor que le puede pasar a cualquier madre. El dolor, más allá de lo intenso, perdura para toda la existencia. Mi hijo Nicolás murió en 1980 cuando apenas tenía 17 meses de edad y la tragedia que vivimos en nuestra familia paralizó al país y también captó la atención mundial. Un terremoto que sacudió a Pereira en 1979 me hizo tomar la decisión de buscar más seguridad en la zona rural de Cerrito. La sobreprotección hacia mis hijos Nicolás y Claudia, de tres años, me hizo pensar que era mejor no vivir en la capital matecaña y nos fuimos al condominio familiar que estábamos construyendo con Óscar, mi esposo. Era un conjunto de casas en forma de herradura con un pequeño camino que comunicaba a los potreros aledaños y muy cerca de allí estaban sacando agua de un pozo para surtir las casas. Era un aljibe muy profundo con un diámetro del tamaño de un disco de acetato de la época. Quince días antes de la tragedia de Nicolasito tuve una premonición, todos los primos jugaban en la grama y nos percatamos de la presencia del hueco. De inmediato hablamos con los encargados y nos dijeron que en pocas semanas lo tapaban. El 28 de octubre es una fecha que no voy a olvidar jamás, ese día vi a mi hijo con vida por última vez.

El abuelo de Nicolasito le había comprado un burrito para la finca y a mi hijo le encantaba que todas las mañanas yo lo llevara a visitarlo. Óscar se fue para la oficina de Davivienda que gerenciaba en Pereira y yo me dispuse a ir con Nicolás a ver el burro. Salimos de la casa a las 9:30 de la mañana de un día hermoso, tomamos el camino cerca del potrero, yo iba adelante y mi hijo unos pasos atrás con un jugo de mandarina en la mano. De pronto vi que el niño se desvió hacía el hueco y solo grité: ¡Nicolás! Y Nicolás se me fue…

Mi bebé de 17 meses se había ido al hueco. Corrí, le seguí gritando y no lo podía ver, solo se escuchaba su voz diciendo: ¡Mami! De inmediato mi pedido de auxilio fue atendido por Gregorio, uno de los trabajadores de la finca. A los cinco minutos, ya había veinte personas tratando de hacer algo por mi hijo. Recuerdo que trajeron tubos de PVC y trataban de pasarle aire al niño.Mi esposo fue avisado de la situación por su hermano. Él recuerda que del desespero y la angustia por poco se estrella en el carro.

No nos dimos cuenta cómo pasó, pero la noticia se regó por toda Pereira. Las horas corrían y yo me estaba enloqueciendo. Decidieron sedarme y mantenerme lejos del lugar para facilitar las labores de rescate. Se hicieron presente los bomberos, la Defensa Civil, un sinnúmero de médicos, equipos de rescate y los medios de comunicación. La CVC del Valle fue la que hizo el movimiento de tierra y el túnel por donde trataron de sacar a mi hijo. La organización Ardila Lulle puso a disposición nuestra un helicóptero en caso de necesitar un traslado de urgencia para Nicolás.

La solidaridad fue como una avalancha que no entendimos en el momento, pero hemos agradecido toda nuestra vida desde que Nicolás se fue. El país volcó su atención hacía mi hijo; yo recibía llamadas de diferentes partes del país y de muchos lugares del mundo. Todo duró tres días. A veces en la radio decían que al niño lo habían sacado vivo y luego que no.Se especuló mucho.

Una de las personas que más nos apoyó fue el padre Darío Castrillón, quien en ese entonces era Monseñor de Pereira. Él fue el encargado de darme la noticia, a las 3:30 de la tarde, del 31 de octubre de 1980, que habían sacado el cadáver de mi hijo Nicolasito. En ese instante corté mi relación con Dios y me pregunté por qué le pasaba eso a unos padres tan buenos como nosotros y a un niño tan bello e inocente como mi Nicolás.

Según el dictamen médico de un cuñado nuestro, Nicolás duró vivo 24 horas, murió alrededor de las 10 de la mañana del 29 de octubre. Todos los esfuerzos fueron en vano, trajeron varias retroexcavadoras, expertos en ingeniería de todas partes del país, "topos humanos" de Panamá y hasta el presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter nos ofreció su solidaridad y ayuda.

El funeral de Nicolasito fue apoteósico, las colas eran interminables al igual que mi dolor. Hoy, después de 26 años, mi familia sigue adelante. Con el tiempo capté la dimensión de lo que la tragedia de Nicolás generó en este gran país. Todos veían en Nicolasito a su propio hijo.

Por más que pase el tiempo, cada día pienso en mi bebé, cada noche sueño con él y muchas veces imagino cómo habría sido su vida. ¿Sería profesional? ¿Médico quizás? ¿Estaría casado?

Me reconcilié con Dios al poco tiempo de la tragedia. Mi esposo ha sido el gran soporte para sobrellevar las cosas durante todos estos años y una nueva ilusión hizo que mi vida tuviera sentido. Mi hija Claudia y la llegada de Nicolás, mi hijo menor que físicamente es muy parecido a Nicolasito. Ellos viven orgullosos de un hermano que no conocieron y llevan su legado con integridad. Un legado que indica que Colombia es un país de gente buena, de solidaridad y donde unos pocos dañan a los demás. Yo con el corazón le agradezco a este país que entregó su corazón ante la tragedia de mi hijo Nicolasito.

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