El otorrinolaringólogo danés Ole Bentzen se murió de risa en 1989 (quiero decir: tuvo un ataque mortal de risa) durante una de las escenas más absurdas de aquella comedia titulada Los enredos de Wanda. El heladero tailandés Damnoen Saen-um murió en 2003 tras una larga risotada no obstante los esfuerzos de su esposa por despertarlo del sueño feliz que soñaba. Se dice que el profeta griego Calcante falleció a punta de carcajadas porque el día en que iba a morir (según sus propios vaticinios) estaba a punto de acabarse. Pero la enciclopedia que estoy consultando ahora, intrigado por la razón de ser de la risa, se preocupa por aclararnos a todos que se trata de "tres fracasos aislados del instinto de supervivencia". Reírse es, según los especialistas del volumen que menciono, una conmovedora forma de enfrentar el peligro, la incertidumbre, el desaliento. Y morir por ello, no regresar del ataque de risa como se regresa del infierno, es solo otra manera de cumplir con el destino.

De vez en cuando es bueno un ataque de risa. Como sucede en los peores momentos, en una comida donde una suegra que se cree de otra clase social, en una junta de negocios plagada de corbatas de marca o en el funeral de la mamá del estricto profesor de geografía, atragantarse con las propias carcajadas no suele ser, mientras está sucediendo, una experiencia del todo satisfactoria. Horas después, sin embargo, se convierte en uno de los grandes logros de una vida. Y lo digo, por supuesto, porque el otro día sentí que me moría de la risa (empezó porque sí, por Dios, la cosa ni siquiera era tan chistosa) bajo la mirada aturdida de una familia que acababa de conocerme. Y lo único que lograba pensar, mientras tanto, era "Dios mío: si salgo de esto prometo no volverme a burlar de la gente que no puede pronunciar bien la erre". Al otro día, claro, me sentía orgulloso de mi ataque. Me divertía imitar a la gente que cecea. Y pensaba en cómo fortalecen los ataques de risa que no matan. Y en que reírme me hacía más humano, o humano, al menos, porque muy pocos animales son capaces de hacerlo. Y los periodistas deportivos no cuentan.

Un paréntesis: odio la risa escrita, los ja, los je y los ji tan de moda en internet, porque no tengo pruebas de que en verdad haya sucedido.

Vivo orgulloso de mis ataques de risa. Cedo a ellos en vez de decir "no puedo más", "me rindo", "tengo miedo", siempre que mi vida trata de ponerse demasiado seria. Y siempre, sin falta, tienen la misma estructura. Primero: se tiene claro que se está atrapado en una escena grave: una comida, una junta, un funeral. Segundo: ocurre el hecho (una frase, un gesto, un recuerdo) que desencadena las primeras risitas. Tercero: el cerebro se queda atrás, en el segundo paso, incapaz de entender lo que acaba de suceder. Cuarto: la risa se independiza de la persona que ríe, se convierte en un vergonzoso ser con vida propia, como si se tratara de probar que nadie puede cantar victoria en cuestiones de madurez. Quinto: la risa vuelve a empezar, resurge desde sus cenizas, desde sus babas, desde sus fosas nasales abiertas, cuando todos pensaban que el momento incómodo había terminado. Y sexto: vienen las lágrimas, las lágrimas de felicidad, a sellar la gloria que vendrá (el orgullo que se sentirá) en los días siguientes.

Otro paréntesis: odio la risa falsa, la risa entre dientes de aquellos a los que no les pareció chistoso el chiste, porque es como casarse sin estar enamorado.

Y creo, para cerrar el paréntesis, que lo mejor que puede pasarnos es que todo el mundo se ría de verdad, que todo el mundo experimente esa visita a la muerte, ese regreso a la vida, que es un ataque de risa. Pensémoslo. El de La gente de la Universal, una prueba para los nervios, es un verdadero alivio en una guerra a muerte. El de Monty Python, que parte de un supuesto chiste más chistoso del mundo, les quita la vida felizmente a todos los que lo padecen. El de Mary Poppins es genial: la gente vuela alrededor de una mesa flotante, empujada por el motor de las carcajadas, tal como debería suceder en la aplastante realidad. Y pienso en esos ejemplos ahora, pienso en aquellos ataques de risa en estos días en los que me he empeñado en entender por qué las cosas pasan como pasan, cuando pasan, donde pasan, porque no veo otra respuesta, aparte de la risa, a todas esas preguntas mal formuladas que nos enredan la vida.

Ya no más preguntas. No hay tantas respuestas. ¿Qué es Dios? ¿Existe el destino? ¿A qué se viene al mundo? Yo creo que todo tiene que ver con reírse. Que se recuerda a Dios, como a humor, cuando a la seriedad se le está yendo la mano; que estaremos, cuando grandes, en las manos de la gente que nos haga reír; y que se está vivo para sobrevivir a punta de ataques de risa. Y eso es todo.

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