El teléfono celular ha perdido su encanto. Atrás quedan esas épocas en que le daba al usuario, que cruzaba los semáforos en rojo a pie y de afán y con el aparato en la oreja, cierto carácter neoyorquino.

Los grandes empresarios, que montaban su importancia sobre lo difícil que resultaba que devolvieran una llamada, hoy en día son fáciles de conseguir si uno averigua el número de su celular. No pueden esconderse, están a la mano. Y, como van las bolsas de valores, ya ni siquiera son grandes empresarios. Solo les queda el afán.

Por supuesto: para los médicos, los abogados, los periodistas, los políticos o los siquiatras parece ser un indispensable elemento de trabajo. Pero el noventa por ciento de los que lo utilizan, esos que se estrellan porque acaban de contarles un chisme o que son atropellados porque no alcanzaron a mirar para ambos lados, esas que hacen más de mil puntos en el jueguito de la víbora y que a la una de la mañana reciben, vía satélite, el regaño del papá, lo tienen porque ahora, como van las bolsas de valores, resulta más barato tenerlos que no tenerlos.

Es la decadencia del celular. Lo regalan con cremas de dientes y cajas de cereales. Todo el mundo lo tiene. En todas partes se oye el insistente timbre de alguno: puede ser un agudo martillito en la cartera, una constante y comprometedora vibración en el bolsillo del pantalón, una versión libre de “bongosero que se va” o de “a mí me llaman el negrito del Batey”. Sea el sonido que sea, siempre será alegre y emotivo, y el dueño, mientras busque por todas partes su aparato, se volteará a ver a los demás y les picará el ojo para averiguar si les gusta el timbre que escogieron.

La gente, cuando tiene un celular, no conoce límites. Se llaman entre ellos, aunque estén en el mismo sitio, para probar cómo funciona o para hacerse bromas. Compran estuches especiales, cambian las caras del teléfono y siempre, como en los tiempos de la fiebre del oro, quieren uno más y más y más chiquito. Envidian o denigran el celular ajeno. No van a parar, dicen, hasta que puedan incorporarlo en el reloj.

No tienen pudores. Lo contestan en los matrimonios, cuando el sacerdote pregunta si alguien tiene algo en contra de esa unión; en las misas fúnebres, cuando el cura dice, bajo las caras largas de los parientes, “digamos la oración que Cristo nos enseñó”; en las calles, cuando uno trata de que nadie lo atraque y mira a todos los lados como si cualquiera fuera capaz de pegarle; o en los buses, cuando todo parece indicar que solo quienes van en un carro particular o en un taxi podrían darse el lujo de usarlo.

En el cine, cuando la película está a punto de concluir, cuando se acerca el momento del clímax, sin falta suena un celular. Contesta una adolescente histérica que grita “mami, te dije que iba a estar en cine: te odio”, o un oficinista afiebrado, con la corbata suelta y el cuello de la camisa desabotonado, que susurra “en mi cuarto, en el cajón de la derecha, junto a los calzoncillos limpios” y después agrega “Titanic, hombre, Titanic: la del barco que se volvió lancha”.

Los alcaldes del mundo, preocupados por la incomunicación y el aislamiento que produce el teléfono portátil, tendrían que limitar su uso a profesionales necesarios y personas en peligro. Sí, claro, puede ser contraproducente: todos estamos en peligro. Y, para decir verdad, cuando explote la bomba y los edificios se caigan, podría ser útil tener un aparato de esos a la mano. Pero sé que, cuando llamemos a alguien debajo de las ruinas, el correo de voz nos dirá que no puede pasar en este momento. Sé que dejaremos la razón después de la señal. Y que veremos, en la pantalla, la caída triste de la bolsa de valores.

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