Voy por el toro. Las pocas veces que he visto corridas, al final me he puesto de parte del animal sudoroso y sangriento. Él estaba tranquilo, con su familia y sus amigos, y de un momento para otro lo han puesto a combatir, cara a cara, con un tipo forrado en lentejuelas doradas y canutillos de colores. Todos gritan a su alrededor, las modelos en gafas oscuras se pasan la bota con manzanilla y piden su vida y preguntan ¿quién va ganando?, y los señores con pañuelos de seda incrustados en el cuello de la camisa se pasan la mano por el pelo y exclaman “ole”, como si fumaran y soltaran un arito de humo meditado. Es lamentable.
No importa que haya una crueldad innegable —aunque sí, sin duda, justificable filosófica e históricamente— en el espectáculo; no importa que se trate, al final, de un buen negocio o de un ritual fascinante que, en términos de George Saltchance, “reviva el paganismo en los países más católicos del mundo”; no importa que haya cierta belleza en aquel momento cuando el hombre y el animal, frente a frente, se dejan llevar por sus instintos: si uno asiste a la corrida, debe hacer todo lo necesario para comprender sus claves, sus escenas, su mística. Y no puede ser, nunca, neutral.
Ni siquiera Dios lo es. Ya lo dijo el presidente del mundo –los locutores, sin querer, le dicen George Doblebush– en su histórico discurso frente al Congreso de su país y bajo la mirada de las cámaras de todo el mundo: “La libertad y el temor, la justicia y la crueldad, siempre han estado en guerra, y sabemos que Dios no es neutral”. Dicho así, claro, resulta irrefutable. Dios le hace barra al bueno, pero no le impide al malo que exista. No estimula la corrida, pero tampoco la detiene. Espera y observa. Y, mientras tanto, el toro y el torero chocan, con sus verdades entre ceja y ceja, y nosotros, desde la barrera, comentamos.
Bueno, no, yo no, yo hago lo que sea para no ir a esas cosas. A mí me suena a mucha gente, a lujo en tiempos de recesión, a Mediatorta sofisticada. Me hace pensar en tipos que, al tiempo que asumen sus orígenes españoles, le coquetean a las pobres actrices de moda con la excusa de que van a explicarles por qué se piden las dos orejas en vez de los dos cuernos. ¿Por qué? Pues porque para cortar los cuernos habría que traer una sierra eléctrica o uno de esos cuchillos nuevos de cocina y además de que en el ruedo no hay cómo conectar un aparato eléctrico, el público se aburriría profundamente mientras se lleva a cabo semejante operación. Todo tiene su lógica.
Y sí, quizás ahora, en plena guerra, la corrida sea una metáfora de la lucha entre el bien y el mal, pero ¿quién es quién?, ¿quién representa a la libertad y a la justicia y quién al temor y a la crueldad?, ¿qué tenemos qué ver en el desastre los que sólo miramos y opinamos y preferimos quedarnos en la casa? ¿Somos buenos o malos?, ¿estamos con el toro o con el torero?, ¿de verdad tenemos que tomar partido? Pues sí, parece que sí. La pregunta nos encontrará en la última cueva del mundo, así nos escondamos en el baño de un bar inmundo, así nos metamos a matinée, vespertina y noche.
La pregunta está acá, encima de nosotros. Tarde o temprano estamos de este lado o estamos del otro. No se puede ser hincha de dos equipos al mismo tiempo. El mundo jamás nos lo perdonaría. Así que sí, elijo al toro. Yo voy por el toro. Siempre, cuando la corrida empieza y el toro suda y sangra y la gente le grita encima y pide su muerte, me pongo de su lado y reniego de las gafas oscuras, de las botas y de los pañuelos incrustados en el cuello. Me producen vergüenza ajena esos españoles paganos que arrastran la erre y no hacen la siesta. Y a veces, cuando estoy de mal humor, pido sus orejas y sus cuernos.

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