Lunes 28 de noviembre de 2005. El presidente ha reconocido que quiere ser presidente. Otra vez. Lo ha confesado después de permitir el desgaste de las tres ramas del poder, de revivir los odios que habíamos resuelto a fuerza de aborrecer juntos al mismo equipo de fútbol, de convencer a una sociedad sin horas extras de que el clientelismo no es clientelismo cuando se hace de frente, pero nosotros, los miembros de la inmensa minoría (cómo suena de tonto eso: con razón se acabó esa emisora), seguimos atrapados en la misma duda: ¿ha hecho cambiar la constitución más democrática de nuestra historia -la constitución coja de 1991- porque está de acuerdo con sus electores en que es el único hombre (en los poemas épicos se habla del Héroe; en los textos bíblicos, del Mesías) que puede salvar a la patria de las garras de la mala educación, la podredumbre y la violencia? o ¿ha sepultado a los partidos políticos porque sabe que ningún otro candidato ha captado que gobernar no es más que tener contentos a unos cuantos hombres de negocios? En otras palabras: ¿lo hace por Hitler o por Bush?
Miércoles 8 de diciembre de 2005. Un quinceañero con un arete en un párpado nos ha pedido que firmemos para que Uribe pueda lanzarse. Yo he dicho que estoy de afán. Pero mi amiga Ana (nota: lo mejor es no volver a almorzar con ella) le ha respondido "me niego a apoyar a ese tirano". Y ha empezado una discusión a gritos, cómo no, en la que el adolescente nos ha acusado de "pesimistas", "guerrilleros" y "traidores". ¿Qué puedo decir? Yo entiendo por qué quieren tanto a Uribe los millones de personas que lo quieren. Habla claro. Mira fijamente. Y sale tanto en televisión que no cabe duda de que en verdad trabaja duro. Es un presidente en un Estado a medias. Un tipo brillante en una nación aletargada. Un capataz paternal en un país de padres que se han ido de sus casas. En fin. Yo entiendo que lo quieran. Lo que no me cabe en la cabeza es que las congregaciones uribistas (los fanáticos que incluso le celebran las salidas en falso) entren en cólera cuando alguien se atreve a decir que no está de acuerdo, que no piensa como ellos, que no cree en las ideas del gobierno.
Domingo 12 de marzo de 2006. El presidente no ha bajado ni un punto en las encuestas. Que el suyo corra el riesgo de ser un gobierno en manos de las víctimas, que fumigue los bosques para calmar la sed de un imperio decadente, que celebre el miedo, que invierta en la guerra (favor releer esta frase hasta que se comprenda del todo), no parece importarle a la gente que votará por él en las elecciones presidenciales. Hoy, además, los políticos que le han sido leales han sido elegidos congresistas. Lo que significa que las tres ramas del poder siguen en sus manos. ¿Por qué este nuevo Uribe, que se ha negado a participar en los debates televisivos con Serpa, Navarro y Mockus, nos ha metido a todos (a los uribistas, a los antiuribistas, a los escépticos) en una pelea a muerte que no debería pasar de ser una discusión interesante? No tengo ni idea. Lo único esperanzador, creo, es que "la patria" de Uribe no parece tener nada que ver con "la lucha" de Hitler. Parece ser una simple estrategia, tipo Bush, para capitalizar a una serie de empresas. Colombia entre estas.
Domingo 28 de mayo de 2006. El presidente ha sido elegido presidente. Otra vez. ¿Qué se hizo esa élite que se ofendía con cada revelación del proceso ocho mil?, ¿en dónde están esos artistas que protestaban cuando el pueblo se quedaba sin voz sin darse cuenta?, ¿por qué esta vez a los taxistas les ha dado lo mismo oír noticias escandalosas? ¿Se fueron todos a las fincas? Quién sabe. Quién puede saberlo. Lo mejor, ahora, es aceptar los resultados. Decir en voz alta "así es la democracia". Y reclamarles a los seguidores ciegos de cualquier causa -he aquí la prerrogativa de la inmensa minoría- el derecho inalienable de pensar como se piensa.

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